La interpretación de la tradición
El núcleo de la controversia no consistió únicamente en una preferencia estética o ceremonial por la liturgia anterior a la reforma. La cuestión afectó a la comprensión de la Tradición y de la autoridad del magisterio de la Iglesia.
La Santa Sede consideró insuficiente una concepción de la tradición que la identificara prácticamente con determinadas formas históricas y que rechazara la autoridad del magisterio universal. La tradición católica posee un carácter vivo: conserva el depósito de la fe y, bajo la asistencia del Espíritu Santo, progresa en su comprensión mediante la enseñanza de la Iglesia, la reflexión teológica y la vida de los fieles.
Desde esta perspectiva, la fidelidad a la tradición no puede oponerse a la comunión con el Romano Pontífice y con el colegio de los obispos. La Santa Sede sostuvo que nadie puede presentarse como plenamente fiel a la tradición mientras rompe los vínculos con quien recibió de Cristo el ministerio de la unidad de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II
Pablo VI rechazó expresamente la idea de que el Concilio Vaticano II careciera de carácter vinculante o de que los católicos tuvieran el deber de desobedecer sus orientaciones para proteger la fe. También defendió la continuidad de las reformas posteriores al Concilio con la autoridad de la Iglesia.
Juan Pablo II pidió una reflexión teológica más profunda sobre la continuidad del Concilio Vaticano II con la tradición católica, especialmente en aquellos puntos que algunos sectores consideraban nuevos o difíciles de interpretar. Al mismo tiempo, exhortó a rechazar las interpretaciones erróneas y las aplicaciones arbitrarias o no autorizadas, tanto en materia doctrinal como litúrgica y disciplinar.
La posición católica no identifica automáticamente toda crítica teológica o litúrgica con el cisma. La dificultad aparece cuando la crítica se transforma en rechazo de la autoridad del Romano Pontífice, del magisterio universal o de las normas legítimamente promulgadas por la Iglesia.
La liturgia romana
Una parte central del movimiento lefebvrista fue su oposición a la reforma del Misal Romano posterior al Concilio Vaticano II y su defensa del Misal Romano de 1962, asociado habitualmente a la llamada forma tradicional de la liturgia romana.
Pablo VI declaró que la adopción del nuevo Ordo Missae no quedaba entregada al arbitrio de sacerdotes o fieles. Según su enseñanza, el nuevo Misal había sido promulgado para sustituir al anterior después de una deliberación madura y en aplicación de las orientaciones conciliares.
Sin embargo, la celebración de la liturgia anterior, cuando cuenta con la autorización eclesiástica correspondiente, no constituye por sí misma una conducta cismática. Juan Pablo II quiso facilitar la comunión de quienes tenían un apego legítimo a la tradición litúrgica latina, siempre dentro de la unidad de la Iglesia y bajo la autoridad de los obispos y de la Santa Sede.