Problemas del calendario juliano
El calendario juliano, introducido por Julio César en el 46 a. C., establecía el año en 365,25 días, añadiendo un día extra cada cuatro años. Sin embargo, esta medida era ligeramente excesiva, ya que el año solar real dura aproximadamente 365,2425 días. Esta discrepancia generaba un error de unos 11 minutos y 14 segundos por año, que se acumulaba progresivamente.1,4
Para el siglo XVI, el desfase había alcanzado diez días: el equinoccio de primavera, fijado por el Concilio de Nicea (325 d. C.) en el 21 de marzo para calcular la Pascua, se había desplazado al 11 de marzo. Esto afectaba directamente la liturgia católica, ya que la Pascua debe celebrarse el primer domingo después de la primera luna llena tras dicho equinoccio, evitando coincidencias con la Pascua judía.1,5
«La necesidad de una reforma era continually urged, especially by Church authorities, who felt the need in connexion with the ecclesiastical calendar.»1
Intentos medievales y renacentistas de reforma
Desde la Edad Media, astrónomos y eclesiásticos alertaron sobre el problema. En el siglo XIII se calculó con precisión el error juliano. Propuestas surgieron en los concilios de Constance, Basilea y Lateranense V (1511), pero la implementación práctica se resistía.1,2
Tras el Concilio de Trento (1545-1563), en su sesión final, se encomendó al papa la revisión del Breviario y el Misal, incluyendo el calendario perpetuo. Pío V publicó un breviario en 1568 con un calendario defectuoso, rápidamente descartado.2,6

