El reinado pecaminoso de Manasés
Manasés, hijo de Ezequías, fue rey de Judá durante cincuenta y cinco años, desde aproximadamente el 687 a. C. hasta el 642 a. C. Su gobierno se caracterizó por una grave apostasía, superando en idolatría incluso a las naciones paganas expulsadas por los israelitas. Según 2 Crónicas 33, reconstruyó los lugares altos destruidos por su padre Ezequías, erigió altares a los Baales, fabricó áseras (postes sagrados), rindió culto a todo el ejército del cielo y estableció altares en el Templo de Jerusalén, contraviniendo la promesa divina de permanencia en la Tierra Prometida.2
Entre sus abominaciones se cuentan el sacrificio de su hijo en el fuego en el valle de Ben-Hinom, la práctica de adivinación, magia, espiritismo y consulta a nigromantes. Colocó una imagen tallada en la Casa de Dios, seduciendo al pueblo judío a pecados peores que los de los amorreos. El Señor envió profetas para amonestarlo, pero Manasés y su pueblo no escucharon, lo que provocó la ira divina.1,2,4
Esta descripción resalta cómo Manasés profanó el santuario donde Dios había prometido poner su Nombre para siempre, llevando a Judá a una idolatría extrema que llenó Jerusalén de sangre inocente.4
El cautiverio, arrepentimiento y restauración
Como castigo, Dios permitió que los ejércitos asirios capturaran a Manasés con ganchos y cadenas de bronce, llevándolo a Babilonia. En su aflicción, el rey se humilló profundamente ante el Dios de sus padres, entreating su favor. Dios escuchó su oración, lo liberó y lo restauró a Jerusalén y su reino. Entonces, Manasés reconoció que el Señor es Dios. Posteriormente, fortificó Jerusalén, eliminó los ídolos y altares paganos del Templo, restauró el altar del Señor y ofreció sacrificios de comunión y acción de gracias. Ordenó a Judá servir al Señor, Dios de Israel, aunque el pueblo continuó sacrificando en los lugares altos.2,4
La narración bíblica menciona explícitamente su oración, registrada en los anales de los reyes de Israel y en los registros de los videntes, junto con sus pecados y su humillación.2 Este episodio ilustra la misericordia divina hacia el penitente, un tema central en la tradición judeocristiana.1

