La revelación de la Ley mosaica se sitúa en el contexto del Éxodo, cuando Dios libera a Israel de la esclavitud en Egipto y lo constituye como su pueblo mediante un pacto solemne. Según la narración bíblica, esta entrega ocurre en el monte Sinaí (o Horeb), durante una teofanía grandiosa ante todo el pueblo, que incluye truenos, relámpagos y la voz divina.3 Moisés actúa como mediador: Dios le dicta directamente los mandamientos, que él promulga al pueblo, sellando así la alianza (berît).1
Este evento no es un mero conjunto de reglas arbitrarias, sino una manifestación de la voluntad divina adaptada a un pueblo inmerso en un entorno pagano e idólatra. La Torá —término hebreo que significa «enseñanza» o «instrucción"— agrupa prescripciones que garantizan la fidelidad al pacto, asegurando bendiciones como la prosperidad y la comunión con Dios.1 Textos como el Deuteronomio (30:9-10) sintetizan su propósito: obedecer la Ley con todo el corazón para mantener el vínculo covenantal.1
Desde una perspectiva histórica, la Ley mosaica integra tradiciones preexistentes, como la circuncisión o la observancia del sábado, elevadas a norma divina. La Iglesia enseña que, aunque muchas verdades de la Ley son accesibles a la razón natural, su promulgación expresa y autentica el pacto de salvación.2
