El reinado de Trajano
Marco Ulpio Trajano nació en Itálica, en la provincia romana de la Bética, el 18 de septiembre del año 53. Nerva lo adoptó en el año 97 y Trajano accedió al poder al año siguiente. Gobernó hasta su muerte, el 7 de agosto de 117. Su reinado coincidió con la máxima expansión territorial de Roma y con un periodo de intensa actividad administrativa, militar y constructora.1
Trajano dirigió las campañas que convirtieron Dacia en provincia romana, consolidó las fronteras del Rin y del Danubio, impulsó la construcción de calzadas y puertos, y favoreció el comercio y las obras públicas. Su gobierno buscó reforzar el orden imperial y la cohesión política de los territorios sometidos a Roma.1
La religión formaba parte de ese orden político. El culto a los dioses tradicionales, los sacrificios públicos y la veneración religiosa del emperador expresaban la lealtad hacia Roma. Los cristianos rechazaban los sacrificios a las divinidades paganas porque profesaban la fe en un solo Dios y reconocían a Jesucristo como Señor. Esta negativa podía interpretarse como impiedad, desobediencia o rechazo de las obligaciones cívicas.
La expansión del cristianismo en Asia Menor
La intervención de Trajano estuvo relacionada principalmente con la situación de los cristianos en la provincia de Bitinia-Ponto, situada en el noroeste de Asia Menor, en la actual Turquía. Plinio el Joven ejercía allí como gobernador imperial cuando descubrió una presencia cristiana muy extendida en las ciudades, las aldeas y las zonas rurales. El crecimiento de las comunidades cristianas provocaba incluso conflictos económicos con quienes vivían de la venta de animales destinados a los sacrificios.2
Plinio no conocía con claridad el procedimiento que debía aplicar. Por ello consultó al emperador sobre varias cuestiones: la edad de los acusados, el perdón de quienes abandonasen el cristianismo y la posibilidad de castigar la mera pertenencia a la religión cristiana, aunque no existiera ningún delito común.2
La consulta revela una circunstancia significativa: el problema no procedía necesariamente de crímenes concretos cometidos por los cristianos, sino de su identidad religiosa y de su negativa a participar en los cultos públicos. Plinio comunicó a Trajano que, aparte de su rechazo a sacrificar, no había encontrado en ellos impiedad ni delitos que justificaran las acusaciones populares.3,2





