En griego clásico, latreia (latría) significaba originariamente el estado o condición de un servidor asalariado; de ahí pasó a emplearse, en general, para hablar del servicio.1
En el uso filosófico y literario antiguo, el término se aplicaba de manera especial al servicio divino. En la literatura cristiana, con el tiempo, la palabra adquirió un sentido técnico: la designación del honor supremo debido a Dios—y, en cierta formulación histórica, también a los ángeles y a los santos—, aunque en la teología católica se consolida la distinción entre el culto supremo a Dios y las veneraciones debidas a las criaturas.1
La distinción terminológica, tal como se expresa en la tradición patrística, se atribuye especialmente a san Agustín, quien conecta latría con «servitus» referida a la adoración de Dios.1
