La enumeración tradicional de la Corona franciscana comprende las siguientes:
- La Anunciación del ángel Gabriel.
- La Visitación de María a santa Isabel.
- El nacimiento de Jesucristo.
- La adoración de los Magos.
- El encuentro del Niño Jesús en el templo.
- La resurrección de Jesucristo.
- La Asunción de María al cielo y su coronación como Reina.
La lista no coincide exactamente con la de los cinco misterios gozosos del rosario romano. La Corona franciscana conserva cinco acontecimientos relacionados con la encarnación y la infancia de Jesús, pero añade dos misterios de la glorificación de Cristo y de María.
Primera alegría: la Anunciación
La primera alegría contempla el anuncio del ángel Gabriel a María y su aceptación de la voluntad divina. El saludo angélico inaugura la alegría mesiánica y sitúa a la Virgen en el centro del cumplimiento de las promesas de Dios.
María no recibe la maternidad divina como una imposición. Su respuesta expresa una obediencia libre y confiada. El fiat-«hágase en mí según tu palabra»- manifiesta su consentimiento a la encarnación del Hijo de Dios y su disponibilidad para colaborar con el plan salvador.
La Anunciación revela también que la alegría cristiana tiene su raíz en Cristo. María no se alegra simplemente por un privilegio personal, sino porque Dios visita a su pueblo y comienza a cumplirse la salvación prometida. La tradición del rosario considera este misterio como la fuente inicial de la alegría que recorre toda la vida de Jesús y de su Madre.,
Segunda alegría: la Visitación
La segunda alegría recuerda la visita de María a su pariente Isabel. La Virgen lleva en su seno a Jesús y acude con prontitud para prestar ayuda. El episodio une la caridad concreta, la presencia de Cristo y la alabanza.
La criatura que Isabel lleva en su seno, Juan el Bautista, salta de alegría al percibir la presencia del Señor. Isabel proclama bienaventurada a María por haber creído, y María responde con el Magníficat, cántico de alabanza a Dios por sus maravillas y por su misericordia.
La Visitación enseña que la alegría recibida de Dios tiende a comunicarse. María no se encierra en la contemplación de su privilegio, sino que se pone al servicio de otra persona. La liturgia contempla precisamente a la Virgen llevando a su Hijo y visitando a Isabel para ofrecerle ayuda caritativa y proclamar la misericordia divina.,
Tercera alegría: el nacimiento de Jesús
La tercera alegría contempla el nacimiento de Jesucristo en Belén. El Hijo eterno del Padre entra en la historia humana y nace de María. La pobreza del lugar contrasta con la dignidad del Niño, que es el Salvador y el Mesías.
Los ángeles anuncian a los pastores una gran alegría destinada a todo el pueblo. La alegría de la Navidad no pertenece únicamente a María, a José o a los pastores: alcanza a toda la humanidad porque el nacimiento de Cristo inaugura la presencia visible de Dios entre los hombres.
María contempla y guarda estos acontecimientos en su corazón. Su alegría permanece unida a la pobreza, al silencio y a la fe. El misterio de Belén enseña que Dios puede manifestar su gloria en condiciones humildes y que la verdadera grandeza cristiana nace de la acogida del Señor.,
Cuarta alegría: la adoración de los Magos
La cuarta alegría recuerda la llegada de los Magos de Oriente, que reconocen en el Niño al Rey y Salvador. Su peregrinación manifiesta el alcance universal de la encarnación: Cristo no viene únicamente para un pueblo, sino para todos los pueblos.
Los Magos ofrecen oro, incienso y mirra. Estos dones expresan la dignidad real de Jesús, su divinidad y el destino pascual de su misión. La alegría de María contempla así la fe de quienes, procedentes de tierras lejanas, buscan al Salvador y lo adoran.
Este misterio invita a reconocer que la Iglesia está llamada a conducir a todos los pueblos hacia Cristo. María aparece como la Madre que presenta al Salvador y recibe, en la humildad de Belén, a quienes llegan desde lejos para rendirle homenaje.
Quinta alegría: el encuentro de Jesús en el templo
La quinta alegría contempla a María y José encontrando a Jesús en el templo de Jerusalén después de haberlo buscado con angustia. El Niño tiene doce años y dialoga con los maestros, que admiran su sabiduría.
El episodio contiene alegría y drama. María experimenta la angustia de la pérdida y la dicha del reencuentro, pero también descubre que Jesús pertenece ante todo a la misión recibida del Padre. La respuesta del Señor -la necesidad de ocuparse de las cosas de su Padre- anuncia la primacía absoluta de la voluntad divina.
El misterio recuerda que la fe no elimina todas las preguntas. María y José no comprenden plenamente las palabras de Jesús, pero permanecen vinculados a él. La alegría cristiana puede coexistir con la búsqueda, la incertidumbre y la entrega confiada.
Sexta alegría: la resurrección de Jesucristo
La sexta alegría contempla la resurrección de Jesús. La victoria de Cristo sobre la muerte lleva a plenitud la esperanza anunciada en los misterios anteriores. La alegría mariana alcanza aquí una dimensión pascual: el Hijo que María recibió en la Anunciación y dio a luz en Belén vive glorioso.
La resurrección no constituye únicamente el desenlace feliz de una historia dolorosa. Es el centro de la fe cristiana y la manifestación definitiva de que el pecado y la muerte no poseen la última palabra. La contemplación franciscana relaciona la alegría de María con la gloria del Hijo resucitado y con la esperanza de la Iglesia.
El gozo pascual también transforma el sufrimiento. La tradición cristiana no presenta a María como ajena al drama de la pasión. La alegría de la resurrección aparece después de la cruz y manifiesta que el amor fiel de Dios conduce a la vida nueva.
Séptima alegría: la Asunción y la coronación de María
La séptima alegría contempla la Asunción de María al cielo y su coronación como Reina. La devoción une dos aspectos de la glorificación de la Virgen: su entrada plena en la vida celestial y su participación, como Madre, en la realeza de Cristo.
La Asunción expresa la esperanza cristiana en la glorificación final de la persona humana. María aparece como signo de la meta hacia la que camina la Iglesia: la comunión plena con Dios y la transformación de toda la persona en la gloria.
La coronación no coloca a María al margen de Cristo ni por encima de él. Su dignidad procede de su relación única con el Hijo y de su cooperación humilde con la obra de la salvación. La tradición litúrgica contempla a María junto al Rey de los siglos, como Reina que intercede y como Madre que acompaña al pueblo cristiano.