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La persecución de Domiciano

La persecución de Domiciano designa la represión sufrida por algunos cristianos durante el reinado del emperador romano Domiciano (81-96). La tradición cristiana antigua lo presentó como el segundo gran perseguidor de la Iglesia después de Nerón; sin embargo, la historiografía moderna considera más prudente hablar de episodios localizados de represión, vinculados a la política religiosa imperial, a acusaciones de ateísmo o judaísmo y a las purgas contra determinados sectores de la aristocracia romana, antes que de una persecución general y sistemática en todo el Imperio.

Busto di Domiziano - Napoli museo Archeologico
Ver información de la imagenBusto de Domiciano - Museo Arqueológico de Nápoles, c. 2023. Original, Castro Pretorio, CC BY-SA 4.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreLa persecución de Domiciano
CategoríaEvento
DescripciónRepresión limitada y localizada contra cristianos y aristócratas bajo el gobierno de Domiciano, percibida tradicionalmente como la segunda gran persecución después de Nerón. 81-96 d.C
Contexto HistóricoDurante el reinado del emperador Domiciano (81-96 d.C.), se produjeron episodios de represión contra cristianos vinculados a purgas aristocráticas y a acusaciones de ateísmo, judaísmo o deslealtad política.
FuentesEusebio de Cesarea (Historia Eclesiástica), Lactancio, Suetonio, Dión Casio, Enciclopedia Católica
Importancia EclesialLa tradición católica recuerda a Domiciano como perseguidor de la Iglesia y conserva la memoria de mártires aristocráticos como Flavio Clemente.
Importancia HistóricaIlustra la interacción entre política imperial y religiones emergentes en el siglo I y muestra cómo la narrativa cristiana tardía pudo magnificar episodios locales.
Personas RelacionadasDomiciano, Flavio Clemente, Flavia Domitila, Acilio Glabrión, Lucio Antonio Saturnino, Eusebio de Cesarea, Lactancio, Suetonio, Dión Casio
TipoPersecución
UbicaciónImperio romano

Tabla de contenido

Domiciano y el contexto político del Imperio romano

El reinado de Domiciano

Tito Flavio Domiciano, hijo menor de Vespasiano y hermano de Tito, nació el 24 de octubre del año 51 y gobernó desde el año 81 hasta su asesinato, el 18 de septiembre del 96. La tradición romana posterior presentó su gobierno como despótico, especialmente a causa de las condenas, confiscaciones y destierros que afectaron a miembros de familias nobles.1

Domiciano reforzó la autoridad imperial y promovió una política de restauración religiosa y moral. El emperador ocupaba una posición central en la vida pública romana: presidía ceremonias, protegía los cultos tradicionales y encarnaba la unidad política del Estado. La religión romana no constituía una esfera separada de la administración, sino una dimensión esencial de la lealtad cívica.

La propaganda imperial concedió a Domiciano una dignidad religiosa particularmente elevada. Una tradición recogida por la Enciclopedia Católica afirma que adoptó en vida el título de «Señor y Dios», expresión que intensificaba la dimensión sagrada de la autoridad imperial.1 Esta fórmula no implicaba necesariamente que todos los habitantes del Imperio considerasen al emperador un dios en sentido filosófico o teológico; expresaba, sobre todo, la sacralización del poder romano y su función como garante del orden público.

La rebelión de Saturnino y las purgas aristocráticas

En el año 89, el gobernador de Germania Superior, Lucio Antonio Saturnino, se rebeló contra Domiciano. Tras la derrota de la rebelión, el emperador endureció su política contra determinados miembros de la aristocracia y contra quienes podían representar una amenaza política. El año 93 marcó una nueva fase de acusaciones y proscripciones contra familias ricas e influyentes.1

La represión contra los cristianos no puede separarse completamente de este clima político. Algunos cristianos pertenecían a círculos aristocráticos o estaban relacionados con familias senatoriales. Cuando una acusación religiosa coincidía con sospechas de deslealtad, conspiración o desprecio de las costumbres romanas, el acusado podía sufrir destierro, pérdida de bienes o pena capital.

