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La persecución de Decio

La persecución de Decio fue una represión imperial contra los cristianos, iniciada en torno al año 250. A diferencia de muchas persecuciones anteriores, que dependían de decisiones locales, exigió un acto público de culto a los dioses en todo el Imperio. La obligación convirtió a las autoridades civiles en agentes de una política religiosa general y dejó una profunda crisis en las comunidades cristianas, especialmente por el modo de tratar a quienes habían cedido bajo presión.1,2

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Ver información de la imagenLibellus. www.forumancientcoins.com. Versión en alta resolución de http://webs.ono.com/codices2004/pp46.h19.jpg, Desconocido: papiro egipcio de 250 d. C., Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreLa persecución de Decio
CategoríaEvento
DescripciónRepresión imperial contra los cristianos iniciada en torno al año 250 que exigió un acto público de culto a los dioses en todo el Imperio mediante certificados oficiales
ConsecuenciasCrisis eclesial, martirios, huidas, apostasías, aparición de los lapsi y controversias sobre su reconciliación.
Contexto HistóricoPeriodo de paz anterior interrumpido por la llegada al poder de Decio en 249 con el propósito de reforzar la autoridad y las tradiciones de Roma.
DuraciónAproximadamente dieciocho meses
Eventos RelacionadosCisma novaciano
Fecha de Inicio250
OrganizadorDecio
Personas RelacionadasFabián, Orígenes, San Cipriano, Novaciano
TipoPersecución
UbicaciónImperio Romano

Tabla de contenido

Contexto político y religioso

Decio llegó al poder en 249 para reforzar la autoridad y las tradiciones de Roma. En enero de 250 promulgó una disposición que obligaba a los habitantes del Imperio a ofrecer sacrificios a los dioses. La finalidad inmediata era realizar un acto público de adhesión al culto tradicional; para los cristianos, cumplirlo suponía renegar de su fe.2,3

La medida apareció después de un periodo relativamente largo de paz para la Iglesia. Hasta entonces, aunque el cristianismo afrontaba riesgos legales y persecuciones, la actuación de las autoridades dependía en buena medida de las circunstancias locales y de la actitud de los gobernadores. Bajo Decio, en cambio, los magistrados recibieron la orden de buscar a los cristianos y exigirles el sacrificio. Esta diferencia convirtió la persecución en una campaña general y organizada, no en una sucesión de episodios circunscritos a una ciudad o provincia.2,4

La documentación conservada no permite reconstruir el edicto original palabra por palabra. El alcance de la orden se conoce principalmente a través de los testimonios sobre su aplicación y de los certificados expedidos por las autoridades. La exigencia de sacrificio afectaba a los cristianos de todo el Imperio y buscaba forzar su conformidad religiosa.2,1

Aplicación del edicto y función del libellus

Los funcionarios exigían que cada persona demostrase el cumplimiento del rito. Tras sacrificar o quemar incienso ante los dioses, el interesado podía recibir un certificado oficial, llamado libellus. El documento servía como constancia burocrática de que había satisfecho la exigencia; por tanto, no era solo una declaración privada, sino un instrumento de registro y control administrativo.4,5

Algunos cristianos obtuvieron certificados sin realizar realmente el sacrificio, ya fuera mediante sobornos o aprovechando la corrupción de ciertos funcionarios. A quienes recurrieron a esa práctica se les llamó libellatici. El término designaba, en sentido estricto, a quienes consiguieron un certificado de conformidad sin ejecutar el rito. Otros sí sacrificaron (sacrificati) o quemaron incienso (thurificati). Estas categorías permiten distinguir las distintas formas de apostasía y de obediencia aparente surgidas durante la crisis.4,5

El carácter burocrático de la medida marcó una diferencia decisiva respecto de persecuciones locales anteriores. El poder imperial ya no aguardaba simplemente a que una acusación desencadenara un proceso en una localidad: exigía una acción religiosa y su acreditación formal. Así, la cuestión de la lealtad cristiana adquirió una dimensión administrativa que afectaba a las comunidades de todo el Imperio.2,1

Mártires, huidas y apostasías

La aplicación del edicto provocó respuestas diversas. Muchos cristianos sacrificaron o adquirieron certificados; otros huyeron, se escondieron o soportaron torturas, destierro, confiscaciones y muerte. La persecución fue breve en comparación con otras campañas, pero causó graves daños y puso a prueba tanto la fidelidad de los creyentes como la cohesión de las comunidades.6,1

En Roma murió el papa Fabián, cuyo martirio ocurrió en enero de 250. También sufrió prisión y tortura Orígenes. En Cartago, el obispo san Cipriano se retiró temporalmente a un lugar seguro para continuar gobernando y sosteniendo a su comunidad. La decisión suscitó críticas, pero Cipriano consideró que preservar su vida podía servir al gobierno pastoral de la Iglesia durante la emergencia.3,7

