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La persecución de Valeriano

La persecución de Valeriano fue una campaña imperial contra la Iglesia durante los años 257-260, bajo el reinado de Publio Licinio Valeriano y su hijo Publio Licinio Egnacio Galieno. El poder romano dirigió primero sus medidas contra el culto público, las reuniones y los cementerios cristianos; después ordenó la ejecución de obispos, presbíteros y diáconos, junto con la confiscación de bienes de cristianos pertenecientes a los órdenes senatoriales y ecuestres. Entre sus víctimas figuraron el papa Sixto II, san Lorenzo, san Cipriano de Cartago y el obispo Fructuoso de Tarragona. La captura de Valeriano por los persas en 260 puso fin a la persecución, y Galieno revocó las disposiciones represivas.1

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Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreLa persecución de Valeriano
CategoríaEvento
DescripciónCampaña imperial contra la Iglesia bajo Valeriano y Galieno (257-260)
Contexto HistóricoImperio romano en crisis del siglo III; conflictos militares y políticos, con presión para reforzar la unidad religiosa mediante la represión cristiana.
Contexto PolíticoEmperadores Valeriano y su hijo Galieno intentaron mantener el orden estatal prohibiendo cultos paganos y castigando a la élite cristiana.
Fecha de Inicio257
Fecha de Término260
Importancia EclesialConsolidó la doctrina del martirio y la caridad ante la persecución; reforzó la memoria de mártires como Sixto II, Lorenzo, Cipriano y Fructuoso.
Importancia HistóricaMarcó una escalada en la persecución, pasando de multas a la ejecución de obispos, y mostró la resiliencia de la comunidad cristiana.
Personas relacionadasPublio Licinio Valeriano y Publio Licinio Egnacio Galieno
TipoPersecución, Persecución religiosa
UbicaciónImperio romano

Tabla de contenido

Contexto histórico

El Imperio romano en la segunda mitad del siglo III

Valeriano llegó al poder en 253, cuando el Imperio atravesaba una profunda crisis política y militar. Las incursiones de pueblos fronterizos, las guerras civiles y la rápida sucesión de emperadores debilitaban la autoridad imperial. Valeriano pertenecía a una familia distinguida y había desempeñado diversos cargos antes de que el ejército lo proclamase emperador en Recia. Asociado al gobierno quedó su hijo Galieno, que ejerció como corregente.1

La política religiosa romana vinculaba la estabilidad del Estado con el culto público a los dioses tradicionales y al emperador. Las comunidades cristianas rechazaban los sacrificios oficiales porque reconocían un solo Dios y consideraban incompatible la participación cultual con la fe en Jesucristo. Esta negativa podía interpretarse como impiedad, desobediencia y amenaza contra la concordia religiosa del Imperio.

La persecución de Valeriano tuvo lugar pocos años después de la persecución de Decio, iniciada en 250. Decio había exigido que todos los habitantes del Imperio ofreciesen sacrificios y obtuviesen un certificado oficial de cumplimiento. Aquella política afectó a la totalidad de las comunidades cristianas y provocó apostasías, huidas, certificados fraudulentos y numerosos martirios.2

A diferencia de la iniciativa de Decio, la política de Valeriano concentró progresivamente la presión sobre la estructura dirigente de la Iglesia, sus lugares de reunión, sus cementerios y los cristianos socialmente más influyentes. La persecución no alcanzó siempre la misma intensidad en todas las provincias, pero tuvo especial repercusión en Roma, África, Hispania y algunas regiones orientales.1

Del favor inicial a la represión

La tradición histórica cristiana conserva el recuerdo de una primera etapa favorable a los cristianos. Eusebio de Cesarea transmite que, al comienzo del reinado de Valeriano, la casa imperial acogía a numerosos creyentes y presentaba el aspecto de una comunidad cristiana. El historiador califica la actitud inicial del emperador como benigna y amistosa hacia los dirigentes de la Iglesia.3

La orientación política cambió después. La presión de sectores vinculados al poder militar y a la administración imperial, junto con la necesidad de reforzar la unidad religiosa y política, condujo a medidas más severas. La tradición recogida por la Historia eclesiástica relaciona este giro con la influencia de Fulvio Macriano, general que buscaba aprovechar las dificultades internas del Imperio.1

El primer edicto: 257

Naturaleza jurídica de la disposición

En 257 Valeriano promulgó un rescripto imperial dirigido contra las actividades públicas de los cristianos. El rescripto constituía una respuesta oficial a una cuestión concreta y ordenaba a las autoridades aplicar determinadas medidas administrativas y judiciales.

