La tradición, tanto en la Septuaginta como en el Tárgum y el Talmud, atribuye el Libro de las Lamentaciones al profeta Jeremías1. Esta atribución se basa en la idea de que Jeremías, más que ningún otro, estaba llamado a lamentar la ciudad en ruinas, como lo había hecho previamente por la muerte del rey Josías (2 Crónicas 35:25) y en sus propias profecías1. La inscripción en la Septuaginta que precede al libro dice: «Y sucedió que, después de que Israel fue llevado al cautiverio, y Jerusalén quedó desolada, Jeremías el profeta se sentó a llorar, y lamentó con esta lamentación sobre Jerusalén, y con una mente afligida, suspirando y gimiendo, dijo»1. Aunque esta inscripción no es parte del texto original, refleja una antigua tradición1.
Las descripciones vívidas del sufrimiento en Lamentaciones 1:13-15 y 4:10 sugieren un testigo ocular de la catástrofe1. El tono elegíaco, las quejas contra los falsos profetas, la búsqueda de favor en naciones extranjeras, las similitudes verbales con el Libro de Jeremías, y la tendencia a concluir pensamientos con una oración sincera, refuerzan la conexión con el profeta1. Para Jeremías, la caída de Jerusalén no fue solo una desgracia nacional, sino una aniquilación religiosa, ya que la ciudad era el «escabel de Yahvé» y el lugar de la revelación de Dios1. Su dolor era personal, pues había trabajado para evitar el desastre1.
Algunos críticos modernos han cuestionado la autoría completa de Jeremías, señalando variaciones en las formas de las palabras y la construcción de las oraciones en comparación con su libro de profecías1. Sin embargo, esto puede explicarse como una peculiaridad poética del libro1. La inclusión de Lamentaciones entre los Ketuvim (Hagiographa) en la Biblia hebrea, en lugar de los libros proféticos, no es un argumento decisivo contra su origen jeremiano, dado que la Septuaginta, una autoridad importante, a menudo corrige las decisiones de la Masora en otros casos1.
El profeta Jeremías es también conocido por sus confesiones o lamentos dentro de su propio libro profético, donde expresa su angustia personal y su papel como intercesor2,3. Estos lamentos proféticos no solo protestan contra el mal y el sufrimiento, sino que también dan testimonio de la compasión y justicia de Dios, y se niegan a separar la misericordia de la justicia divina2. La fe de Jeremías en el cuidado de Dios por su pueblo lo impulsó a una gran vehemencia en su intercesión2.

