En sentido teológico, la ley es una ordenación racional de la conducta hacia el bien y hacia el fin último del ser humano, que es Dios. La ley divina no constituye una imposición arbitraria, sino la expresión de la sabiduría y del amor de Dios. Al mostrar el bien, orienta la libertad; al denunciar el mal, protege la dignidad de la persona y la convivencia.
La ley posee una dimensión exterior y otra interior. La dimensión exterior aparece en los mandamientos, en la predicación, en las normas de la comunidad cristiana y en las determinaciones concretas que ayudan a vivir el Evangelio. La dimensión interior corresponde a la acción de Dios en la inteligencia, la voluntad y los afectos, de modo que la persona no obedezca solo por presión externa, sino por amor al bien.
La ley moral no puede reducirse a un código de prohibiciones. Su finalidad consiste en ordenar la vida hacia la verdad, la justicia, la santidad y la comunión con Dios. En la perspectiva cristiana, la obediencia alcanza su plenitud cuando nace de la caridad y reproduce en la existencia del creyente la forma de vida de Jesucristo.



