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La persecución de Septimio Severo

La persecución de Septimio Severo fue una etapa de hostigamiento y represión contra determinados cristianos y judíos durante el reinado del emperador romano Lucio Septimio Severo (193-211). La medida imperial, promulgada probablemente hacia el año 202, no constituyó un edicto de persecución generalizada contra todos los cristianos del Imperio, sino una prohibición dirigida principalmente contra la conversión al cristianismo y al judaísmo y contra quienes promovieran tales conversiones. La aplicación práctica resultó desigual: alcanzó especial intensidad en algunas regiones, como África del Norte, Egipto y Siria, mientras que en Roma la persecución no parece haber tenido una gravedad comparable.1,2,3

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Ver información de la imagenBusto de Septimio Severo (reinado 193-211 d.C.). Mármol blanco de grano fino, restauraciones modernas (nariz, partes de la barba, busto drapeado). Esta imagen ha sido extraída de otro archivo, Autor desconocido, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreLa persecución de Septimio Severo
CategoríaEvento
DescripciónEtapa de hostigamiento y represión contra cristianos y judíos bajo el edicto que prohibía nuevas conversiones, con mayor intensidad en África del Norte, Egipto y Siria. c. 202
ConsecuenciasNo detuvo el crecimiento del cristianismo; fortaleció la identidad cristiana y la literatura apologética.
Contexto HistóricoTras la guerra civil de 193, Severo consolidó el poder y promulgó una medida contra conversiones al cristianismo y al judaísmo.
Contexto PolíticoReinado de Lucio Septimio Severo (193-211) después de la caída de Pertinax y la rivalidad con Didio Juliano, Clodio Albino y Pescenio Níger.
Impacto HistóricoInfluyó en la memoria eclesial de mártires como Perpetua, Felicidad y Leónidas, y marcó el modelo temprano de persecución selectiva.
Importancia HistóricaConsiderada la quinta persecución cristiana y fuente de numerosos relatos martiriales.
Personas RelacionadasLucio Septimio Severo, Julia Domna, Tertuliano, Perpetua, Felicidad, Orígenes, San Leónidas, Clemente de Alejandría, Eusebio de Cesarea
TipoPersecución, III, Represión religiosa contra conversiones
UbicaciónImperio romano (África del Norte, Egipto, Siria, Roma)

Tabla de contenido

Contexto político y religioso del reinado

Septimio Severo llegó al poder en un contexto de guerra civil. Tras la muerte de Pertinax, las legiones proclamaron a varios emperadores rivales: Didio Juliano en Roma, Clodio Albino en Britania y Septimio Severo en Panonia, mientras que las tropas de Siria apoyaron a Pescenio Níger. Severo venció primero a Níger en Oriente y después a Albino en la batalla de Lugdunum, la actual Lyon, en el año 197. La consolidación de su autoridad estuvo acompañada por una política de fortalecimiento militar y de centralización del poder imperial.4,1

El emperador procedía de Leptis Magna, en África, y pertenecía a una familia romanizada. Su esposa, Julia Domna, pertenecía a una familia sacerdotal de Emesa, en Siria. La corte severiana desarrolló una política religiosa compleja, en la que convivían diferentes cultos orientales con las tradiciones romanas. La administración imperial buscaba preservar la unidad del Estado y la lealtad pública de sus súbditos, pero el cristianismo planteaba dificultades concretas porque rechazaba el culto sacrificial a los dioses y al emperador.1

La situación jurídica de los cristianos antes de Severo tampoco equivalía a una libertad religiosa plena. Desde la época de Trajano, las autoridades podían castigar la confesión cristiana cuando un cristiano era llevado ante un tribunal y persistía en su fe, aunque los magistrados no debían organizar una búsqueda oficial y sistemática de cristianos. Esta combinación de ilegalidad formal y aplicación irregular permitía largos periodos de tranquilidad junto con episodios locales de violencia judicial.5

