El término laxismo designa una tendencia a interpretar con excesiva indulgencia las obligaciones morales, hasta el punto de debilitar la exigencia de la ley o de justificar una conducta sin fundamento suficientemente sólido. En la teología moral de la época, el problema se relacionó especialmente con la pregunta de cómo debía actuar una persona cuando encontraba opiniones teológicas contrapuestas sobre si una acción era lícita.
Los laxistas sostenían, en su forma característica, que podía seguirse una opinión favorable a la libertad aunque tuviera una probabilidad escasa. Esa postura no debe confundirse con el probabilismo, que admitía seguir una opinión verdaderamente probable en favor de la libertad, aun cuando la opinión contraria pareciera más probable. El laxismo rebajaba indebidamente el criterio de probabilidad; el probabilismo, en cambio, constituía un sistema moral defendido por teólogos católicos y no quedó condenado en bloque.1
Tampoco debe identificarse el laxismo con la misericordia pastoral ni con la consideración prudente de las circunstancias. Su rasgo distintivo no era tratar con compasión a quien obraba mal, sino utilizar una opinión insuficientemente fundada para presentar como lícita una conducta dudosa. San Alfonso censuró opiniones que juzgaba laxas, aunque rechazó también las posiciones rigoristas que imponían cargas excesivas a la conciencia.2,3



