Decio llegó al poder en 249 para reforzar la autoridad y las tradiciones de Roma. En enero de 250 promulgó una disposición que obligaba a los habitantes del Imperio a ofrecer sacrificios a los dioses. La finalidad inmediata era realizar un acto público de adhesión al culto tradicional; para los cristianos, cumplirlo suponía renegar de su fe.2,3
La medida apareció después de un periodo relativamente largo de paz para la Iglesia. Hasta entonces, aunque el cristianismo afrontaba riesgos legales y persecuciones, la actuación de las autoridades dependía en buena medida de las circunstancias locales y de la actitud de los gobernadores. Bajo Decio, en cambio, los magistrados recibieron la orden de buscar a los cristianos y exigirles el sacrificio. Esta diferencia convirtió la persecución en una campaña general y organizada, no en una sucesión de episodios circunscritos a una ciudad o provincia.2,4
La documentación conservada no permite reconstruir el edicto original palabra por palabra. El alcance de la orden se conoce principalmente a través de los testimonios sobre su aplicación y de los certificados expedidos por las autoridades. La exigencia de sacrificio afectaba a los cristianos de todo el Imperio y buscaba forzar su conformidad religiosa.2,1



