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La persecución de Trajano

La persecución de Trajano fue el conjunto de actuaciones judiciales y episodios locales dirigidos contra los cristianos durante el reinado del emperador romano Trajano (98-117). Su rasgo principal no consistió en una campaña general de búsqueda por todo el Imperio, sino en una política jurídica ambigua: las autoridades no debían investigar de oficio a los cristianos, pero podían condenar a muerte a quienes fueran denunciados, reconocieran su condición y rechazaran ofrecer sacrificios a los dioses romanos. El rescripto enviado por Trajano a Plinio el Joven hacia el año 112 constituye el testimonio fundamental para comprender esta situación.1,2

The Christian Martyrs Last Prayer
Ver información de la imagenLa última oración de los mártires cristianos, c. 1863. Museo de Arte Walters: Página principal Información sobre la obra, Jean-Léon Gérôme, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreLa persecución de Trajano
CategoríaEvento
DescripciónReinado del emperador romano Trajano, marcado por la máxima expansión territorial y la consolidación del orden político-religioso del Imperio.
DocumentosRescripto de Trajano a Plinio el Joven
Fecha de fin117
Fecha de inicio98
Fecha de Inicio112
Impacto HistóricoMostró la vulnerabilidad legal de los cristianos y sirvió de precedente para persecuciones más amplias bajo Decio y Diocleciano.
Importancia HistóricaEstableció un marco legal que permitía castigar a los cristianos por su identidad religiosa sin una búsqueda sistemática, influyendo en la relación Iglesia-Estado en los siglos posteriores.
Personas relacionadasEmperador Trajano
Personas RelacionadasTrajano; Plinio el Joven; Ignacio de Antioquía; Simeón de Jerusalén; Eusebio de Cesarea; Tertuliano
TipoPersecución, Persecución judicial y localizada contra cristianos
UbicaciónImperio romano

Tabla de contenido

Contexto histórico

El reinado de Trajano

Marco Ulpio Trajano nació en Itálica, en la provincia romana de la Bética, el 18 de septiembre del año 53. Nerva lo adoptó en el año 97 y Trajano accedió al poder al año siguiente. Gobernó hasta su muerte, el 7 de agosto de 117. Su reinado coincidió con la máxima expansión territorial de Roma y con un periodo de intensa actividad administrativa, militar y constructora.1

Trajano dirigió las campañas que convirtieron Dacia en provincia romana, consolidó las fronteras del Rin y del Danubio, impulsó la construcción de calzadas y puertos, y favoreció el comercio y las obras públicas. Su gobierno buscó reforzar el orden imperial y la cohesión política de los territorios sometidos a Roma.1

La religión formaba parte de ese orden político. El culto a los dioses tradicionales, los sacrificios públicos y la veneración religiosa del emperador expresaban la lealtad hacia Roma. Los cristianos rechazaban los sacrificios a las divinidades paganas porque profesaban la fe en un solo Dios y reconocían a Jesucristo como Señor. Esta negativa podía interpretarse como impiedad, desobediencia o rechazo de las obligaciones cívicas.

La expansión del cristianismo en Asia Menor

La intervención de Trajano estuvo relacionada principalmente con la situación de los cristianos en la provincia de Bitinia-Ponto, situada en el noroeste de Asia Menor, en la actual Turquía. Plinio el Joven ejercía allí como gobernador imperial cuando descubrió una presencia cristiana muy extendida en las ciudades, las aldeas y las zonas rurales. El crecimiento de las comunidades cristianas provocaba incluso conflictos económicos con quienes vivían de la venta de animales destinados a los sacrificios.2

Plinio no conocía con claridad el procedimiento que debía aplicar. Por ello consultó al emperador sobre varias cuestiones: la edad de los acusados, el perdón de quienes abandonasen el cristianismo y la posibilidad de castigar la mera pertenencia a la religión cristiana, aunque no existiera ningún delito común.2

La consulta revela una circunstancia significativa: el problema no procedía necesariamente de crímenes concretos cometidos por los cristianos, sino de su identidad religiosa y de su negativa a participar en los cultos públicos. Plinio comunicó a Trajano que, aparte de su rechazo a sacrificar, no había encontrado en ellos impiedad ni delitos que justificaran las acusaciones populares.3,2

El rescripto de Trajano a Plinio

La consulta del gobernador

Plinio interrogó a los acusados acerca de su fe. Aquellos que reconocían que eran cristianos y persistían en esa confesión después de recibir varias oportunidades para retractarse eran ejecutados. Algunos negaban haber pertenecido al cristianismo; otros admitían una adhesión pasada, pero afirmaban que ya no eran cristianos.2

El gobernador también investigó las prácticas de las comunidades cristianas. Los antiguos cristianos interrogados explicaron que acostumbraban reunirse en un día determinado, cantar himnos a Cristo como a Dios y comprometerse a no cometer homicidio, adulterio, robo, fraude ni otros actos injustos.4,3

La información de Plinio mostraba que la vida moral cristiana no correspondía a las calumnias difundidas contra la Iglesia. Sin embargo, la negativa a ofrecer sacrificio seguía planteando un problema político y religioso para la administración imperial.

