Libertad religiosa
La libertad religiosa constituye el núcleo de la laicidad positiva. No comprende solamente la libertad interior de creer o no creer, sino también la facultad de vivir conforme a las propias convicciones y de manifestarlas legítimamente.
Entre sus dimensiones figuran:
- La libertad de adherirse a una religión o abandonarla.
- La libertad de practicar el culto en privado y en público.
- La disponibilidad de templos y lugares sagrados.
- La libertad de difundir la propia fe.
- El derecho de los padres a educar religiosamente a sus hijos.
- La creación de escuelas, asociaciones y obras de formación.
- La asistencia religiosa en hospitales, cárceles, cuarteles y otras instituciones.
- La libertad de no realizar actos contrarios a la propia conciencia.
- La prohibición de discriminación por motivos religiosos en el estudio, el trabajo, la vida profesional o la participación cívica.
La protección jurídica de la libertad religiosa debe abarcar tanto el ámbito privado como el público. Una libertad limitada al interior de la conciencia dejaría sin protección numerosas expresiones esenciales de la vida religiosa.
Distinción entre Iglesia y Estado
La laicidad positiva respeta la distinción entre la comunidad política y la Iglesia. Cada institución posee una misión propia y una esfera de competencia determinada.
La Iglesia no pretende asumir el gobierno civil ni sustituir a las autoridades políticas. A su vez, el Estado no debe dirigir la vida interna de la Iglesia ni decidir el contenido de su doctrina, culto, disciplina o misión espiritual.
Benedicto XVI vinculó esta distinción con la enseñanza evangélica sobre la entrega a César de lo que pertenece a César y a Dios de lo que pertenece a Dios. La separación de ámbitos protege la libertad religiosa y preserva la responsabilidad propia del Estado ante los ciudadanos.
Autonomía de la comunidad política
La autonomía de la comunidad política significa que las realidades temporales poseen leyes, métodos y responsabilidades propios. La Iglesia no ofrece una solución técnica para cada problema político ni elimina la legítima libertad de los católicos en asuntos contingentes.
La autonomía política, sin embargo, no equivale a independencia absoluta respecto de la verdad moral. La doctrina católica sostiene que la acción pública debe respetar la dignidad de la persona humana, el bien común y las exigencias de la justicia. La autonomía legítima no puede convertirse en una pretensión de construir la vida social al margen de toda verdad sobre el ser humano.
Participación de las religiones en la vida pública
Las confesiones religiosas pueden participar en el debate social mediante argumentos, iniciativas y obras abiertas a todos. La presencia pública de la religión no implica la imposición de una fe por la fuerza ni la confusión entre autoridad religiosa y poder político.
Las comunidades creyentes contribuyen a la sociedad mediante:
- La educación.
- La asistencia a enfermos y necesitados.
- La defensa de la dignidad humana.
- La promoción de la paz y la solidaridad.
- La formación moral.
- La cultura.
- La atención a personas vulnerables.
- La creación de asociaciones y proyectos sociales.
La Comisión Teológica Internacional considera que las asociaciones intermedias y las iniciativas públicas de los creyentes forman parte de su responsabilidad social. Las diferencias culturales y religiosas no deben ignorarse, sino respetarse como elementos capaces de enriquecer la vida pública.
Cooperación entre Iglesia y Estado
La distinción institucional no impide la colaboración. Iglesia y Estado pueden cooperar cuando persiguen objetivos compatibles con el bien común, como la atención social, la protección de la infancia, la asistencia sanitaria, la educación, la defensa de la paz o la ayuda a los más necesitados.
La cooperación no debe convertirse en subordinación de la Iglesia al poder político ni en utilización partidista de la religión. Requiere respeto recíproco, transparencia y reconocimiento de la libertad propia de cada institución.
El diálogo institucional constituye una expresión concreta de esta cooperación. Benedicto XVI presentó el diálogo entre las autoridades francesas y la Iglesia como un instrumento capaz de superar antiguas sospechas y favorecer una relación más serena y positiva.