Este contexto explica por qué las víctimas asociadas tradicionalmente a la persecución de Domiciano incluyen personajes de elevada posición social, aunque la documentación no permite afirmar que todos ellos fueran condenados exclusivamente por su fe cristiana.

¿Hubo realmente una persecución general contra los cristianos?

La interpretación de Eusebio de Cesarea

Eusebio de Cesarea, historiador cristiano del siglo IV, describió a Domiciano como un perseguidor comparable a Nerón. Según su relato, el emperador ejerció una gran crueldad, ordenó la muerte de numerosos hombres distinguidos de Roma, envió al exilio a otros y confiscó sus bienes. Eusebio concluyó que Domiciano había continuado la hostilidad de Nerón contra Dios y lo presentó como el segundo emperador que desencadenó una persecución contra los cristianos.2

La narración de Eusebio posee una clara interpretación providencial y eclesial. El autor no contempla únicamente medidas administrativas concretas, sino que inserta el reinado de Domiciano en una secuencia de conflictos entre el poder imperial y la Iglesia: Nerón aparece como el primer gran perseguidor, Domiciano como su sucesor en la hostilidad religiosa y los emperadores posteriores como protagonistas de nuevas fases de prueba para los cristianos.

Eusebio también transmitió una tradición atribuida a Hegesipo acerca de los parientes de Judas, presentado como hermano del Señor según la carne. Domiciano habría ordenado investigar o eliminar a los descendientes de David porque algunos acusadores los relacionaban con la realeza mesiánica de Cristo.3

El mismo relato afirma que, tras interrogar a esos familiares, Domiciano los dejó marchar al considerarlos personas insignificantes y promulgó un decreto que puso fin a la persecución contra la Iglesia.4 La tradición, por tanto, no describe una campaña permanente y uniforme, sino una iniciativa que habría comenzado, alcanzado a determinados grupos y concluido por decisión del propio emperador.

El testimonio de Tertuliano transmitido por Eusebio

Eusebio conservó también un pasaje atribuido a Tertuliano. Domiciano habría mostrado una parte de la crueldad de Nerón, pero pronto habría abandonado su iniciativa y llamado de nuevo a los desterrados.5

Este testimonio resulta relevante porque presenta una imagen menos lineal que la de una persecución sostenida. Domiciano habría actuado inicialmente contra los cristianos, pero la política imperial habría cambiado en poco tiempo. El dato coincide con la idea de una represión limitada o intermitente, aunque la formulación de Tertuliano conserva una valoración teológica y polémica propia de la literatura cristiana antigua.

La cautela de la historiografía moderna

La palabra persecución puede inducir a pensar en una política imperial organizada, con leyes generales, tribunales especializados y una aplicación uniforme en todas las provincias. La documentación conservada no permite establecer con seguridad un sistema de ese tipo bajo Domiciano.

La historiografía moderna distingue normalmente entre:

  • Una persecución general del cristianismo, comparable a las grandes campañas de los siglos III y IV.
  • Represalias concretas contra personas o comunidades acusadas de impiedad, judaísmo, ateísmo o deslealtad política.
  • Purgas aristocráticas en las que la condición cristiana pudo agravar la posición de algunos acusados.
  • Medidas locales adoptadas por gobernadores o funcionarios sin una orden imperial explícita dirigida contra todos los cristianos.

La evidencia disponible favorece una interpretación prudente. Domiciano ejerció una política autoritaria y represiva, pero no existe una prueba concluyente de que promulgase una ley universal que declarase ilegal la pertenencia a la Iglesia en todo el Imperio.

El culto imperial y la fe cristiana

El culto imperial como deber cívico

El culto imperial formaba parte de la religio civilis, es decir, del conjunto de prácticas religiosas que expresaban la pertenencia a la comunidad romana. Las ceremonias podían incluir sacrificios por la salud del emperador, juramentos, festividades públicas, honores a la familia imperial y actos de veneración en templos o altares.

Para la autoridad romana, estos actos no siempre equivalían a una adhesión interior a una determinada doctrina sobre la naturaleza divina del emperador. Funcionaban también como gestos públicos de obediencia y solidaridad política. Participar en ellos demostraba respeto por Roma y por el orden establecido; rechazarlos podía suscitar sospechas de hostilidad hacia el Estado.