Las instrucciones imperiales

Trajano respondió mediante un rescripto, es decir, una contestación oficial del emperador a una consulta de un funcionario. Sus instrucciones establecieron cuatro principios:

  • Las autoridades no debían buscar activamente a los cristianos.
  • Las denuncias anónimas no debían aceptarse.
  • El cristiano denunciado y reconocido como tal podía ser castigado.
  • Quien renunciara al cristianismo y ofreciera sacrificio a los dioses debía quedar libre.1,2

Eusebio de Cesarea resumió la decisión imperial con una fórmula precisa: los cristianos no debían ser buscados, pero, cuando aparecieran ante la autoridad, debían ser castigados.4,5

La respuesta de Trajano aprobó la actuación inicial de Plinio, aunque evitó convertir la persecución en una investigación general. El Estado romano no ordenó registrar las ciudades, detener a todos los miembros de la Iglesia ni obligar a la población cristiana del Imperio a comparecer ante los magistrados.

Delitos comunes y pertenencia al cristianismo

La ausencia de delitos ordinarios

La persecución de Trajano exige distinguir entre dos tipos de acusación:

  1. La acusación por un delito común, como homicidio, adulterio, robo, fraude o alteración del orden público.
  2. La acusación por la mera condición de cristiano, aunque el acusado no hubiera cometido ningún delito de esa naturaleza.

Plinio no encontró impiedad ni criminalidad en la conducta ordinaria de los cristianos que interrogó. Las reuniones, los himnos y los compromisos morales de las comunidades no constituían delitos comunes. La causa inmediata de la condena radicaba en la confesión cristiana y, sobre todo, en la negativa a sacrificar a los dioses.4,3,2

Desde el punto de vista cristiano, esta situación tenía una gravedad particular. El mártir no moría por haber cometido violencia o fraude, sino por negarse a realizar un acto religioso que consideraba incompatible con la fe en el Dios único. La autoridad romana podía reconocer la buena conducta del acusado y, aun así, condenarlo por su pertenencia religiosa.

La condición jurídica del cristiano

El rescripto no proclamó una amnistía ni reconoció la libertad religiosa de los cristianos. La norma mantuvo la posibilidad de condenar a quien fuera denunciado y perseverase en la fe. En consecuencia, el cristianismo permaneció expuesto a una forma de ilegalidad religiosa: la identidad cristiana podía bastar para activar la pena capital cuando existía una denuncia y una confesión persistente.2

La política imperial combinaba así dos elementos contradictorios:

  • Moderación administrativa, porque el gobernador no debía iniciar una búsqueda sistemática.
  • Discriminación jurídica, porque la confesión cristiana podía recibir la pena de muerte aunque faltara un delito común.

Esta combinación explica la inestabilidad de la situación cristiana durante buena parte del siglo II. Una comunidad podía vivir durante años sin intervención oficial y, al mismo tiempo, quedar expuesta a una denuncia popular, a la hostilidad de las autoridades locales o a un conflicto con los intereses religiosos y económicos de la ciudad.

Alcance geográfico de la persecución

Bitinia-Ponto

La provincia de Bitinia-Ponto constituye el escenario directamente documentado por la correspondencia entre Plinio y Trajano. Allí el gobernador descubrió numerosas comunidades cristianas y aplicó interrogatorios judiciales antes de pedir instrucciones al emperador.1,2

Bitinia-Ponto estaba en la costa meridional del mar Negro y en las regiones próximas al noroeste de Asia Menor. No debe confundirse con Antioquía de Siria ni con Roma, lugares relacionados con otros episodios de la persecución durante el reinado de Trajano.

Antioquía de Siria

La tradición del martirio de san Ignacio corresponde a Antioquía de Siria. Ignacio era obispo de esa ciudad y fue llevado ante Trajano cuando el emperador se encontraba allí, durante los preparativos de su campaña contra Armenia y los partos. La Pasión de Ignacio presenta un diálogo entre ambos y atribuye al emperador la condena del obispo a ser trasladado a Roma para morir expuesto a las fieras.6

Antioquía era una de las grandes ciudades del Oriente romano y un centro fundamental de la expansión cristiana. El episodio de Ignacio no tuvo lugar en Bitinia-Ponto, aunque la consulta de Plinio y la condena de Ignacio pertenezcan al mismo reinado. La precisión geográfica evita reunir en un único escenario acontecimientos desarrollados en provincias diferentes.

