La leyenda negra surgió en el siglo XVI como parte de una campaña propagandística contra el Imperio español y la Iglesia Católica, impulsada por rivales europeos como Inglaterra, Holanda y Francia, durante las guerras religiosas y coloniales. Se alimentó de relatos exagerados sobre la conquista, como los difundidos por hugonotes y anglicanos, que buscaban justificar sus propias expansiones territoriales.3
Uno de los primeros focos fue la obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) de Bartolomé de las Casas, un dominico que, aunque defendió ardientemente los derechos de los indígenas, presentó un retrato hiperbólico de crueldades, magnificando cifras y omitiendo contextos como las epidemias o la resistencia indígena.4 Esta obra circuló rápidamente en traducciones europeas, sirviendo de base para acusaciones antispañolas. La propaganda asoció la cruz y la espada, reconociendo una interdependencia inicial en la penetración misionera, pero ignorando las bulas papales que desde 1493 prohibían la esclavitud de indígenas pacíficos.1
En el siglo XVII, la leyenda se extendió con libelos como los de Theodore de Bry, grabados que ilustraban torturas inexistentes. Políticos e ideólogos, desde los ilustrados hasta marxistas, la perpetuaron, creando un sesgo historiográfico que perdura en algunos círculos académicos y mediáticos.3
