El Imperio romano a finales del siglo III y principios del IV
Tras la muerte de Diocleciano, el Imperio quedó dividido entre varios tetrarcas. Maximino César, hijo de Galerio, gobernó la región oriental y heredó la política de intolerancia religiosa que caracterizó a sus predecesores. La presión sobre los cristianos aumentó cuando el emperador buscó reforzar la unidad del Imperio mediante la restauración del culto tradicional a los dioses paganos1.
El auge del cristianismo y la reacción imperial
A comienzos del siglo IV, el cristianismo había crecido de forma significativa, lo que despertó la sospecha de los dirigentes romanos, que lo percibían como una amenaza a la cohesión social y a la autoridad imperial. La persecución de Maximino se inscribe en este contexto de conflicto entre la fe cristiana y la política estatal.

