La procesión
La celebración comenzaba con la reunión del pueblo cristiano en una iglesia determinada. Desde allí partía una procesión hacia otra iglesia, normalmente vinculada a la estación litúrgica. Durante el recorrido, los fieles cantaban la Letanía de los santos y otras oraciones penitenciales.
El recorrido convertía las calles en un espacio de culto. La comunidad caminaba en actitud de penitencia, con el clero y los ministros ordenados al frente, mientras los fieles respondían a las invocaciones. La marcha expresaba la unidad de la Iglesia y la dimensión pública de la oración cristiana.
La Letanía de los santos
La Letanía de los santos constituía el núcleo orante de la procesión. Su forma comienza con la invocación de la misericordia de la Santísima Trinidad, continúa con la petición dirigida a Cristo y prosigue con la invocación de la Virgen María, los ángeles, san Juan Bautista, san José, los apóstoles, los mártires, los obispos, las vírgenes y todos los santos.
La oración concluye con peticiones de liberación de diversos males y con súplicas por la Iglesia, la paz, la conversión de los pecadores y las necesidades de la comunidad. La respuesta de los fieles manifiesta que la oración pertenece a todo el pueblo de Dios, no únicamente al ministro que proclama las invocaciones.
La Iglesia romana empleaba la Letanía de los santos desde el siglo VII. La oración aparece en momentos sacramentales de especial importancia, como la Vigilia pascual, el bautismo, la ordenación de obispos, presbíteros y diáconos, la dedicación de iglesias, la consagración de altares y las procesiones penitenciales.
La misa de rogativas
La procesión desembocaba en la celebración de la misa de rogativas, es decir, una misa orientada a pedir la ayuda y la bendición de Dios. En el contexto tradicional, la liturgia tenía un carácter penitencial y se vinculaba especialmente a la protección de los frutos de la tierra y al bien de la comunidad.
La oración cristiana por las cosechas no entendía el trabajo humano y la acción divina como realidades enfrentadas. El agricultor debía cultivar con esfuerzo y responsabilidad, pero reconocía que la lluvia, la fertilidad de la tierra, la salud y las condiciones atmosféricas no dependían enteramente de sus capacidades.