La tradición católica enumera siete declaraciones específicas de Jesús, ordenadas cronológicamente según la secuencia de los eventos narrados en los Evangelios. Cada una se analiza a continuación, con su texto original en arameo, latín o griego traducido al español, y su contexto inmediato. Estas palabras no solo narran el sufrimiento físico y moral de Cristo, sino que también ofrecen lecciones eternas para la vida cristiana.
Primera palabra: El perdón a los enemigos
La primera expresión de Jesús desde la Cruz es: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Pronunciada al inicio de la crucifixión, mientras los soldados lo clavan en la madera y la multitud se burla, esta palabra encarna el mandato evangélico del amor a los enemigos (Mt 5,44). Jesús intercede por sus verdugos, revelando su divinidad en medio del dolor: no maldice, sino que ora por la conversión de los pecadores.
En el Catecismo de Baltimore, se interpreta como un acto de perdón supremo que enseña a los fieles a imitar a Cristo en la misericordia, incluso ante la injusticia. Santo Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, la presenta como modelo de oración por los crucificadores, invitando a la contemplación de la humildad de Jesús.
Segunda palabra: La promesa al buen ladrón
Hacia el mediodía, Jesús responde al ladrón arrepentido crucificado a su lado: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Esta declaración resalta la eficacia inmediata de la conversión y la misericordia divina, que no depende de méritos humanos sino de la fe en el Salvador.
Tomás de Kempis, en sus Pensamientos sobre la Semana Santa, ve en esta palabra una invitación a no desesperar por los pecados pasados, sino a confiar en la promesa de la vida eterna. El Catecismo de la Iglesia Católica la incluye entre las oraciones que manifiestan la profundidad filial de Jesús, extendiendo la salvación a todos los que se vuelven a Él en el último instante.
Tercera palabra: La entrega de María y Juan
Mirando a su Madre y al discípulo amado, Jesús dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»… «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Este momento, único en el Evangelio de Juan, instituye a María como Madre espiritual de la humanidad y a la Iglesia como familia de los redimidos.
Papa Juan Pablo II, en su meditación sobre el Vía Crucis, describe esta herencia como el legado de Cristo a la Iglesia, donde el amor materno de María abraza a todos los que sufren. En la tradición, se medita como un llamado a la devoción mariana, especialmente en la piedad popular hispana, donde se invoca a la Virgen de los Dolores.
Cuarta palabra: El grito de abandono
Alrededor de las tres de la tarde, Jesús clama: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Mc 15,34), citando el Salmo 22,1. No es un lamento de desesperación, sino una oración profética que expresa el peso del pecado humano asumido por el Hijo de Dios, en unión perfecta con el Padre.
El Catecismo de la Iglesia Católica explica que estas palabras revelan la intimidad trinitaria en el sufrimiento, mostrando cómo Cristo carga con el abandono del pecador para reconciliarlo con Dios. Juan Pablo II, en su audiencia general de 1979, las vincula con la agonía de Getsemaní, destacando la solidaridad de Cristo con todo ser humano en el dolor.
Quinta palabra: La sed de Jesús
Juan relata: «Tengo sed» (Jn 19,28), una expresión que alude tanto al tormento físico de la deshidratación como a la sed espiritual por la salvación de las almas. Los soldados le ofrecen vinagre, cumpliendo la profecía del Salmo 69,22.
En las reflexiones de Tomás de Kempis, esta palabra invita a los fieles a tener una «sed ardiente» por Dios, el manantial de agua viva, y a apartarse de los placeres terrenales. Papa Juan Pablo II la presenta como un eco del sufrimiento corporal de Cristo, que culmina en la ofrenda total.
Sexta palabra: El cumplimiento de la misión
Jesús proclama: «Todo está cumplido» (Jn 19,30), indicando la consumación de las profecías mesiánicas y la redención del mundo. Es un grito de victoria, no de derrota, que sella el Nuevo Testamento.
El Catecismo de Baltimore lo interpreta como la realización de todas las promesas divinas y el fin de la obra de salvación. En la homilía del Crismal de 1991, Juan Pablo II lo une a la Pascua, como la última palabra de la Buena Nueva que libera al hombre del pecado.
Séptima palabra: La entrega al Padre
Finalmente, Jesús exclama: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46), citando el Salmo 31,6, y expira. Esta oración de confianza absoluta manifiesta su obediencia filial hasta el fin.
Ignacio de Loyola la medita como ejemplo de resignación a la voluntad divina. Papa Pablo VI, en su mensaje durante el Vía Crucis de 1971, la extiende como eco para los fieles hispanohablantes, invitándolos a seguir a Cristo en el camino de la Cruz hacia la Resurrección.