El término libeláticos proviene del latín libellus, que significa «librito» o «certificado pequeño», y se refiere específicamente a los poseedores de los libelli, documentos administrativos emitidos por autoridades romanas. Estos certificados eran de dos clases principales: los de conformidad, que declaraban que el titular había cumplido con las pruebas de lealtad al emperador y a los dioses paganos, y los de indulgencia (libelli pacis), emitidos por confesores o mártires para interceder por los lapsos.1
Los libeláticos, en sentido estricto, eran los titulares de los primeros, un grupo calificado de manera oprobiosa por la tradición eclesiástica posterior, ya que su apostasía era considerada menos grave que la de quienes sacrificaban directamente, pero aun así requería penitencia. Esta distinción subraya la complejidad moral de la época: algunos obtenían el libellus mediante declaraciones falsas, por procurador o incluso comprándolo, sin realizar el acto idolátrico.1