La Comisión Teológica Internacional explica que la fe cristiana y su afirmación del reinado auténtico de Dios fueron percibidas como una amenaza para el culto imperial. El problema no consistía únicamente en una diferencia privada de creencias, sino en que el cristianismo rechazaba que el poder político pudiera convertirse en una forma sustitutiva de religión.6

Por qué el rechazo cristiano parecía traición

Los cristianos confesaban que Jesucristo es el único Señor. Esta afirmación tenía una dimensión religiosa, pero también consecuencias públicas. El cristiano podía obedecer al emperador en las materias legítimas, pagar impuestos, respetar las leyes y trabajar por la paz social; no podía, sin embargo, ofrecer culto divino a una autoridad humana.

Desde la perspectiva romana, esa negativa podía interpretarse como:

  • Ateísmo, porque los cristianos rechazaban los dioses reconocidos por la ciudad.
  • Impiedad, porque no participaban en los sacrificios tradicionales.
  • Superstición, término que las autoridades utilizaban para designar prácticas religiosas consideradas ilícitas o irracionales.
  • Deslealtad política, porque el rechazo del rito público parecía negar la unidad religiosa del Imperio.
  • Traición, cuando el cristianismo se asociaba con una pretensión de soberanía rival: el reinado de Cristo.

La tradición cristiana posterior comprendió esta tensión como un conflicto entre la obediencia debida a las autoridades y la fidelidad absoluta a Dios. León XIII resumió el principio con las palabras apostólicas: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». El mismo texto enseña que el cristiano debe ser un buen ciudadano, pero ha de aceptar incluso el sufrimiento antes que abandonar la causa de Dios o de la Iglesia.7

La posición cristiana no equivalía a rechazar toda autoridad civil. La Iglesia romana podía orar por los emperadores y magistrados, reconocer su responsabilidad en la preservación de la paz y respetar el orden político, sin aceptar que el Estado determinase el contenido de la adoración.1

Los principales grupos y personajes relacionados

Flavio Clemente

Flavio Clemente fue primo de Domiciano y alcanzó el consulado. La tradición lo cuenta entre las víctimas más ilustres de la represión. La Enciclopedia Católica lo identifica como uno de los personajes de alto rango que sufrieron durante la llamada segunda persecución.1

La acusación contra Clemente aparece vinculada en la tradición a la impiedad y a la adhesión a prácticas religiosas no aceptadas por el Estado. Sin embargo, la documentación antigua no permite reconstruir con absoluta seguridad el proceso, la acusación concreta ni la relación exacta entre su muerte y el cristianismo.

Su caso adquirió una importancia especial porque mostraba que el cristianismo no era únicamente un movimiento de esclavos, artesanos o habitantes de los barrios populares. La presencia de cristianos en familias senatoriales podía inquietar a un emperador obsesionado con la estabilidad política y con el control de la aristocracia.

Flavia Domitila

Flavia Domitila, relacionada con Flavio Clemente, fue desterrada a la isla de Pandataria según la tradición recogida por la Enciclopedia Católica.1 Las fuentes antiguas no ofrecen una imagen completamente uniforme de su identidad, de su parentesco exacto ni de las causas jurídicas de su condena.

La tradición cristiana la veneró como confesora y mártir o, al menos, como mujer perseguida por su vínculo con la fe cristiana. La cautela histórica aconseja distinguir entre la memoria litúrgica y la reconstrucción precisa de los hechos: una tradición puede conservar el recuerdo auténtico de una víctima sin proporcionar todos los detalles necesarios para establecer su biografía con certeza.

Acilio Glabrión

Marco Acilio Glabrión, antiguo cónsul, figura también entre las víctimas relacionadas con la persecución de Domiciano.1 Su muerte pudo inscribirse en la represión contra sectores aristocráticos, aunque la tradición cristiana la vinculó también a la adhesión a la fe.

