La secularización neopagana se distingue del simple laicismo por su dimensión espiritual perversa: no solo separa lo temporal de lo eterno, sino que sustituye a Dios por ídolos modernos. Según el Magisterio, implica una práctica ateísmo que vive como si Dios no existiera, fomentando un neo-paganismo donde el hombre se erige en centro absoluto.2,4
Entre sus rasgos esenciales destacan:
Indiferencia religiosa: Mayor que el ateísmo militante, permea culturas secularizadas, llevando a poblaciones enteras a distanciarse de la práctica religiosa sin negarla explícitamente.2
Idolatría material: Adoración de la técnica, el poder, el placer y el consumo, reminiscentes de los «poderes ambiguos» paganos.5
Relativismo moral: Laxismo en la sexualidad, aceptación de aborto y eutanasia, y rechazo de dogmas fundamentales como la resurrección.4
Nueva religiosidad subjetiva: Búsqueda de experiencias emotivas sin referencia a un Dios personal, similar al gnosticismo antiguo.2,5
Este fenómeno no es mera secularización legítima —autonomía del orden temporal—, sino secularismo, que hace superfluo a Dios en la explicación del mundo.4,6
