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La persecución de Diocleciano

La persecución de Diocleciano fue la última gran campaña represiva del Imperio romano contra el cristianismo. Comenzó en el año 303 y alcanzó su máxima intensidad entre 303 y 305, aunque continuó en diversas provincias orientales hasta el edicto de tolerancia promulgado por Galerio en 311. La persecución incluyó la destrucción de iglesias, la confiscación de libros sagrados, el encarcelamiento del clero y la obligación de ofrecer sacrificios a los dioses romanos. Su aplicación varió mucho según las autoridades locales y las regiones del Imperio.1,2,3

The Christian Martyrs Last Prayer
Ver información de la imagenLa última oración de los mártires cristianos, hacia 1863. Walters Art Museum: Página principal Información sobre la obra de arte, Jean-Léon Gérôme, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreLa persecución de Diocleciano
CategoríaEvento
DescripciónCampaña estatal que ordenó la destrucción de iglesias, confiscar escrituras, encarcelar clero y exigir sacrificios, provocando martirios y controversias
Contexto HistóricoÚltima gran campaña represiva contra el cristianismo bajo la tetrarquía de Diocleciano, con edictos de 303-304 y tolerancia en 311.
Fecha de Fin311
Fecha de Inicio303
Impacto HistóricoFortaleció la Iglesia pese a la persecución y preparó el terreno para la libertad religiosa de Constantino.
ImportanciaConsolidó la veneración de mártires, definió la disciplina penitencial para los lapsi y generó el cisma donatista.
TipoPersecución, Persecución religiosa del Imperio romano
UbicaciónImperio Romano

Tabla de contenido

Contexto histórico

El Imperio romano bajo la tetrarquía

Diocleciano llegó al poder en 284, después de varias décadas de crisis política, conflictos militares y dificultades económicas. Para estabilizar el Imperio creó la tetrarquía, un sistema de gobierno compartido entre dos emperadores principales -los Augustos- y dos subordinados -los Césares-.

Diocleciano gobernó principalmente las provincias orientales desde Nicomedia; Maximiano recibió la responsabilidad de Italia y África; Galerio quedó destinado en la región del Danubio; y Constancio Cloro administró la Galia, Hispania y Britania. Aunque el poder se repartía territorialmente, Diocleciano conservaba una autoridad superior dentro del sistema.1,3

La tetrarquía reforzó la imagen sagrada del emperador. La autoridad imperial empezó a presentarse con un ceremonial de inspiración oriental y con una concepción religiosa del poder político. El emperador no aparecía solo como administrador del Estado, sino también como garante de la paz entre los hombres y los dioses. La negativa cristiana a rendir culto a las divinidades tradicionales podía interpretarse, por tanto, como una deslealtad religiosa y política.3

La situación de los cristianos antes de la persecución

Durante buena parte del reinado de Diocleciano, las comunidades cristianas disfrutaron de una tranquilidad considerable. El historiador Eusebio de Cesarea describe un periodo de crecimiento, libertad y prosperidad para la Iglesia. Las comunidades construyeron edificios de culto más amplios, aumentó el número de conversiones y algunos cristianos ocuparon cargos importantes dentro de la administración imperial.1

La persecución no constituyó, por tanto, una política constante desde el inicio del reinado. La legislación represiva surgió después de un cambio en la política imperial y de la presión ejercida por Galerio, que defendía una restauración más estricta de la religión romana tradicional. La hostilidad hacia los cristianos también afectó antes a determinados miembros del ejército, obligados a demostrar su lealtad mediante sacrificios a los dioses imperiales.1,4

Inicio de la persecución

La primera gran medida ocurrió en Nicomedia el 23 o 24 de febrero del año 303, cuando las autoridades destruyeron la iglesia principal de la ciudad. Poco después apareció el primer edicto general contra los cristianos. La fecha exacta suele transmitirse como el 24 de febrero, aunque algunos testimonios antiguos y estudios modernos distinguen entre la publicación y la ejecución práctica de las órdenes.1,5

El primer edicto ordenaba:

  • La destrucción de las iglesias.
  • La entrega y quema de las Escrituras cristianas.
  • La prohibición de las reuniones litúrgicas.
  • La pérdida de cargos y dignidades para los cristianos pertenecientes a las clases superiores.
  • La reducción a una situación jurídica inferior para otros cristianos.
  • La privación de determinados derechos civiles.
  • La obligación indirecta de renunciar públicamente a la fe para recuperar la posición social.1,2

La medida afectaba especialmente a la organización visible de la Iglesia. Las iglesias, los libros litúrgicos y la jerarquía episcopal constituían signos públicos de la presencia cristiana. Al atacar esos elementos, el Estado intentaba desarticular la vida comunitaria sin limitarse inicialmente a ejecutar a todos los creyentes.

Los cuatro edictos

Primer edicto: destrucción de iglesias y libros sagrados

El primer edicto, promulgado en 303, atacó los lugares de culto y los bienes religiosos. Los funcionarios imperiales recibieron órdenes de derribar las iglesias hasta sus cimientos y de confiscar las Escrituras para quemarlas.

La entrega de los libros sagrados planteó una cuestión de conciencia especialmente grave. Para los cristianos, los códices que contenían los Evangelios, las cartas apostólicas y otros textos litúrgicos no eran simples documentos administrativos. Su entrega podía interpretarse como una traición a la comunidad y a la fe recibida.

En algunas regiones, los funcionarios aceptaron escritos de menor importancia en lugar de los libros bíblicos. En otras, exigieron la entrega de objetos litúrgicos, vasos sagrados o archivos de las comunidades. Estas diferencias contribuyeron más tarde a las controversias sobre los llamados traditores.1,6,5

Segundo edicto: encarcelamiento del clero

Durante el año 303, un segundo edicto ordenó encarcelar a los obispos, presbíteros, diáconos y otros ministros de la Iglesia. La intención consistía en descabezar las comunidades cristianas y dificultar la celebración de la liturgia.

Las autoridades no aplicaron siempre la medida con el mismo rigor. En algunos lugares detuvieron a los dirigentes y los mantuvieron encarcelados; en otros, los sometieron inmediatamente a tortura o los llevaron ante los tribunales. La condición episcopal podía convertirse en un agravante, porque los gobernadores pretendían obtener una apostasía pública que influyera sobre toda la comunidad.1,2

Tercer edicto: tortura y sacrificio

Un tercer edicto permitió utilizar la tortura para obligar al clero encarcelado a ofrecer sacrificios. La legislación ofrecía la libertad a quienes obedecieran y reservaba castigos más severos para quienes persistieran en la negativa.

La represión tenía así un carácter selectivo: el Estado no buscaba solo castigar, sino también provocar la renuncia visible a la fe. Un obispo que sacrificara podía arrastrar a parte de su comunidad a la conformidad; un obispo que resistiera podía convertirse en símbolo de fidelidad y fortalecer la cohesión de los creyentes.

Cuarto edicto: sacrificio obligatorio para todos

En el año 304, el cuarto edicto extendió la obligación de sacrificar a todos los habitantes del Imperio, incluidos los laicos cristianos. La negativa podía acarrear prisión, tortura, trabajos forzados, confiscación de bienes o pena de muerte.2

Este decreto convirtió la persecución en una prueba pública de lealtad religiosa. Ya no bastaba con destruir edificios o detener a los dirigentes: cada cristiano debía afrontar personalmente la exigencia de reconocer a los dioses tradicionales mediante un sacrificio o una libación.

La medida produjo respuestas diversas. Algunos cristianos afrontaron el martirio; otros huyeron o se ocultaron; algunos ofrecieron sacrificios; otros consiguieron certificados de cumplimiento sin participar personalmente en el rito. Los relatos de Dionisio de Alejandría describen miedo, huidas, encarcelamientos, torturas y apostasías, junto con la perseverancia de quienes aceptaron sufrir antes que negar a Cristo.7

Aplicación desigual en el Imperio

La llamada persecución de Diocleciano no constituyó una experiencia uniforme. La tetrarquía había dividido la administración territorial, y cada emperador y cada gobernador aplicó las órdenes con distinto grado de severidad.