El edicto contra las conversiones

Naturaleza de la medida

Las noticias cristianas antiguas y la historiografía católica tradicional atribuyen a Septimio Severo una disposición promulgada alrededor del año 202 que prohibía hacerse judío o cristiano. La medida no pretendía necesariamente castigar a todos los cristianos ya bautizados, sino impedir el crecimiento de ambas comunidades mediante la prohibición de la actividad misionera y de las nuevas conversiones.6,1,2

La legislación anterior contra los cristianos no desapareció. La nueva disposición añadió una prohibición específica al régimen jurídico que ya permitía procesar a los cristianos denunciados ante los tribunales. La tradición recogida por la Enciclopedia Católica interpreta así la política de Severo: el emperador habría intentado mantener inactiva la legislación general contra el cristianismo, mientras utilizaba la nueva norma para frenar la expansión de la Iglesia.5

El objetivo afectaba tanto a los convertidos como a quienes los instruían. Tertuliano, al describir la expansión cristiana en África, resumió la dinámica misionera con la expresión latina fiunt, non nascuntur Christiani, es decir, «los cristianos llegan a serlo; no nacen cristianos». Una norma contra la conversión atacaba, por tanto, el mecanismo principal mediante el cual la Iglesia incorporaba nuevos miembros.6

¿Una prohibición contra judíos y cristianos?

La medida no distinguía únicamente entre religiones permitidas y una religión perseguida. El poder romano podía tolerar cultos diversos siempre que no alterasen el orden público ni desafiasen las obligaciones religiosas y cívicas del Imperio. El proselitismo activo resultaba más problemático porque introducía nuevas adhesiones religiosas y podía interpretarse como una ruptura de las costumbres heredadas.

La disposición atribuida a Severo habría afectado tanto a la misión cristiana como a la incorporación al judaísmo. Esta doble referencia impide describirla simplemente como una ley concebida contra el cristianismo por motivos exclusivamente teológicos. El Estado romano pretendía controlar la expansión de comunidades religiosas consideradas potencialmente incompatibles con la unidad ritual y política imperial.6,7

Alcance territorial de la persecución

África del Norte

África proconsular, y especialmente Cartago, constituye el principal escenario documentado de la represión severiana. Después de los martirios de los mártires de Escilio y Madaura en torno al año 180, los cristianos africanos disfrutaron de casi dos décadas de relativa tranquilidad. Sin embargo, en 197 o 198 los gobernadores reanudaron la persecución judicial. Las cárceles de Cartago recibieron numerosos cristianos, y los tribunales dictaron condenas de exilio, tortura y muerte.6

Tertuliano intervino en favor de los encarcelados mediante sus escritos A los mártires, A las naciones y Apologético. Su formación jurídica le permitió denunciar el carácter contradictorio de un sistema que castigaba a los cristianos por su nombre y por su confesión religiosa, sin exigir siempre la prueba de un delito civil concreto. El Apologético, redactado antes del edicto de 202, refleja principalmente la legislación anterior, pero ayuda a comprender el ambiente jurídico y social que precedió a la medida de Severo.6

Cartago conservó un lugar central en la memoria cristiana de esta persecución. Allí murieron en el año 203 santa Perpetua, perteneciente a una familia acomodada, y santa Felicidad, esclava y madre reciente, junto con sus compañeros. Las actas de su martirio constituyen una de las obras más valiosas de la literatura cristiana antigua y presentan el testimonio de unos creyentes que afrontaron la muerte antes que renunciar a Cristo.6,1

Egipto y Alejandría

Egipto también vivió una fase intensa de persecución. La Iglesia de Alejandría había experimentado una expansión notable, favorecida por su escuela catequética y por la actividad misionera de sus maestros. La prohibición de las conversiones afectaba directamente a esta labor de formación y evangelización.

