Las persecuciones romanas contra los cristianos, motivadas por el rechazo al culto imperial y la idolatría, crearon un ambiente de prueba constante para la fe. Los lapsi emergieron como un desafío particular en periodos de edictos generalizados que obligaban a todos los ciudadanos a demostrar lealtad al emperador mediante actos de adoración pagana. La Iglesia, aún en formación, debía discernir entre la compasión por los débiles y la exigencia de fidelidad, lo que llevó a debates teológicos y disciplinares profundos.
La persecución de Decio (250-251)
La persecución decretada por el emperador Decio en el año 250 marcó el primer intento sistemático de erradicar el cristianismo mediante un edicto universal. Este obligaba a todos los habitantes del Imperio a realizar sacrificios a los dioses romanos y obtener un certificado (libellus) de cumplimiento, bajo pena de severos castigos. El objetivo no era tanto el martirio masivo como la apostasía colectiva, para debilitar la cohesión de la Iglesia.
En Roma y África, miles de cristianos cedieron: obispos, clérigos y laicos acudieron en masa a los templos paganos. San Cipriano de Cartago, en su tratado De lapsis, describe cómo muchos, infectados por un espíritu mundano tras años de paz relativa, se apresuraron a apostatar sin siquiera ser arrestados. «Muchos fueron vencidos antes de la batalla, prostrados antes del ataque», escribe Cipriano, lamentando que no esperaran a ser interrogados para negar la fe. En Cartago, el obispo documenta casos de sacrificati (quienes ofrecieron sacrificios), thurificati (quienes quemaron incienso ante ídolos) y libellatici (quienes obtuvieron certificados falsos mediante sobornos).,
Esta crisis provocó un cisma en Roma, liderado por Novaciano, quien se oponía a la readmisión de los lapsi, argumentando que la apostasía equivalía a un pecado irremisible. Cipriano, desde el exilio, abogó por una penitencia pública y prolongada antes de la reconciliación, equilibrando justicia y misericordia.
La persecución de Diocleciano (303-311)
La Gran Persecución de Diocleciano intensificó el problema de los lapsi, con edictos que exigían no solo sacrificios, sino también la entrega de libros sagrados. Surgió entonces la categoría de traditores, cristianos (a menudo clérigos) que entregaban las Escrituras a las autoridades para evitar el castigo. Algunos lo hacían realmente, mientras otros sustituían textos profanos, pero todos eran considerados lapsi.
En África, esto originó el cisma donatista, centrado en la validez de los sacramentos administrados por traditores. En Roma, los lapsi, liderados por figuras como Heraclio, intentaron forzar su readmisión sin penitencia, lo que llevó al exilio de los papas Marcelo y Eusebio por orden de Majencio. Obispos como Pedro de Alejandría regulaban la disciplina, permitiendo la reconciliación en casos de verdadera contrición, especialmente ante la inminente muerte.