La disposición prohibió las reuniones cristianas y el acceso a los lugares subterráneos de enterramiento. Además, ordenó que los miembros del clero -obispos, presbíteros y diáconos- marchasen al exilio. La pena principal para la jerarquía no consistía todavía, con carácter general, en la ejecución inmediata, sino en la expulsión de su lugar de residencia.1

La prohibición de acceder a los cementerios afectaba a una dimensión central de la vida eclesial. Las catacumbas no eran únicamente espacios funerarios: también servían para conservar la memoria de los difuntos, honrar a los mártires y, en circunstancias de clandestinidad, celebrar la liturgia. La medida pretendía impedir que los cristianos mantuvieran reuniones organizadas y que la comunidad reforzara su identidad alrededor de las tumbas de sus testigos.

Aplicación contra el clero

La autoridad imperial buscó desarticular la capacidad pastoral de la Iglesia. El exilio de los obispos impedía su presencia ordinaria en las comunidades y dificultaba la administración de los sacramentos, la enseñanza doctrinal y la coordinación entre las iglesias locales.

En África, el obispo Cipriano de Cartago compareció ante el procónsul Paterno el 30 de agosto de 257. Cipriano declaró públicamente que era cristiano y obispo, afirmó que adoraba a un solo Dios y manifestó que oraba por todos y por la seguridad del emperador. Las autoridades le ordenaron marchar al exilio en Curubis.4

El destierro no eliminó la acción episcopal. Cipriano continuó escribiendo, organizando la ayuda a los cristianos encarcelados y manteniendo la comunión con otras iglesias. En Numidia, varios obispos fueron enviados a trabajar en las minas, en condiciones de alimentación y vestido insuficientes. Cipriano procuró socorrerlos con sus propios recursos.4

El segundo edicto: 258

Radicalización de las penas

Las primeras medidas no alcanzaron el resultado esperado por la administración imperial. En 258 Valeriano promulgó un segundo edicto, mucho más severo, que ordenó la ejecución inmediata de obispos, presbíteros y diáconos que no aceptasen las exigencias religiosas oficiales.2

La disposición introdujo además un régimen penal diferenciado según la posición social y jurídica de los acusados:

  • Obispos, presbíteros y diáconos: pena de muerte.
  • Senadores y caballeros cristianos: confiscación de bienes y degradación de rango; la negativa persistente al sacrificio podía conducir a la ejecución.
  • Mujeres pertenecientes a familias de rango elevado: confiscación de bienes y destierro.
  • Funcionarios y esclavos de la casa imperial: confiscación, reducción de condición jurídica y trabajos forzados en propiedades imperiales.2

La legislación muestra que el objetivo no consistía únicamente en castigar actos individuales de culto. El poder imperial pretendía privar a la Iglesia de sus dirigentes, aislarla de sus lugares de reunión y quebrar la resistencia de los cristianos mediante sanciones económicas y sociales.

La confiscación patrimonial

La confiscación afectó a la relación entre la fe cristiana, la propiedad y la posición social. Para los miembros de las élites romanas, perder los bienes implicaba también perder prestigio, clientelas, capacidad de influencia y rango jurídico. La legislación podía transformar a personas pertenecientes a la aristocracia en individuos privados de sus derechos sociales.

Cipriano describió la riqueza como una posible atadura espiritual durante las persecuciones. Criticó el apego desordenado a los bienes porque podía dificultar la fidelidad cristiana y recordó la enseñanza evangélica sobre vender las posesiones, entregarlas a los pobres y seguir a Cristo.5

Esta enseñanza no convertía la pobreza material en condición absoluta para todos los cristianos, pero presentaba una exigencia espiritual concreta: ningún bien temporal podía ocupar el lugar de la fidelidad a Cristo. La persecución revelaba si la propiedad servía a la caridad o dominaba la conciencia.