La existencia de varios personajes nobles entre los perseguidos ha generado una cuestión historiográfica: ¿fueron condenados por ser cristianos o por motivos políticos, y la tradición cristiana reinterpretó después sus muertes como martirios? La respuesta exige analizar cada caso por separado. La pertenencia cristiana pudo constituir un elemento de la acusación, pero no necesariamente el único ni el principal.

Los descendientes de David

Eusebio relata que Domiciano ordenó buscar a los descendientes de David y que algunos miembros de grupos heréticos acusaron a los familiares de Judas, pariente de Jesús, por su linaje davídico y su relación con Cristo.3

El episodio refleja el temor romano a cualquier pretensión de realeza alternativa. En el mundo imperial, la pertenencia a una dinastía vinculada a un pretendiente mesiánico podía suscitar sospechas, especialmente después de las guerras judías y de la destrucción de Jerusalén. La tradición, no obstante, presenta a los parientes de Jesús como campesinos sin poder y afirma que Domiciano los liberó al comprobar que no representaban una amenaza política.4

Las fuentes cristianas y las fuentes paganas

Eusebio y Lactancio

Eusebio escribió su Historia eclesiástica en el siglo IV, más de dos siglos después de la muerte de Domiciano. Su propósito consistía en narrar la continuidad de la Iglesia, la transmisión de la fe y el testimonio de los mártires. Su obra conserva tradiciones anteriores de gran valor, pero también organiza los acontecimientos dentro de una interpretación teológica de la historia.

En Eusebio, Domiciano aparece como sucesor de Nerón en la hostilidad contra Dios y como autor de una persecución contra los cristianos.2 La perspectiva de Eusebio concede importancia a los sufrimientos de la Iglesia, aunque no siempre permite distinguir con precisión entre una medida dirigida específicamente contra los cristianos y una represión política más amplia.

Lactancio escribió en una época posterior, entre los siglos III y IV, y sus obras poseen un carácter apologético. Los pasajes conservados sobre la providencia, la ira divina y el castigo de la impiedad no ofrecen una relación detallada de la persecución de Domiciano. Su interés principal consiste en defender la acción de Dios en la historia y en contraponer la sabiduría divina a las doctrinas filosóficas que negaban la providencia.8,9

Por ello, Lactancio puede ayudar a comprender la interpretación cristiana de la persecución y del juicio divino, pero los pasajes citados no bastan para reconstruir el número, la identidad o las circunstancias de las víctimas de Domiciano. Sus referencias a la cólera de Dios contra la impiedad presentan una lectura teológica general, no un registro administrativo de procesos romanos.10

Suetonio y Dión Casio

Las fuentes paganas ofrecen un enfoque diferente. Suetonio y Dión Casio se interesan principalmente por el carácter del emperador, su gobierno, sus conflictos con el Senado y las medidas adoptadas contra miembros de la aristocracia. Este tipo de relato ayuda a situar los casos cristianos dentro del clima general de sospecha, delaciones y represión política.

La tradición histórica transmitida por la Enciclopedia Católica relaciona a Dión Casio con la muerte, la pérdida de bienes y el destierro de diversas personas durante el reinado de Domiciano.1 Sin embargo, los autores paganos no siempre identifican a las víctimas como cristianas ni describen sus procesos desde una perspectiva eclesial.

La diferencia entre ambos grupos de fuentes resulta decisiva:

Fuentes cristianasFuentes paganas
Interpretan los hechos como parte de la lucha entre la Iglesia y el poder imperial.Presentan principalmente la represión política y las relaciones entre el emperador y la aristocracia.
Conservan tradiciones sobre parientes de Jesús, destierros y testimonios de fe.Aportan datos sobre el gobierno, las purgas y la situación de las élites romanas.
Dan mayor importancia al martirio y a la fidelidad religiosa.No siempre identifican la motivación religiosa de las condenas.
Pueden ampliar la memoria de las víctimas mediante una interpretación teológica.Pueden omitir la identidad cristiana o reducirla a una acusación de impiedad.

Ningún grupo de fuentes debe aceptarse de forma acrítica. Los relatos cristianos no permiten convertir automáticamente toda condena de un aristócrata en martirio; los relatos paganos tampoco permiten descartar la motivación religiosa cuando guardan silencio sobre ella. La reconstrucción histórica más equilibrada compara las tradiciones, atiende a su fecha y finalidad y diferencia los datos firmes de las interpretaciones posteriores.

