Aunque la lealtad a las instituciones civiles es un deber, la doctrina católica establece claramente una jerarquía de lealtades, donde la fidelidad a Dios y a la Iglesia ocupa el lugar preeminente,.
Lealtad a Dios como Fundamento de Toda Justicia
Santo Tomás de Aquino explica que la religión es la parte principal de la justicia, ya que el Decálogo comienza con el precepto más fundamental: dirigir al hombre a Dios, quien es el fin último de la voluntad humana. Sin una relación justa con Dios, ninguna verdadera justicia es posible. La fidelidad a Dios consiste en no dar honor soberano a ningún otro. La idolatría, que es el pecado más contrario a Dios, impide la perfección moral al poner el fin de uno en un objeto creado en lugar de volverse justamente a Dios.
El deber fundamental del ser humano es orientar su persona y su vida hacia Dios, reconociendo Su majestad y autoridad supremas, aceptando las verdades reveladas divinamente y obedeciendo escrupulosamente la ley divina. Esto se logra practicando la virtud de la religión.
La virtud de la religión es suprema entre las virtudes morales porque sus acciones están directa e inmediatamente ordenadas al honor de Dios, a diferencia de otras virtudes que se ordenan a bienes más próximos. Esta virtud no solo tiene sus propios actos propios y directos, como la oración, la devoción, la adoración y el sacrificio, sino que también puede mandar los actos de otras virtudes morales, dirigiéndolos al honor de Dios. Así, todo acto de virtud puede pertenecer a la religión por vía de mandato, en la medida en que se dirige a la reverencia de Dios.
La obediencia a Dios es un acto central de la lealtad, por el cual el hombre sacrifica su propia voluntad a Dios, entregándole todo lo que tiene y hace. Esta obediencia conforma la voluntad humana a la voluntad de Dios, lo que la hace justa y la perfecciona. La obediencia a la ley divina busca establecer al hombre en amistad con Dios.
Lealtad a la Iglesia y al Magisterio
La Iglesia Católica se presenta como la única Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica, subsistiendo en la Iglesia Católica gobernada por el Sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él,. Es el lugar donde la humanidad debe redescubrir su unidad y salvación.
Los fieles tienen el deber de observar las constituciones y decretos transmitidos por la autoridad legítima de la Iglesia. Incluso si conciernen a asuntos disciplinarios, estas determinaciones requieren docilidad en la caridad. Un verdadero espíritu filial hacia la Iglesia se desarrolla entre los cristianos, siendo el florecimiento normal de la gracia bautismal que los ha engendrado en el seno de la Iglesia y los ha hecho miembros del Cuerpo de Cristo.
En situaciones donde el Estado parece exigir una cosa y la religión otra, y obedecer a ambos es imposible, la lealtad a Dios y a la Iglesia debe prevalecer. Es un grave crimen retirar la lealtad a Dios para complacer a los hombres, y un acto de suma maldad quebrantar las leyes de Jesucristo para obedecer a los gobernantes terrenales, o ignorar los derechos de la Iglesia bajo pretexto de cumplir la ley civil. La respuesta debe ser siempre: «Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres».
Los católicos deben estar dispuestos a sufrir todo, incluso la muerte, antes que abandonar la causa de Dios o de la Iglesia. Esto se ha manifestado históricamente en la resistencia a regímenes que buscan socavar la fe, donde la infidelidad a Cristo Rey se presenta como un acto meritorio de lealtad al Estado. En tales casos, la única alternativa es el heroísmo.
Conflicto de Lealtades
Puede surgir un conflicto cuando las exigencias del Estado chocan con las de la fe. Esto ocurre cuando los gobernantes civiles desprecian el poder sagrado de la Iglesia o intentan someterlo a su propia voluntad. En estas circunstancias, la virtud se pone a prueba, y el cristiano debe ser un testigo firme del principio de que todo debe estar sujeto a la soberanía de Dios. Cualquier cosa que vaya en contra de Su ley no puede ser vinculante.
Los católicos deben ser tan fieles en su lealtad y respeto a los «gobernantes malvados» cuando sus mandatos son justos, como firmes en resistir sus mandatos cuando son injustos. Deben mantenerse alejados tanto de la rebelión impía de quienes abogan por la sedición como de la sumisión de quienes aceptan como sagradas las leyes obviamente perversas de hombres malvados.