Principales mártires

El papa Sixto II

En Roma, la aplicación del segundo edicto comenzó con la detención del papa Sixto II, cuyo pontificado tuvo lugar entre 257 y 258. El 6 de agosto de 258, los agentes imperiales lo encontraron en un cementerio cristiano y lo ejecutaron junto con cuatro diáconos.1

Los diáconos fueron Januario, Vicente, Magno y Esteban. Otros dos diáconos romanos, Felicísimo y Agapito, también sufrieron el martirio durante aquella represión. La tradición litúrgica de Roma conservó sus nombres y sus sepulturas en los cementerios de la vía Apia.6

El martirio de Sixto II manifestó la intención imperial de privar a la Iglesia de su cabeza visible en Roma. La comunidad romana, sin embargo, interpretó la muerte del papa no como una derrota definitiva, sino como un testimonio de la continuidad de la fe apostólica.

San Lorenzo

San Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma, murió el 10 de agosto de 258, cuatro días después del papa Sixto II. El calendario romano del siglo IV ya conmemoraba su martirio en esa fecha y situaba su sepultura en la vía Tiburtina.7

La tradición ambrosiana presenta a Lorenzo como responsable de los bienes de la Iglesia. Cuando las autoridades exigieron la entrega del tesoro eclesial, el diácono mostró a los pobres, a quienes la Iglesia había asistido. Este relato expresa una comprensión teológica de los bienes eclesiásticos: la riqueza de la Iglesia pertenece al culto y, de manera inseparable, al servicio de los necesitados.7

La tradición también describe su ejecución mediante el fuego sobre una parrilla. El testimonio de san Ambrosio y la veneración antigua de su tumba contribuyeron decisivamente a la difusión de su culto en Occidente.7

San Cipriano de Cartago

Cipriano recibió primero la orden de exiliarse en Curubis. Más tarde, el gobernador Galerio Máximo lo hizo regresar a Cartago. El obispo aguardó allí la sentencia definitiva y murió decapitado el 14 de septiembre de 258.2

Sus escritos muestran la conciencia de que el martirio exigía una confesión pública de Cristo, pero también una disciplina comunitaria capaz de afrontar la debilidad, la pobreza y el miedo. Cipriano no presentó la persecución como una simple confrontación política: la entendió como una prueba de la fidelidad cristiana y como una ocasión para ejercer la caridad hacia los encarcelados, exiliados y empobrecidos.

San Fructuoso de Tarragona

En Hispania, el obispo Fructuoso de Tarragona murió junto con sus diáconos Augurio y Eulogio el 21 de enero de 259. La persecución alcanzó así a una iglesia episcopal de la península Ibérica y confirma la extensión de las medidas imperiales fuera de Roma y África.1

El martirio de Fructuoso posee una relevancia particular para la historia del cristianismo hispano. El obispo afrontó la condena unido a sus ministros y conservó hasta el final su responsabilidad pastoral. Su memoria quedó vinculada a Tarragona, una de las sedes cristianas más antiguas de Hispania.

Teología del martirio en el siglo III

El mártir como testigo de Cristo

La palabra mártir procede del griego mártys, «testigo». En la conciencia de la Iglesia del siglo III, el mártir no era simplemente una víctima de la violencia estatal. Era el cristiano que confesaba públicamente a Jesucristo y permanecía unido a él incluso ante la amenaza de muerte.

Cipriano expresó esta convicción al exhortar a los cristianos a contemplar la muerte de los testigos como una entrada en la vida eterna. La tradición transmitida por sus cartas presenta a los mártires como soldados de Cristo que no quedan aniquilados, sino que reciben la corona por su confesión.6

La Iglesia distinguía entre la valentía cristiana y la búsqueda imprudente del peligro. El martirio auténtico procedía de la fidelidad a Cristo y no de la vanidad personal. Tertuliano reconocía también la existencia de situaciones en las que la huida podía proteger a los fieles más débiles, aunque insistía en que el miedo no debía negar la confesión cristiana.8

La pérdida de los bienes

La confiscación imperial planteó a la Iglesia un problema espiritual y comunitario. Muchos cristianos perdieron casas, tierras, dinero y posición social. La comunidad tuvo que sostener a los exiliados, rescatar cautivos, visitar a los presos y atender a las familias empobrecidas.

Cipriano interpretó la riqueza desde la lógica del Evangelio. Los bienes podían convertirse en cadenas cuando el cristiano los consideraba superiores a la fidelidad. Al mismo tiempo, su propia actuación demuestra que los recursos materiales podían servir a la caridad: utilizó su patrimonio para ayudar a los obispos condenados a trabajos mineros y a otros hermanos perseguidos.5

La persecución favoreció así una teología de la administración cristiana de los bienes. La propiedad no constituía un fin absoluto; debía ponerse al servicio de Dios, de los pobres y de la comunión eclesial. La confiscación podía arrebatar los bienes exteriores, pero no la libertad interior ni la caridad.

