Los Evangelios de la infancia, particularmente el de san Lucas, sitúan a la Virgen María en el corazón del misterio navideño. Según el relato lucano, José y María viajan desde Nazaret hasta Belén para el censo ordenado por el emperador Augusto. Allí, ante la imposibilidad de hallar alojamiento, María da a luz a su hijo primogénito, lo envuelve en pañales y lo acuesta en un pesebre.4 Este nacimiento humilde, en un establo o cueva, resalta la pobreza y la simplicidad que rodean al Salvador, con María como figura principal que vela por el Niño.
Los pastores, alertados por el ángel que anuncia «No temáis, os anuncio una gran alegría… os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor», acuden presurosos y encuentran a María, José y al niño en el pesebre. El texto subraya que «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón», revelando su actitud contemplativa y orante, modelo para los fieles.4 Este detalle enfatiza su rol no solo físico, sino espiritual: María es la primera testigo y guardiana del misterio.
En el Evangelio de Mateo, aunque menos explícito sobre el parto, María aparece junto a José recibiendo a los Magos de Oriente, quienes adoran al niño y le ofrecen regalos. Su presencia une el anuncio a los pobres (pastores) con la adoración universal (magos), simbolizando la misión salvífica de Cristo.5
La humildad y el fiat de María en Belén
El viaje a Belén evoca el fiat del Annunciación: María, embarazada por obra del Espíritu Santo, acepta las incomodidades del camino y el rechazo del mundo. San Agustín armoniza los relatos evangélicos destacando cómo Dios elige la humildad de María para manifestar su poder.5 Esta escena no es mera anécdota histórica, sino teología en acción: la Theotokos (Madre de Dios) hace posible la Encarnación, uniendo lo divino y lo humano en su seno virginal.6

