Antecedentes antiguos
Durante los primeros siglos, las comunidades cristianas proclamaban lecturas de la Escritura en el contexto de la celebración eucarística, pero todavía no existía un leccionario romano completo en el sentido moderno. Los textos podían encontrarse dentro de los propios libros bíblicos, acompañados por indicaciones que señalaban cuándo debía comenzar y terminar cada lectura.
Con el desarrollo de la liturgia apareció la necesidad de organizar de forma más práctica los pasajes destinados a la proclamación. La tradición romana conoció diversos sistemas que coexistieron durante siglos. Los testimonios más antiguos de una ordenación sistemática de las lecturas romanas corresponden a capitularios de los siglos VII y VIII.
Los capitularios
El primer estadio consistió en reunir las indicaciones marginales de la Biblia en listas independientes. Estas listas señalaban cada pasaje mediante sus palabras iniciales y finales, antes de que la división bíblica en capítulos y versículos facilitara la localización de los textos.
Existían dos clases principales:
- El capitulare lectionum, que contenía las lecturas distintas del Evangelio.
- El capitulare evangeliorum, dedicado a los pasajes evangélicos.
Este procedimiento resultaba práctico porque permitía localizar una lectura sin copiarla íntegramente. Sin embargo, exigía utilizar simultáneamente el capitulario y el libro bíblico correspondiente.
El epistolario y el evangeliario
Más adelante aparecieron libros que reproducían íntegramente los textos destinados a la liturgia. Las lecturas no evangélicas formaron el epistolario, también llamado apostolario, mientras que las lecturas evangélicas dieron lugar al evangeliario.
Ambas colecciones tuvieron inicialmente un desarrollo separado. El epistolario reunía lecturas tomadas del Antiguo Testamento, de las cartas apostólicas y de otros escritos del Nuevo Testamento. El evangeliario contenía las perícopas de los cuatro Evangelios.
Con el tiempo, algunos libros reunieron ambos tipos de lecturas. El comes o liber comitis podía contener las lecturas apostólicas y, en ciertos casos, también las evangélicas.
El evangeliario recibió con frecuencia un tratamiento artístico especialmente solemne. Sus manuscritos podían presentar ornamentación abundante, encuadernaciones preciosas y un lugar destacado dentro de la celebración. El libro de las lecturas no evangélicas, aunque litúrgicamente necesario, no alcanzó siempre el mismo grado de ornamentación.
El leccionario medieval
La evolución del calendario litúrgico modificó progresivamente la organización de las lecturas. El crecimiento del ciclo temporal y del santoral, junto con la incorporación de nuevas fiestas, hizo que los libros litúrgicos tuvieran que adaptarse continuamente.
El sistema medieval combinaba lecturas bíblicas, homilías patrísticas y narraciones de santos. En el Oficio divino, los homiliarios reunían textos de los Padres de la Iglesia, mientras que las colecciones hagiográficas proporcionaban relatos sobre la vida, el martirio y los milagros de los santos. La palabra legendario designaba particularmente estas colecciones narrativas.
La tradición medieval también desarrolló la scriptura occurrens, es decir, la lectura continuada de determinados libros bíblicos a lo largo de una parte del año litúrgico. Este principio coexistía con interrupciones motivadas por los tiempos fuertes, las fiestas y las celebraciones propias.