El ministerio del lector tiene una larga y venerable historia en la Iglesia Católica, con sus orígenes que se remontan a los primeros siglos del cristianismo1. La práctica de la lectura pública de los Libros Sagrados en la iglesia continuó la tradición judía1.
El Lector en la Iglesia Primitiva
Las primeras menciones de un lector cristiano se encuentran en los escritos de Justino Mártir alrededor del año 165 d.C. y en la homilía «II Clemente a los Corintios»1. En aquel entonces, la posición del lector era honorable y digna, exigiendo un nivel de educación superior al de muchos otros oficios eclesiásticos1. En los primeros siglos, el lector leía todas las lecciones litúrgicas, incluyendo la Epístola y el Evangelio1. La institución de los lectores se realizaba mediante oraciones y ceremonias, lo que reflejaba la creencia de que cada persona que desempeñaba un oficio para la Iglesia debía recibir una bendición y dedicación especiales1.
El Lectorado como Orden Menor
Con el tiempo, el lectorado se estableció como la segunda de las cuatro órdenes menores en la Iglesia Latina (ostiario, lector, exorcista, acólito)1. Sin embargo, su importancia disminuyó gradualmente a medida que el diácono asumió la lectura del Evangelio y el subdiácono la de la Epístola1. En las Iglesias Orientales, aunque se esperaba que un lector leyera estas lecciones, su oficio, como todas las órdenes menores, podía ser suplido por un laico1. El lectorado, en este contexto, se convirtió en un paso preparatorio para las órdenes mayores, más que en un ministerio con funciones litúrgicas significativas propias1,2.
Reformas del Concilio Vaticano II y Ministeria Quaedam
Tras el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI, mediante el Motu Proprio Ministeria Quaedam (1972), revisó las prácticas relativas a los ministerios no ordenados en la Iglesia Latina. Este documento suprimió la tonsura y el subdiaconado, manteniendo el lectorado y el acolitado, pero ya no como órdenes menores, sino como ministerios instituidos3,4. Originalmente, estos ministerios estaban reservados exclusivamente a hombres2,4. Sin embargo, Ministeria Quaedam les otorgó autonomía y estabilidad, permitiendo que fueran conferidos a fieles laicos4.
Apertura a las Mujeres en el Ministerio Instituido
En 2021, el Papa Francisco, con la carta apostólica Spiritus Domini, modificó el canon 230 § 1 del Código de Derecho Canónico, abriendo los ministerios instituidos de lector y acólito también a las mujeres2,5. Esta decisión se basó en la reflexión de que la reserva a los hombres no pertenecía a la naturaleza propia de estos ministerios y que su apertura a ambos sexos manifestaría mejor la dignidad bautismal común de todos los miembros del Pueblo de Dios2. Se reconoció así la valiosa contribución que muchas laicas ya ofrecían a la vida y misión de la Iglesia2.