La cuestión de los martirios aristocráticos

La tradición cristiana recuerda a Flavio Clemente, Flavia Domitila y Acilio Glabrión como personajes relacionados con la persecución. La posición social de estas personas hace que sus casos resulten especialmente significativos, pero también plantea dificultades.

La aristocracia romana podía sufrir condenas por motivos diversos: conspiración, adulterio, impiedad, prácticas religiosas ilícitas, oposición política o confiscación de bienes. En el ambiente de Domiciano, una acusación religiosa podía funcionar como instrumento para eliminar a un adversario político. Del mismo modo, una víctima cristiana perteneciente a la nobleza podía ser recordada posteriormente sobre todo por su fidelidad a la fe, aunque el proceso jurídico hubiera incorporado otros cargos.

La Enciclopedia Católica presenta a estos personajes entre los mártires o perseguidos de la segunda persecución, pero también los sitúa dentro de las proscripciones dirigidas contra familias ricas y nobles.1 Esta doble perspectiva permite evitar dos reduccionismos:

  1. Reducir todos los casos a una persecución religiosa organizada, ignorando la lucha política del reinado.
  2. Reducir todos los casos a simples purgas políticas, negando la importancia real de la confesión cristiana y de la negativa al culto imperial.

La tradición del martirio conserva el núcleo teológico de estos episodios: la Iglesia entendió que sus miembros debían permanecer fieles a Cristo aun cuando esa fidelidad provocase pérdida de bienes, exilio o muerte. La exactitud de los detalles jurídicos de cada proceso requiere, no obstante, una valoración diferenciada.

La relación con el judaísmo y la acusación de ateísmo

Durante el siglo I, las autoridades romanas no siempre distinguían con claridad entre judíos y cristianos. La destrucción de Jerusalén y del templo en el año 70 modificó la situación. La antigua tolerancia concedida a las prácticas judías perdió parte de su eficacia como protección para los cristianos, especialmente cuando estos ya no podían ser considerados simplemente una corriente interna del judaísmo.

La tradición recogida por la Enciclopedia Católica afirma que los cristianos podían quedar expuestos a castigo por dos vías: como judíos, si observaban prácticas judías, o como ateos, si rechazaban la religión nacional sin pertenecer oficialmente al judaísmo.1 La acusación de ateísmo no significaba necesariamente negar toda divinidad, sino rechazar los dioses públicos y los sacrificios reconocidos por la ciudad.

Esta situación jurídica y cultural favoreció los malentendidos. El cristiano podía considerarse un fiel adorador del Dios único, pero el funcionario romano podía interpretar su negativa a sacrificar ante los dioses como un ataque contra la comunidad política. La discrepancia nacía de dos concepciones diferentes de la religión: una vinculada a la ciudadanía y otra fundada en la adoración exclusiva del Dios revelado en Jesucristo.

La literatura cristiana y el Apocalipsis

La tradición católica ha relacionado el libro del Apocalipsis con un contexto de hostilidad hacia las comunidades cristianas del Asia romana. La Enciclopedia Católica lo sitúa en medio de una época de prueba y relaciona sus imágenes de Babilonia, de la bestia y de los mártires con la oposición al poder imperial.1

El Apocalipsis no ofrece una crónica administrativa del reinado de Domiciano. Su lenguaje pertenece al género apocalíptico: utiliza símbolos, visiones y figuras del Antiguo Testamento para interpretar la historia desde la soberanía de Dios. Roma aparece bajo la imagen de Babilonia, ciudad poderosa que embriaga a las naciones y persigue a los santos.

La obra expresa, por tanto, una experiencia cristiana real de presión y sufrimiento, pero no permite calcular por sí sola el número de víctimas ni demostrar una persecución imperial uniforme. Su valor principal reside en mostrar cómo las comunidades cristianas comprendieron teológicamente el conflicto: el Imperio podía reclamar obediencia civil, pero no podía ocupar el lugar de Dios.

