La lepra, o enfermedad de Hansen, es una afección que ha sido temida y estigmatizada a lo largo de los siglos, llevando a la marginación de quienes la padecían1. En la antigüedad, la lepra no solo implicaba un deterioro físico progresivo, sino también un ostracismo social severo, donde los afectados eran tratados como parias1. El Antiguo Testamento ya vinculaba la enfermedad con el pecado y la impureza, lo que resultaba en la exclusión de la comunidad2.
Jesús, sin embargo, rompió con estas costumbres al permitir que los leprosos se acercaran a él, los tocó y les devolvió la salud y la dignidad3,4. Sus curaciones no solo fueron milagros físicos, sino también signos de la llegada del Reino de Dios y de una curación más profunda: la victoria sobre el pecado y la muerte5,6. Al tocar las llagas de los leprosos, Jesús derribó las barreras que separaban a los «intocables» de la comunidad humana, abriendo un camino de esperanza que la religión y la ciencia debían seguir3. Este acto de compasión y sanación se convirtió en un mandato para la Iglesia: «¡Curen a los enfermos!»7,8.