Occidente

En los territorios gobernados por Constancio Cloro -Galia, Hispania y Britania- la aplicación de los edictos parece haber sido más moderada que en muchas provincias orientales. Constancio destruyó edificios cristianos y cumplió parte de las órdenes imperiales, pero evitó una represión generalizada contra los creyentes. La violencia alcanzó mayor intensidad en determinados lugares y momentos, sin extenderse de la misma manera por todo Occidente.

África del Norte constituyó una excepción significativa. En Numidia y otras zonas africanas, varios gobernadores actuaron con gran dureza. Las comunidades de Abitene, Cartago y otras ciudades sufrieron detenciones, torturas y ejecuciones. La intensidad de la represión africana explica la importancia posterior de la controversia sobre los obispos y clérigos que habían entregado las Escrituras.5

Oriente

La persecución fue generalmente más intensa en las regiones sometidas a Diocleciano, Galerio y, más tarde, Maximino Daya. Egipto, Siria, Palestina, Asia Menor y otras provincias orientales conocieron numerosas detenciones y ejecuciones.

Galerio ejerció una influencia decisiva en la adopción de la política represiva. Aunque Diocleciano poseía la autoridad suprema, la hostilidad de Galerio hacia el cristianismo contribuyó a transformar la tolerancia anterior en una campaña de alcance imperial. Después de la abdicación de Diocleciano, la persecución continuó en Oriente bajo los gobernantes que mantuvieron una política más radical.1,3

La persecución no afectó a todos por igual

La condición social influía en el tipo de castigo. Los cristianos pertenecientes a las élites podían perder sus cargos, honores y propiedades. Los hombres y mujeres libres de condición humilde afrontaban prisión, trabajos forzados o tortura. Los esclavos podían quedar privados de cualquier posibilidad de manumisión.

La aplicación práctica también dependía de la actitud de los funcionarios. Algunos gobernadores se conformaban con recibir una declaración formal o un certificado; otros exigían una participación pública en el sacrificio. En determinados lugares, la corrupción permitía obtener documentos mediante sobornos o recurrir a sustitutos.2,8

Los mártires y los confesores

La persecución produjo numerosos mártires, aunque los testimonios no permiten establecer una cifra global segura. Las actas martiriales, las historias eclesiásticas y las inscripciones conservan los nombres de muchos testigos de la fe, pero también mezclan en ocasiones datos históricos, tradiciones locales y elaboraciones hagiográficas.

La Iglesia distinguió entre mártires y confesores. El mártir moría por Cristo; el confesor sufría prisión, tortura, destierro o trabajos forzados, pero sobrevivía. Ambos gozaban de gran autoridad moral dentro de las comunidades.

Los cristianos veneraban a los mártires porque su muerte manifestaba la victoria de la fidelidad sobre la coacción imperial. Sin embargo, los obispos también tuvieron que corregir los excesos de quienes buscaban deliberadamente el martirio sin necesidad. En África, el obispo Mensurio de Cartago rechazó honrar como mártires a ciertas personas que se habían entregado voluntariamente para escapar de deudas, delitos o responsabilidades civiles.5

Los lapsi: cristianos que cedieron ante la persecución

La palabra latina lapsi significa «los que han caído». La Iglesia aplicó este término a los cristianos que, durante la persecución, negaron la fe, ofrecieron sacrificios o adoptaron algún comportamiento destinado a evitar las sanciones.

No todos los lapsi actuaron de la misma manera. Entre ellos podían distinguirse:

  • Sacrificati: quienes ofrecieron sacrificios a los dioses.
  • Thurificati: quienes quemaron incienso ante las divinidades o ante las imágenes imperiales.
  • Libellatici: quienes obtuvieron un certificado de sacrificio, aunque no hubieran participado personalmente en el rito.
  • Personas que recurrieron a engaños, sustitutos o sobornos para evitar la comparecencia.

