La leyenda negra surge en el contexto de la Reforma protestante y las guerras religiosas en Europa durante el siglo XVI. Potencias rivales de España, como Inglaterra bajo Isabel I y las Provincias Unidas holandesas, utilizaron la propaganda para deslegitimar el poder católico de los Reyes Católicos, Ferdinando II de Aragón e Isabel I de Castilla. La bula papal de Sixto IV en 1478, que autorizaba un tribunal para perseguir a los marranos —judíos bautizados que practicaban secretamente el judaísmo— y otros apóstatas, fue tergiversada como una herramienta de persecución racial en lugar de religiosa.3,4
Desde el exilio, exinquisidores conversos y publicistas protestantes como Juan de Ribera o el holandés Enrique van Dyck publicaron panfletos sensacionalistas. Estos textos exageraban torturas y quemas, omitiendo que la Inquisición solo juzgaba a bautizados herejes, no a judíos o musulmanes no convertidos, y que priorizaba la reconciliación mediante confesiones voluntarias con penas leves.1 La rivalidad geopolítica amplificó esta imagen: España, defensora de la fe católica frente al islam y el protestantismo, fue demonizada como el «monstruo inquisitorial».