La persecución de la jerarquía

La ejecución de obispos, presbíteros y diáconos mostró que las autoridades comprendían la importancia de la organización eclesial. La jerarquía garantizaba la celebración de la Eucaristía, la transmisión de la doctrina, la disciplina penitencial y la unidad entre las iglesias.

La respuesta cristiana no redujo la Iglesia a sus ministros, pero reconoció la responsabilidad particular de quienes ejercían el episcopado y el servicio diaconal. El martirio de Sixto II y sus diáconos en Roma, de Cipriano en Cartago y de Fructuoso con sus ministros en Tarragona presentó al pueblo cristiano un modelo de fidelidad pastoral: el obispo no abandonaba a su comunidad, y el diácono permanecía unido al servicio de la Iglesia hasta la muerte.

La persecución también provocó una reflexión sobre los cristianos que habían cedido durante las pruebas anteriores. La Iglesia tuvo que conciliar la exigencia de la verdad con la posibilidad de la penitencia y la reconciliación. El martirio no anuló la misericordia, pero mostró que la reconciliación cristiana no podía confundirse con la justificación de la apostasía.

Fin de la persecución

Valeriano fue capturado por el rey persa Sapor I durante una campaña militar. Murió cautivo, y la crisis sucesoria debilitó la continuidad de la política represiva. La captura del emperador en 260 puso fin a la persecución iniciada tres años antes.2

Galieno, que sucedió a su padre, anuló las disposiciones hostiles al cristianismo y devolvió a los obispos los cementerios y lugares de reunión. La Iglesia recuperó así espacios esenciales para el culto, la sepultura y la organización comunitaria.2

La interrupción de la persecución no significó una transformación completa de la situación jurídica del cristianismo. La comunidad cristiana continuó expuesta a medidas locales y a cambios políticos, pero disfrutó de un periodo de relativa estabilidad hasta las persecuciones de Diocleciano.9

Significación histórica y eclesial

La persecución de Valeriano representa una fase decisiva en la evolución de la política romana hacia el cristianismo. El Imperio pasó de exigir actos públicos de sacrificio a atacar directamente la jerarquía, los lugares de culto y los recursos económicos de la Iglesia.

La campaña también puso de manifiesto la solidez de las comunidades cristianas. La ejecución de sus dirigentes no destruyó la comunión eclesial; el exilio no impidió la correspondencia pastoral; la confiscación no eliminó la caridad; y la prohibición de las reuniones no borró la memoria litúrgica de los mártires.

Para la Iglesia, los acontecimientos de 257-260 confirmaron una doctrina del martirio centrada en tres convicciones: Cristo permanece como Señor de la historia, la fidelidad cristiana vale más que la vida y los bienes temporales, y la caridad debe sostener a quienes sufren por la fe. La memoria de Sixto II, Lorenzo, Cipriano, Fructuoso y sus compañeros convirtió aquella persecución en una parte permanente de la tradición martirial de la Iglesia antigua.

Citas y referencias

  1. Valeriano. Enciclopedia Católica, Valeriano (1913). 2 3 4 5 6 7
  2. Mártir. Enciclopedia Católica, Mártir (1913). 2 3 4 5 6
  3. Valeriano y la persecución bajo él, Eusebio de Cesarea. Historia de la Iglesia (Eusebio de Cesarea), Libro VII. Capítulo X. 3 (325).
  4. San Cipriano de Cartago. Enciclopedia Católica, San Cipriano de Cartago (1913). 2
  5. Sobre los lapsos, Cipriano de Cartago. Los Tratados de Cipriano - Tratado III, 11 (251). 2
  6. Ss. Justo y Pastor, mártires (d.C. 304), Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Volumen III, 274 (1990). 2
  7. San Lorenzo. Enciclopedia Católica, San Lorenzo (1913). 2 3
  8. Quinto Septimio Florente Tertuliano (Tertuliano de Cartago). De fuga en persecución, 8.
  9. Á. D’Ors. Una nueva edición de la 'Historia de Roma': Bengston, 5 (1983).
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