Clemente de Alejandría abandonó la ciudad durante este periodo, mientras que Orígenes intentó reorganizar la escuela catequética. El prefecto Aquila arrestó a Orígenes, aunque sus familiares y amigos evitaron que recibiera la muerte. Su padre, san Leónidas, murió decapitado después de confesar la fe cristiana. Orígenes alentó a su padre a perseverar y después acompañó espiritualmente a varios discípulos que sufrieron el martirio.2,8

Eusebio de Cesarea presenta Alejandría como un centro destacado de testimonios cristianos durante la persecución de Severo. Entre los mártires menciona a Leónidas y a otros discípulos de Orígenes, ejecutados mediante decapitación, fuego u otras formas de suplicio. También recuerda a Potamiena, sometida a una muerte especialmente cruel, y al soldado Basilides, convertido al cristianismo y posteriormente decapitado por negarse a prestar un juramento incompatible con su fe.2,8

Estos relatos pertenecen a una tradición martirial elaborada para conservar la memoria de los testigos de Cristo. Presentan datos históricos junto con elementos hagiográficos, es decir, recursos literarios destinados a mostrar la acción de la gracia y la victoria espiritual del mártir. El historiador debe valorar cada episodio atendiendo a la fecha, la transmisión textual y el género literario, sin reducir por ello el conjunto de la tradición a una simple invención.

Siria y otras provincias orientales

Las noticias tradicionales sitúan también una actividad represiva considerable en Siria. La región contaba con importantes comunidades cristianas, ciudades de intensa vida religiosa y una población acostumbrada a la pluralidad de cultos orientales. La administración imperial podía reaccionar con especial severidad cuando la actividad cristiana adquiría una dimensión pública o misionera. La persecución de Severo afectó sobre todo a las zonas en las que las conversiones y la predicación cristiana habían alcanzado mayor visibilidad.1,2

La política imperial no produjo una reacción uniforme en todo Oriente. La extensión territorial del Imperio, las diferencias entre gobernadores y la autonomía práctica de las autoridades municipales hacían que una misma ley recibiera aplicaciones muy diversas. Una comunidad podía vivir bajo vigilancia, mientras otra, en una ciudad próxima, permanecía durante años sin intervención judicial.

Roma

La persecución no parece haber alcanzado en Roma la misma intensidad que en Cartago, Alejandría o determinadas zonas de Siria. La Iglesia romana contaba con miembros de posición social elevada, incluso dentro del entorno imperial, y la tradición histórica describe allí un periodo relativamente tranquilo bajo Severo. Esta diferencia regional impide presentar el reinado entero como una campaña uniforme dirigida desde Roma contra todos los cristianos.3

La ausencia de una represión intensa en Roma no significa que los cristianos disfrutaran de reconocimiento jurídico. La legislación podía permanecer vigente aunque los magistrados no la aplicasen activamente. Además, un gobernador provincial, un prefecto urbano o un funcionario municipal podía iniciar actuaciones por iniciativa propia cuando una denuncia, un conflicto local o una presión popular provocaban la intervención de los tribunales.

Los mártires de la persecución

Perpetua y Felicidad

Perpetua y Felicidad representan el testimonio más conocido de la persecución severiana. Perpetua pertenecía a una familia acomodada; Felicidad era esclava. La diferencia de condición social no impidió que ambas compartieran la misma dignidad bautismal y el mismo destino martirial.

Las autoridades intentaron obtener una renuncia a la fe cristiana. Perpetua mantuvo su confesión frente a la presión familiar y judicial. Felicidad afrontó el martirio después de dar a luz en prisión. La tradición de sus actas presenta a ambas como mujeres fortalecidas por la gracia y unidas a Cristo en el sufrimiento. Murieron en Cartago en 203 junto con otros catecúmenos y cristianos.6,1

Desde la perspectiva católica, el martirio no consiste en buscar voluntariamente la muerte, sino en permanecer fiel a Cristo cuando una autoridad exige la apostasía o castiga injustamente la fe. Perpetua y Felicidad no defendieron una mera opinión privada: confesaron la soberanía de Dios y la primacía de la fidelidad cristiana frente a una exigencia religiosa incompatible con el Evangelio.