Roma

La condena de Ignacio culminó en Roma, donde, según la tradición transmitida por la narración de su martirio, debía ser entregado a las fieras para satisfacer el espectáculo público. El traslado desde Antioquía hasta Roma muestra que la pena podía ejecutarse lejos del lugar de la detención, siguiendo los procedimientos aplicados a ciertos condenados destinados a los juegos del anfiteatro.6

Jerusalén

La tradición católica antigua también relaciona con el reinado de Trajano el martirio de Simeón, obispo de Jerusalén. La Enciclopedia Católica lo presenta junto con Ignacio de Antioquía entre los mártires más ilustres de este periodo. El escenario de Simeón corresponde a Jerusalén, no a Antioquía ni a la provincia de Bitinia-Ponto.1

San Ignacio de Antioquía

El testimonio de un obispo mártir

Ignacio ocupaba la sede episcopal de Antioquía y aparece como uno de los testigos más relevantes del cristianismo perseguido a comienzos del siglo II. La narración de su proceso presenta su comparecencia ante Trajano como un enfrentamiento entre dos concepciones de la autoridad:

  • Trajano entendía la religión imperial como elemento de unidad política.
  • Ignacio confesaba a Jesucristo como único Señor y rechazaba identificar a las divinidades paganas con el verdadero Dios.

Durante el interrogatorio, Ignacio afirmó que existía un solo Dios, creador del cielo, de la tierra y del mar, y un solo Jesucristo, Hijo unigénito de Dios. El emperador relacionó esa confesión con Jesús crucificado bajo Poncio Pilato; Ignacio respondió proclamando que Cristo había vencido el pecado y el poder del demonio.6

La condena y el traslado

La sentencia ordenó encadenar a Ignacio y llevarlo a Roma para que muriera devorado por las fieras. La narración describe su aceptación gozosa del martirio, su acción de gracias y su oración por la Iglesia de Antioquía antes de iniciar el viaje.6

La tradición ignaciana posee un valor excepcional para la teología del martirio, porque presenta la muerte del obispo como unión con Cristo y como servicio a la Iglesia. Al mismo tiempo, el historiador debe distinguir entre el relato martirial, redactado con finalidad edificante, y la correspondencia de Plinio, que ofrece un testimonio administrativo contemporáneo de la práctica judicial en Bitinia-Ponto.

Cronología de los testimonios patrísticos

La cronología de los Padres de la Iglesia resulta esencial para interpretar las apologías y las narraciones de martirio:

  • Ignacio de Antioquía pertenece a la generación cristiana contemporánea de Trajano. Sus cartas y su tradición martirial reflejan la vida interna de las Iglesias de comienzos del siglo II.
  • Tertuliano escribió posteriormente, a finales del siglo II y comienzos del III. Eusebio recurrió a su Apología para explicar la prohibición de buscar a los cristianos y la consulta de Plinio.
  • Eusebio de Cesarea redactó su Historia eclesiástica en el siglo IV, aproximadamente dos siglos después de Trajano. Su relato conserva tradiciones anteriores, pero presenta los acontecimientos desde una perspectiva histórica y apologética propia de una época posterior.

Eusebio explica que Trajano frenó una persecución que podía haber alcanzado una gravedad mucho mayor, aunque dejó abiertas numerosas posibilidades de hostilidad local. Según su relato, la población y los gobernadores podían organizar acciones contra los cristianos en determinadas provincias, y muchos fieles afrontaron diversos tipos de martirio.5

El carácter local de la persecución

Ausencia de una campaña imperial general

Trajano no ordenó una persecución sistemática de todos los cristianos del Imperio. El rescripto prohibía a los magistrados buscarlos y rechazaba las denuncias anónimas. Por tanto, la actuación dependía de la existencia de una acusación concreta, de la decisión del gobernador y de las circunstancias locales.1,2

La persecución pudo producirse en lugares concretos sin convertirse en una operación uniforme. Las autoridades provinciales disponían de margen para actuar contra quienes fueran denunciados, mientras que la población podía promover acusaciones motivadas por rivalidades religiosas, tensiones sociales o intereses económicos.

