La noción de ley en la tradición católica no se limita a un mero conjunto de normas jurídicas, sino que se define como un ordenamiento de la razón dirigido al bien común, promulgado por quien tiene cuidado de la comunidad. Esta definición, inspirada en Santo Tomás de Aquino, subraya que toda ley participa de la ley eterna, que es la sabiduría divina misma ordenando el universo hacia su fin.1,4,5
La Iglesia distingue entre leyes que obligan por su esencia intrínseca —como las negativas de la ley natural, que prohíben siempre y en toda circunstancia— y preceptos positivos, que mandan acciones concretas adaptadas a circunstancias históricas.6 Así, la ley no coarta la libertad humana, sino que la perfecciona, permitiendo al hombre participar en la providencia divina.2
Fuentes de la ley
Las fuentes de la ley católica se dividen en fuentes de cognoscendi (donde se encuentra la ley) y fuentes de essendi (su fuerza obligatoria). La primera y última fuente es Dios, cuya voluntad se manifiesta en la naturaleza y la Revelación.7