Leónidas y los mártires de Alejandría

San Leónidas, padre de Orígenes, murió decapitado durante la persecución en Egipto. Su martirio influyó profundamente en la espiritualidad de su hijo, que admiraba la disposición de su padre a entregar la vida por Cristo. Orígenes deseaba acompañarlo en la muerte, pero su familia impidió que acudiera voluntariamente al tribunal.2,8

Otros cristianos vinculados a Alejandría sufrieron penas diversas: fuego, decapitación y torturas prolongadas. Entre ellos aparecen discípulos de Orígenes, catecúmenos y soldados. La variedad de sus situaciones muestra que la represión no afectó exclusivamente a obispos o dirigentes, sino también a personas que estaban en las primeras etapas de la iniciación cristiana.

Interpretación historiográfica

La tradición de una «quinta persecución»

La historiografía católica antigua clasificó la persecución de Severo como una de las grandes persecuciones imperiales contra la Iglesia. La Enciclopedia Católica la presenta como la quinta persecución y atribuye al emperador la prohibición de convertirse al judaísmo o al cristianismo, con especial incidencia en Siria y África. También vincula directamente con este periodo el martirio de Perpetua, Felicidad y sus compañeros.1

Esta interpretación conserva el valor de la memoria eclesial y recoge testimonios antiguos de gran importancia, entre ellos los relatos de Tertuliano y Eusebio. También explica adecuadamente la existencia de mártires y de procesos judiciales en varias regiones durante el reinado de Severo.

La revisión moderna

La historiografía moderna ha cuestionado la imagen de una persecución sistemática y uniforme en todo el Imperio. El principal argumento procede de la desigualdad geográfica de los testimonios: África y Egipto ofrecen noticias abundantes, mientras que Roma no parece haber sufrido una represión especialmente intensa. Además, la documentación no describe una campaña comparable a las grandes persecuciones del siglo III.3,6

Algunos historiadores interpretan el edicto de 202 como una disposición contra el proselitismo religioso, aplicada de forma ocasional y selectiva. Desde esta perspectiva, la medida buscaba impedir nuevas conversiones más que eliminar físicamente a todos los cristianos existentes. Las ejecuciones ocurrieron allí donde las autoridades locales activaron la norma, especialmente contra catecúmenos, misioneros y personas denunciadas por favorecer conversiones.

Otros autores conceden mayor peso a la tradición cristiana y consideran que la política de Severo produjo una persecución real, aunque no siempre uniforme. Una ley dirigida contra la conversión podía generar detenciones, torturas y condenas de muerte sin necesidad de organizar una búsqueda exhaustiva de todos los bautizados. Ambas interpretaciones pueden conciliarse si se distingue entre la existencia de una medida represiva y la ausencia de una campaña centralizada de exterminio.

Diferencia respecto a Decio

La persecución de Severo resulta muy diferente de la iniciada por el emperador Decio en el año 250. Decio ordenó que todos los habitantes del Imperio ofrecieran sacrificio a los dioses en una fecha determinada y exigió certificados que acreditasen el cumplimiento. Los magistrados recibieron la tarea de investigar activamente la conducta religiosa de la población.5

La medida de Decio transformó la relación entre el Estado y la Iglesia. Hasta entonces, los cristianos podían vivir en una situación jurídicamente precaria pero relativamente segura mientras nadie los denunciara. Con Decio, las autoridades pasaron a buscar activamente la conformidad religiosa de todos los ciudadanos. El objetivo ya no consistía simplemente en frenar conversiones, sino en obligar a los cristianos a realizar un acto de apostasía pública.5

Diferencia respecto a Diocleciano

La persecución de Diocleciano, iniciada a comienzos del siglo IV, alcanzó una escala administrativa mucho mayor. El poder imperial promulgó disposiciones sucesivas contra el clero, los lugares de culto, los libros sagrados y los derechos civiles de los cristianos. La ejecución de tales órdenes implicó una coordinación territorial muy superior a la que puede atribuirse con seguridad a Septimio Severo.

Por tanto, la persecución severiana pertenece al modelo temprano de represión selectiva: una norma contra la expansión religiosa, procesos iniciados en determinados lugares y violencia desigual según la decisión de las autoridades. Decio y Diocleciano representan modelos posteriores de persecución imperial más sistemática, centralizada y universal.