Hostilidad popular y acción de los gobernadores

La expansión cristiana afectaba a algunos sectores vinculados al culto tradicional. En Bitinia-Ponto, la disminución de compradores de animales destinados a los sacrificios podía provocar pérdidas económicas y alimentar el resentimiento contra los cristianos.2

Eusebio describe una situación en la que tanto la población como los gobernantes de algunas regiones podían tramar acusaciones contra los fieles. La política de Trajano evitó una persecución imperial de gran escala, pero no eliminó la vulnerabilidad de las comunidades cristianas.5

Diferencia entre Trajano, Decio y Diocleciano

El modelo de Trajano

La política de Trajano puede resumirse como no buscar, pero castigar al denunciado que persevera. El Estado no desplegó funcionarios para localizar a cada cristiano ni impuso un sacrificio universal a todos los habitantes del Imperio. La iniciativa normalmente dependía de una acusación y el acusado tenía la posibilidad de renunciar a su fe mediante el sacrificio a los dioses.1,2

Este régimen no garantizaba una tolerancia plena. La mera pertenencia al cristianismo podía conducir a la muerte cuando el acusado reconocía su fe y rechazaba retractarse. Sin embargo, la ausencia de búsqueda oficial reducía el alcance y la continuidad de la represión.

El edicto de Decio

La persecución promovida por el emperador Decio en el año 250 presentó una estructura radicalmente distinta. Decio ordenó que todos los cristianos del Imperio ofrecieran sacrificios a los dioses en una fecha determinada. Los magistrados recibieron la función de investigar religiosamente a la población y de castigar a quienes rechazaran el sacrificio.2

La diferencia con Trajano resulta clara:

Política de TrajanoEdicto de Decio
Prohibía buscar cristianosConvertía la búsqueda en obligación de los magistrados
Actuaba después de una denunciaPretendía examinar a todos los cristianos
Rechazaba las acusaciones anónimasOrganizaba una prueba pública de lealtad religiosa
Permitía el perdón mediante sacrificio tras la denunciaExigía el sacrificio general a los habitantes
Produjo persecuciones localesProvocó una crisis extendida por todo el Imperio

El objetivo de Decio consistía en obligar a los cristianos a abandonar la fe mediante una prueba religiosa universal. La persecución de Trajano, aunque injusta y potencialmente mortal, no tuvo ese carácter de movilización general del aparato imperial.2

La persecución de Diocleciano

Diocleciano inició en el año 303 una persecución aún más organizada. El primer edicto prohibió las reuniones cristianas, ordenó destruir las iglesias y los libros sagrados, y mandó que todos los cristianos abjurasen de su religión. Otros edictos posteriores dispusieron el encarcelamiento del clero y establecieron la pena de muerte para quienes rechazaran sacrificar.2

La persecución de Diocleciano se diferenció de la de Trajano por varios rasgos:

  • Alcanzó amplias zonas del Imperio.
  • Atacó las estructuras visibles de la Iglesia.
  • Persiguió directamente a obispos, presbíteros y demás ministros.
  • Ordenó destruir lugares de culto y libros cristianos.
  • Impuso la apostasía mediante disposiciones generales.

Trajano no ordenó destruir iglesias, confiscar libros cristianos ni detener de forma universal al clero. Su rescripto pertenece a una fase anterior y menos sistemática de la legislación anticristiana.1,2

Valor histórico y teológico

Una paradoja jurídica

La política de Trajano presenta una paradoja: el emperador reconoció indirectamente que los cristianos no constituían una comunidad dedicada a los delitos que les atribuía la propaganda popular, pero mantuvo la posibilidad de condenarlos por su pertenencia religiosa. La autoridad romana no necesitaba demostrar homicidio, adulterio, robo o sedición; bastaba con acreditar la identidad cristiana y la negativa al sacrificio.3,2

Desde la perspectiva cristiana, esta situación manifestó la incompatibilidad entre la adoración exclusiva de Dios y la participación en el culto pagano oficial. El mártir no buscaba provocar un conflicto político, pero tampoco podía realizar un acto que consideraba una negación de la fe.

El martirio como testimonio

La tradición católica entiende el martirio como el testimonio supremo de la verdad de Cristo. Ignacio de Antioquía encarna esta interpretación: recibió la condena a las fieras como una configuración con la pasión de Jesucristo y como una entrega por la Iglesia. Su actitud no implicaba desprecio de la vida humana, sino fidelidad religiosa ante una exigencia que le obligaba a renegar de Cristo.6

La memoria de Ignacio y de Simeón ayudó a las Iglesias posteriores a interpretar los sufrimientos de los cristianos bajo Trajano como parte de la continuidad apostólica. La narración de los mártires vinculó la fidelidad de los obispos con la unidad y la santidad de sus comunidades.