Algunos cristianos enviaron a sus esclavos a realizar el sacrificio en su lugar; otros sobornaron a paganos para que actuaran bajo sus nombres. La diversidad de conductas complicó la valoración moral y disciplinar de cada caso.6,8

Los traditores y la entrega de las Escrituras

El término traditor procede del verbo latino tradere, «entregar». En el contexto de la persecución, designaba a los cristianos que entregaban los libros sagrados a las autoridades.

La acusación podía abarcar situaciones distintas. Algunos clérigos entregaron efectivamente las Escrituras; otros proporcionaron libros profanos o escritos heréticos para satisfacer a los funcionarios; también hubo quienes entregaron objetos litúrgicos o facilitaron información sobre otros cristianos. Con el tiempo, la palabra adquirió un sentido técnico y polémico.

La cuestión alcanzó especial gravedad en África del Norte. Los cristianos que habían resistido consideraban que un clérigo traditor había perdido la legitimidad necesaria para ejercer el ministerio, especialmente para administrar los sacramentos. Otros obispos defendían una solución más prudente, basada en la penitencia personal y en la misericordia eclesial.

La disciplina penitencial y las controversias

Reconciliación de los lapsi

La Iglesia no identificó automáticamente la caída durante la persecución con una condenación definitiva. Desde los primeros siglos, la penitencia permitía al pecador arrepentido volver a la comunión eclesial. Sin embargo, la reconciliación de los lapsi exigía discernimiento, porque la apostasía pública podía afectar a la credibilidad de toda la comunidad.

Los confesores encarcelados a veces escribían cartas de intercesión -los llamados libelli pacis- para pedir que los penitentes fueran readmitidos. Estas cartas expresaban la autoridad espiritual de quienes habían sufrido por la fe, pero no eliminaban la responsabilidad del obispo ni sustituían automáticamente la penitencia.8

En Roma, los papas Marcelo I y Eusebio mantuvieron una disciplina penitencial exigente frente a quienes pretendían recuperar la comunión sin cumplir la penitencia correspondiente. Las tensiones derivadas de esta cuestión provocaron disturbios y acabaron con el destierro de ambos pontífices en distintos momentos.6

Novacianismo

La controversia sobre la readmisión de los apóstatas contribuyó al surgimiento del novacianismo. Novaciano defendía una postura rigorista y sostenía que la Iglesia no debía reconciliar a quienes habían apostatado después del bautismo.

La Iglesia rechazó esta posición porque entendió que la misericordia de Dios podía alcanzar también al pecador arrepentido. La reconciliación no implicaba considerar irrelevante la apostasía, sino afirmar que la penitencia y la gracia podían restaurar la comunión eclesial.

El cisma donatista

En África, la cuestión de los traditores desembocó en el cisma donatista, iniciado en 311. Los donatistas afirmaban que los ministros que habían entregado las Escrituras durante la persecución no podían ejercer válidamente el ministerio ni conferir sacramentos legítimos.

La postura católica rechazó la idea de que la eficacia de los sacramentos dependiera de la perfección moral del ministro. La Iglesia reconoció la gravedad de la traición, pero sostuvo que Cristo actúa en los sacramentos y que la validez sacramental no depende exclusivamente de la santidad personal del celebrante. La controversia prolongó durante décadas las heridas producidas por la persecución.5

Abdicación de Diocleciano y continuidad de la represión

Diocleciano abdicó el 1 de mayo de 305, junto con Maximiano. La retirada de ambos emperadores modificó el equilibrio de la tetrarquía y alivió la persecución en varias provincias occidentales. Sin embargo, la renuncia de Diocleciano no puso fin a la política represiva.

En Oriente, Galerio y otros gobernantes mantuvieron las medidas contra los cristianos. La persecución continuó durante varios años, con periodos de mayor o menor intensidad. En algunos territorios, las autoridades liberaron a los presos o moderaron las órdenes; en otros, Maximino Daya reanudó una política de hostigamiento, especialmente contra las comunidades de Egipto y Siria.1,4

El edicto de tolerancia de Galerio

La política persecutoria comenzó a cambiar cuando Galerio, gravemente enfermo, promulgó un edicto de tolerancia el 30 de abril de 311. El decreto permitió a los cristianos volver a existir legalmente y reconstruir sus lugares de reunión, con la condición de que no alterasen el orden público.