Consecuencias para la Iglesia

La persecución no consiguió detener el crecimiento cristiano. La prohibición de las conversiones fracasó en su objetivo principal, pues las comunidades continuaron transmitiendo la fe, formando catecúmenos y creando nuevas estructuras eclesiales. La memoria de los mártires reforzó la identidad de los cristianos y proporcionó modelos de perseverancia para las generaciones posteriores.5,6

En África, la actividad de Tertuliano muestra cómo la persecución impulsó una intensa reflexión apologética. Sus escritos defendieron la legitimidad del cristianismo y denunciaron la injusticia de condenar a una persona únicamente por su identidad religiosa. En Egipto, el martirio de Leónidas y de otros discípulos de Orígenes fortaleció la conciencia de Alejandría como centro de formación teológica y de testimonio cristiano.6,2

Después de la muerte de Severo, la Iglesia disfrutó de una etapa comparativamente tranquila hasta la persecución de Decio, con la excepción del breve periodo de Maximino el Tracio. Este intervalo de paz favoreció la organización eclesial y la expansión de las comunidades. La diferencia entre ambas etapas confirma que el reinado de Severo no abrió una persecución permanente e ininterrumpida contra todos los cristianos del Imperio.5,3

Valoración católica

La Iglesia venera a los mártires de la persecución severiana como testigos de Jesucristo. Su santidad no procede de la violencia sufrida en sí misma, sino de la caridad, la fortaleza y la fidelidad con que afrontaron una exigencia contraria a la fe. El martirio manifiesta la supremacía de Dios sobre cualquier poder político y recuerda que la autoridad civil posee límites morales.

La historia de este periodo también invita a evitar dos simplificaciones. La primera consiste en negar la persecución porque no existió una campaña uniforme en todo el Imperio. La existencia de procesos y ejecuciones locales basta para reconocer un sufrimiento cristiano auténtico. La segunda consiste en presentar el reinado de Severo como equivalente a las persecuciones universales de Decio o Diocleciano. La evidencia histórica distingue claramente entre una medida contra el proselitismo, aplicada de manera desigual, y una política de obligado cumplimiento religioso para toda la población.

Conclusión

La persecución de Septimio Severo fue una represión imperial limitada en su formulación, pero grave en sus efectos locales. La medida de alrededor del año 202 prohibió las conversiones al judaísmo y al cristianismo y afectó especialmente a quienes predicaban, instruían o abrazaban la fe cristiana. África del Norte y Egipto conservaron la memoria de numerosos mártires, entre ellos Perpetua, Felicidad y Leónidas, mientras que Roma parece haber experimentado una situación menos dura.

La distinción entre legislación, actuación judicial y presión social permite comprender el fenómeno con mayor precisión. Septimio Severo no inició una campaña general comparable a las de Decio o Diocleciano, pero su política proporcionó un marco legal que permitió condenar a cristianos en diversas provincias. La Iglesia sobrevivió a la prohibición, creció mediante la conversión y convirtió el testimonio de sus mártires en una de las raíces de su memoria espiritual e histórica.

Citas y referencias

  1. Septimio Severo. Enciclopedia Católica, Septimio Severo (1913). 2 3 4 5 6 7 8
  2. Persecuciones coptas. Enciclopedia Católica, Persecuciones coptas (1913). 2 3 4 5 6 7
  3. Roma. Enciclopedia Católica, Roma (1913). 2 3 4
  4. Pescennio Níger. Enciclopedia Católica, Pescennio Níger (1913).
  5. Mártir. Enciclopedia Católica, Mártir (1913). 2 3 4 5 6 7 8
  6. Cartago. Enciclopedia Católica, Cartago (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  7. Historia de los judíos. Enciclopedia Católica, Historia de los judíos (1913).
  8. La persecución bajo Severus, Eusebio de Cesarea. Historia de la Iglesia (Eusebio de Cesarea), Libro VI. Capítulo I. 1 (325). 2 3
  9. Marco Aurelio Antonino. Enciclopedia Católica, Marco Aurelio Antonino (1913).
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