El Imperio romano en la segunda mitad del siglo III
Valeriano llegó al poder en 253, cuando el Imperio atravesaba una profunda crisis política y militar. Las incursiones de pueblos fronterizos, las guerras civiles y la rápida sucesión de emperadores debilitaban la autoridad imperial. Valeriano pertenecía a una familia distinguida y había desempeñado diversos cargos antes de que el ejército lo proclamase emperador en Recia. Asociado al gobierno quedó su hijo Galieno, que ejerció como corregente.1
La política religiosa romana vinculaba la estabilidad del Estado con el culto público a los dioses tradicionales y al emperador. Las comunidades cristianas rechazaban los sacrificios oficiales porque reconocían un solo Dios y consideraban incompatible la participación cultual con la fe en Jesucristo. Esta negativa podía interpretarse como impiedad, desobediencia y amenaza contra la concordia religiosa del Imperio.
La persecución de Valeriano tuvo lugar pocos años después de la persecución de Decio, iniciada en 250. Decio había exigido que todos los habitantes del Imperio ofreciesen sacrificios y obtuviesen un certificado oficial de cumplimiento. Aquella política afectó a la totalidad de las comunidades cristianas y provocó apostasías, huidas, certificados fraudulentos y numerosos martirios.2
A diferencia de la iniciativa de Decio, la política de Valeriano concentró progresivamente la presión sobre la estructura dirigente de la Iglesia, sus lugares de reunión, sus cementerios y los cristianos socialmente más influyentes. La persecución no alcanzó siempre la misma intensidad en todas las provincias, pero tuvo especial repercusión en Roma, África, Hispania y algunas regiones orientales.1
Del favor inicial a la represión
La tradición histórica cristiana conserva el recuerdo de una primera etapa favorable a los cristianos. Eusebio de Cesarea transmite que, al comienzo del reinado de Valeriano, la casa imperial acogía a numerosos creyentes y presentaba el aspecto de una comunidad cristiana. El historiador califica la actitud inicial del emperador como benigna y amistosa hacia los dirigentes de la Iglesia.3
La orientación política cambió después. La presión de sectores vinculados al poder militar y a la administración imperial, junto con la necesidad de reforzar la unidad religiosa y política, condujo a medidas más severas. La tradición recogida por la Historia eclesiástica relaciona este giro con la influencia de Fulvio Macriano, general que buscaba aprovechar las dificultades internas del Imperio.1