El edicto reconocía implícitamente el fracaso de la campaña represiva. Las autoridades habían destruido iglesias, confiscado libros, encarcelado a dirigentes y ejecutado a numerosos creyentes, pero no habían conseguido eliminar el cristianismo. El decreto pidió incluso a los cristianos que orasen por el bienestar del emperador y por la seguridad del Estado.9

La tolerancia de 311 no produjo todavía una paz completa en todo el Imperio. Maximino Daya continuó persiguiendo a los cristianos en sus territorios, mientras la rivalidad política entre los tetrarcas mantenía dividida la legislación religiosa.

Del fin de la persecución a la paz constantiniana

La victoria de Constantino sobre Majencio en el puente Milvio, en 312, cambió decisivamente la situación política. Al año siguiente, Constantino y Licinio acordaron una política de libertad religiosa que permitió a los cristianos recuperar bienes y organizar públicamente su culto.

La tradición cristiana vincula la victoria de Constantino con su conversión y con el signo de la cruz. Desde el punto de vista histórico, la transformación jurídica fue gradual: el edicto de Galerio había concedido tolerancia en 311, mientras que la política constantiniana consolidó la libertad de culto y devolvió a la Iglesia una posición legal estable.

La persecución de Diocleciano fue, por tanto, la última gran tentativa del Estado romano de restaurar la unidad imperial mediante una religión pública común. La campaña fracasó en su objetivo principal y dejó a la Iglesia fortalecida, aunque profundamente marcada por los debates sobre el martirio, la apostasía, la penitencia y la autoridad de los ministros.

Importancia para la historia de la Iglesia

La persecución tuvo consecuencias duraderas:

  • Consolidó la veneración litúrgica de numerosos mártires.
  • Impulsó la conservación de actas y relatos sobre los testigos de la fe.
  • Obligó a precisar la disciplina penitencial para los apóstatas.
  • Originó controversias sobre la autoridad de los confesores y de los obispos.
  • Contribuyó al desarrollo de la reflexión sobre la Iglesia como comunidad santa y, al mismo tiempo, necesitada de conversión.
  • Provocó el cisma donatista en África.
  • Preparó el marco histórico para la libertad religiosa concedida durante el reinado de Constantino.1,6,5

Desde la perspectiva católica, los mártires de esta persecución dieron testimonio de la primacía de Dios sobre cualquier poder político. La Iglesia, sin embargo, no redujo su memoria al elogio del heroísmo individual. También afrontó la fragilidad de quienes cedieron ante el miedo y desarrolló caminos de penitencia y reconciliación. La respuesta cristiana combinó la firmeza del martirio con la misericordia hacia los lapsi, evitando tanto la trivialización de la apostasía como la negación de la posibilidad del arrepentimiento.

Citas y referencias

  1. Diocletiano. Enciclopedia Católica, Diocletiano (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  2. Mártir. Enciclopedia Católica, Mártir (1913). 2 3 4 5
  3. Diocletiano, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Diocletiano (2015). 2 3 4
  4. Persecuciones coptas. Enciclopedia Católica, Persecuciones coptas (1913). 2
  5. Donatistas. Enciclopedia Católica, Donatistas (1913). 2 3 4 5 6
  6. Lapsi. Enciclopedia Católica, Lapsi (1913). 2 3 4
  7. Epístola 3. A Fabius obispo de Antioquía, Dionisio el Grande. Epístolas y fragmentos de epístolas de Dionisio, Epístola 3.4 (264).
  8. Libellatici, libelli. Enciclopedia Católica, Libellatici, libelli (1913). 2 3
  9. Capítulo 34, Lucio Caecilio Firmiano (Lactancio). Sobre la manera en que murieron los perseguidores, Capítulo 34.
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