El final de la represión

Domiciano murió asesinado el 18 de septiembre del año 96 tras una conspiración en la que participó su esposa, según la tradición histórica transmitida por la Enciclopedia Católica.1 Antes del final de su reinado, la persecución contra los cristianos habría cesado.1 Eusebio atribuye igualmente a Domiciano un decreto que puso fin a la persecución de la Iglesia.4

La memoria cristiana interpretó este desenlace como una confirmación de que el poder de los perseguidores es temporal, mientras que la Iglesia permanece. La condena del emperador no implicaba, sin embargo, que la comunidad cristiana rechazase toda forma de autoridad civil. La Iglesia romana podía orar por los gobernantes y pedir que ejerciesen justamente la responsabilidad recibida.1

Valoración histórica y teológica

La persecución de Domiciano debe comprenderse en varios niveles. En el plano político, el emperador combatió la oposición aristocrática y reforzó la autoridad imperial. En el plano religioso, la participación en los cultos públicos expresaba la integración en el orden romano. En el plano cristiano, la confesión de Jesucristo como Señor impedía ofrecer culto al emperador o a los dioses de la ciudad.

La tradición eclesial tiene razones para recordar el reinado de Domiciano como un tiempo de persecución. Eusebio lo presenta explícitamente como perseguidor y transmite tradiciones sobre destierros, condenas y familiares de Jesús amenazados por su linaje.2,3 La Enciclopedia Católica conserva además la memoria de víctimas aristocráticas y relaciona la represión con las acusaciones de judaísmo, ateísmo y oposición al culto imperial.1

La historiografía moderna introduce una precisión necesaria: no existe certeza suficiente para describir el reinado de Domiciano como una persecución sistemática, universal y continuada contra todos los cristianos. Resulta más exacto hablar de episodios de represión que afectaron a determinadas personas y comunidades, probablemente en conexión con la política imperial, las acusaciones religiosas y el clima de delación posterior a las rebeliones y purgas aristocráticas.

Desde la perspectiva católica, la importancia de estos hechos no depende únicamente del número de mártires. El conflicto revela una cuestión permanente: el Estado posee una autoridad legítima para procurar el bien común, pero carece de derecho para exigir una obediencia que sustituya a Dios. La resistencia cristiana al culto imperial no constituía una negación de la ciudadanía, sino el rechazo de convertir el poder político en objeto de adoración. La fidelidad de los cristianos perseguidos testimonia que la obediencia civil encuentra su límite en la ley divina y en la dignidad de la conciencia.

La persecución de Domiciano fue, por tanto, una combinación de represión política, conflicto religioso y memoria martirial. La Iglesia la recuerda como una etapa temprana de su testimonio bajo el Imperio romano, mientras que el análisis histórico aconseja distinguir entre las tradiciones cristianas sobre los mártires y los datos más sobrios de la historiografía política romana.

Citas y referencias

  1. Domitiano. Enciclopedia Católica, Domitiano (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15
  2. La persecución bajo Domitiano, Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 17. 1 (325). 2 3
  3. Domitiano ordena que sean muertos los descendientes de David, Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 19. 1 (325). 2 3
  4. Los parientes de nuestro salvador, Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 20. 7 (325). 2 3
  5. Los parientes de nuestro salvador, Eusebio de Cesarea. Historia Eclesiástica (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 20. 9 (325).
  6. B5. El Estado y la libertad religiosa - Cristianismo y la dignidad del Estado, Comisión Teológica Internacional. Libertad religiosa para el bien de todos, 59 (2019).
  7. Papa León XIII. Sapientiae Christianae, 7 (1890).
  8. Sobre la providencia de Dios y de las opiniones opuestas a ella, Lactancio. Sobre la ira de Dios, Capítulo 9.
  9. Sobre la sabiduría divina y humana, Lactancio. Sobre la ira de Dios, Capítulo 1.
  10. Sobre la ira de Dios y el castigo de los pecados, y un recital de los versos de las sibylas al respecto; y, además, una reprensión y exhortación, Lactancio. Sobre la ira de Dios, Capítulo 23.
Modificado el 18 de agosto de 2026 • FideScore™ 8.98 • 132 visitas • Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/pntfqsdvf

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