Definición
La satisfacción es la reparación que el penitente ofrece por el daño causado por el pecado y la aceptación de la purificación necesaria para restablecer el orden quebrantado. En el sacramento de la Penitencia suele expresarse mediante la penitencia impuesta por el confesor: oración, obras de misericordia, ayuno, restitución u otros actos apropiados.
La satisfacción no constituye un precio independiente de la redención ni compite con la cruz de Cristo. Cristo ofrece la satisfacción perfecta y sobreabundante por todos los pecados; las obras del cristiano reciben su valor de la unión con esa ofrenda de Cristo. El Catecismo del Concilio de Trento atribuye exclusivamente a Cristo la satisfacción plena por el pecado y entiende la satisfacción del penitente como una reparación realizada en dependencia de ella.
Justicia y reparación
La satisfacción posee una dimensión de justicia, porque el pecado ha lesionado el orden debido a Dios, al prójimo y a la propia persona. También posee una dimensión de reparación, porque procura restaurar, en la medida posible, aquello que el pecado ha deteriorado.
Por ejemplo, quien ha perjudicado injustamente a otra persona no puede reducir la conversión a un sentimiento interior. La justicia reclama, cuando resulta posible, restituir los bienes, reparar la reputación, pedir perdón y abandonar la conducta dañosa. La absolución perdona la culpa ante Dios, pero no convierte en lícito conservar voluntariamente el daño causado.
La satisfacción también tiene una dimensión medicinal. La penitencia combate los hábitos que facilitaron el pecado, fortalece la voluntad y educa los afectos. San Juan Pablo II explica que la pena temporal puede actuar como medicina cuando mueve al penitente hacia una conversión más profunda.
Satisfacción y castigo
La satisfacción incluye una dimensión penal, pero no equivale sin más a un castigo vengativo. El castigo puede entenderse como respuesta justa a una culpa; la satisfacción, en cambio, busca además reparar el daño y sanar al culpable.
Santo Tomás explica que la pena posterior al perdón cumple dos funciones: satisface una deuda y sirve de remedio. En el ámbito penitencial, el confesor debe considerar tanto la gravedad del pecado como la necesidad de corregir al penitente y proteger a la comunidad. Por esa razón, una penitencia más severa no siempre corresponde mecánicamente al pecado más grave.
La satisfacción penitencial no intenta conseguir el perdón mediante una obra humana separada de la misericordia. El pecador ya recibe el perdón por la gracia de Cristo; la satisfacción coopera con esa gracia para que la persona quede transformada y para que las consecuencias del pecado reciban una respuesta justa.