El testimonio de los apologistas

Los apologistas cristianos de los siglos II y III utilizaron el caso de Trajano para mostrar la incoherencia de castigar a los cristianos sin probar delitos concretos. Tertuliano transmitió la idea de que la autoridad había prohibido buscar a los cristianos, mientras que Eusebio incorporó esta tradición a su historia de la Iglesia.3

La cronología exige prudencia. Un testimonio cercano a los hechos, como la correspondencia de Plinio, permite conocer el procedimiento provincial; una narración martirial como la de Ignacio expresa la memoria espiritual de la Iglesia; y una obra posterior como la de Eusebio organiza los acontecimientos dentro de una historia general de las persecuciones. Cada documento aporta una perspectiva distinta.

Evaluación histórica de la persecución

La persecución de Trajano no puede describirse correctamente como una exterminación general de los cristianos en todo el Imperio. La documentación presentada por la tradición cristiana habla de martirios y de hostilidades locales, pero también de la ausencia de una gran persecución uniforme. La situación general de los cristianos podía resultar relativamente estable en unas regiones y peligrosa en otras, dependiendo de las denuncias, de la actitud de la población y de la política del gobernador.1,5

Tampoco conviene reducirla a una simple tolerancia. El rescripto conservó una norma que permitía castigar con la muerte a quien confesara el cristianismo y rechazara sacrificar. La Iglesia permaneció, por tanto, en una posición jurídica precaria: no sufría una cacería oficial permanente, pero carecía de una protección legal que garantizara la libertad de culto.

La fórmula más exacta describe el reinado de Trajano como un periodo de persecución judicial y localizada, basado en denuncias particulares y en la prueba religiosa del sacrificio, no como una persecución sistemática semejante a las de Decio o Diocleciano.

Importancia para la historia de la Iglesia

La persecución de Trajano ocupa un lugar decisivo en la historia de las relaciones entre el cristianismo y el Imperio romano. El rescripto a Plinio fijó durante generaciones un marco práctico de actuación:

  • El cristianismo podía recibir castigo por su propia identidad religiosa.
  • Las autoridades no tenían que buscar activamente a sus miembros.
  • Las denuncias anónimas carecían de valor procesal.
  • La apostasía pública mediante el sacrificio podía evitar la condena.
  • La perseverancia en la confesión cristiana podía conducir al martirio.

Este marco explica tanto la continuidad de las comunidades cristianas como la aparición periódica de mártires en distintas provincias. La Iglesia no disfrutó de plena libertad, pero tampoco afrontó todavía una política imperial destinada a destruir de manera organizada sus comunidades, su clero y sus libros sagrados.

Conclusión

La persecución de Trajano fue una política de represión limitada, pero jurídicamente grave. El emperador rechazó la búsqueda sistemática de cristianos y las denuncias anónimas, aunque permitió castigar con la muerte a quienes fueran denunciados, reconocieran su fe y no ofrecieran sacrificio a los dioses. La represión afectó de manera especialmente documentada a Bitinia-Ponto y alcanzó también episodios vinculados con Antioquía, Roma y Jerusalén.1,6,5,2

La diferencia respecto de Decio y Diocleciano resulta fundamental: Trajano no organizó una investigación universal ni promulgó un programa general de destrucción de la Iglesia. Su rescripto instauró, sin embargo, una situación en la que la mera condición cristiana podía convertirse en causa de condena, incluso cuando los acusados no habían cometido delitos comunes. Por ello, la memoria de los mártires de este periodo ocupa un lugar propio en la historia de la fidelidad cristiana durante los primeros siglos.

Citas y referencias

  1. Trajano, Enciclopedia Católica, Trajano (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  2. Mártir, Enciclopedia Católica, Mártir (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18
  3. Trajano prohíbe que los cristianos sean perseguidos, Eusebio de Cesarea. Historia de la Iglesia (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 33, 3 (325). 2 3 4 5
  4. Trajano prohíbe que los cristianos sean perseguidos, Eusebio de Cesarea. Historia de la Iglesia (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 33, 4 (325). 2 3
  5. Trajano prohíbe que los cristianos sean perseguidos, Eusebio de Cesarea. Historia de la Iglesia (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 33, 2 (325). 2 3 4 5
  6. Capítulo II. Ignacio es condenado por Trajano, Ignacio de Antioquía. El martirio de Ignacio, Capítulo II. 2 3 4 5 6
Modificado el 11 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.26 • 93 visitas • Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónark:28736/3b3xqx044

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