La situación de los cristianos que cedieron no fue uniforme. Algunos permanecieron alejados de la comunidad; muchos otros pidieron volver a la comunión eclesial una vez pasado el peligro. La Iglesia tuvo que discernir cómo reconciliarlos y qué penitencia correspondía a cada caso, sin tratar del mismo modo al que había sacrificado, al que había conseguido fraudulentamente un certificado y al que había resistido hasta el final.4,6

Los lapsi y la controversia sobre su reconciliación

La palabra latina lapsi significa «caídos» y designa a los cristianos que, durante la persecución, habían renunciado de algún modo a la práctica de la fe. El término abarcaba situaciones distintas, desde el sacrificio efectivo hasta la obtención de un libellus sin cumplir el rito. El debate no se limitaba a decidir si podían regresar: también concernía a la penitencia necesaria y a quién correspondía autorizar su reconciliación con la Iglesia.4,5

En África, algunos confesores -cristianos que habían sufrido prisión o tortura por su fe- entregaron cartas de recomendación, conocidas como libelli pacis, en favor de los caídos. Esas cartas pedían que el obispo los recibiera de nuevo. La intercesión de los confesores tenía una larga tradición, pero la presión por readmitir a los lapsi sin esperar la decisión episcopal generó conflictos sobre la autoridad y la disciplina eclesial.4,5

San Cipriano sostuvo que la readmisión debía tener en cuenta la gravedad de la falta y el arrepentimiento, y que los obispos debían intervenir en la reconciliación. Su postura buscaba evitar tanto una indulgencia indiscriminada como una exclusión definitiva de quienes se arrepentían sinceramente. La discusión reflejó una tensión pastoral real: proteger la unidad de la Iglesia sin trivializar la apostasía ni cerrar el camino de la penitencia.5,8

El cisma novaciano

La disputa sobre los lapsi contribuyó a graves divisiones eclesiales. Una de ellas fue el cisma novaciano, vinculado a la controversia sobre la reconciliación de quienes habían apostatado durante la persecución. La crisis obligó a las comunidades a afrontar una cuestión de fondo: cómo mantener la disciplina cristiana y, al mismo tiempo, ofrecer una vía de penitencia y retorno a quienes reconocían su falta.6,4

La controversia puso en juego más que la severidad de una penitencia. Afectó a la autoridad de los obispos para regular la reconciliación y a la unidad de la Iglesia cuando existían opiniones enfrentadas sobre la readmisión de los caídos. La persecución, por tanto, no solo produjo mártires y apostasías: también dejó una crisis eclesial cuyo alcance perduró después de que cesara la presión inmediata.6,5

Fin y consecuencias

La persecución duró aproximadamente dieciocho meses y perdió intensidad cuando las circunstancias políticas apartaron a Decio de la lucha contra la Iglesia. Sin embargo, el fin de la campaña no resolvió de inmediato la crisis. Las comunidades tuvieron que atender a los heridos y exiliados, decidir cómo recibir a los lapsi y recomponer la vida eclesial tras las divisiones.2,1

La persecución de Decio marcó un cambio en la relación entre la Iglesia y el Estado romano: las autoridades organizaron una exigencia religiosa general y utilizaron la certificación oficial para comprobar su cumplimiento. Al mismo tiempo, la experiencia reveló la capacidad de resistencia de muchos cristianos y expuso problemas pastorales y de gobierno que dieron lugar a controversias y cismas.2,6

Citas y referencias

  1. Á. D’Ors. Una nueva edición de la 'Historia de Roma': Bengston, 4 (1983). 2 3 4 5
  2. Martyr, Enciclopedia Católica, Martyr (1913). 2 3 4 5 6 7
  3. San Cipriano de Cartago, Enciclopedia Católica, St. Cyprian of Carthage (1913). 2
  4. Lapsi, Enciclopedia Católica, Lapsi (1913). 2 3 4 5 6 7
  5. Libellatici, libelli, Enciclopedia Católica, Libellatici, Libelli (1913). 2 3 4 5 6
  6. Decius, Enciclopedia Católica, Decius (1913). 2 3 4 5
  7. La persecución bajo Decio y los sufrimientos de Orígenes, Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica (Eusebio de Cesarea), Libro VI. Capítulo 39. 1 (325).
  8. Cartago, Enciclopedia Católica, Carthage (1913).
Modificado el 24 de septiembre de 2026 • FideScore™ 8.98 • 105 visitas • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/f7cd9q8qb

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