La Revolución Francesa surgió en un contexto de crisis económica, desigualdades sociales y tensiones políticas bajo el reinado de Luis XVI. La convocatoria de los Estados Generales en 1789 marcó su inicio formal. Estos Estados comprendían tres órdenes: nobleza, clero y Tercer Estado, este último con un número de miembros equivalente a los otros dos combinados.1
El clero, que representaba el primer estado, mostró una postura reformista. La regulación electoral de 1789 favoreció a los curas parroquiales, otorgándoles una mayoría en las asambleas locales. De los más de 300 representantes eclesiásticos en los Estados Generales, predominaban 208 curés frente a 44 prelados y 50 canónigos. El clero defendió con vigor la separación de poderes, la convocatoria periódica de los Estados, la supremacía en asuntos fiscales, la responsabilidad ministerial y las garantías de libertades individuales, anticipando reformas liberales.1
Sin embargo, el Tercer Estado exigió la verificación conjunta de poderes, buscando fusionar los órdenes en una sola asamblea nacional donde cada miembro tuviera voto individual. Esta maniobra, que ignoraba las distinciones tradicionales, generó tensiones iniciales con la Iglesia.1
