En la visión católica, el hombre es un ser unitario, compuesto de alma y cuerpo, donde los cinco sentidos actúan como puertas de entrada al mundo y a Dios. San Agustín explica que en la etapa inicial de la vida espiritual, el alma se rige por los sentidos del cuerpo —vista, oído, olfato, gusto y tacto—, similares a «cinco maridos» que la gobiernan legítimamente, pues son dones divinos para navegar la realidad temporal.1
Para cuando uno nace, antes de que pueda hacer uso de la mente y la razón, solo se rige por los sentidos de la carne. En un niño pequeño, el alma busca o rehúye lo que oye, ve, huele, saborea y percibe por el tacto.1
Esta dominación sensitiva es necesaria para la supervivencia, pero debe subordinarse a la razón iluminada por la sabiduría, evitando que los sentidos se conviertan en ídolos. La sanación de los sentidos implica su purificación, transformándolos de meros instrumentos carnales en vías de encuentro con lo divino. Santo Tomás de Aquino, citado en fuentes posteriores, enfatiza que todos los sentidos participan en la relación con Cristo: ver su gloria, oír su sabiduría, oler su mansedumbre, gustar su misericordia y tocar su carne.3
La teología sacramental refuerza esta idea, pues Dios utiliza signos sensibles para comunicar su gracia, como en los milagros de Jesús, donde el tacto y la saliva restauran la vista o el oído.4
