La libertad humana nace de la razón y de la voluntad. Permite actuar o no actuar, escoger entre diversas posibilidades y asumir la responsabilidad de las propias decisiones. Mediante sus actos libres, la persona configura su vida y progresa hacia la madurez en la verdad y el bien. La libertad alcanza su perfección cuando orienta a la persona hacia Dios y hacia la felicidad definitiva.1
La Iglesia no considera la libertad una mera ausencia de obstáculos externos. Una persona puede actuar sin coacción y, sin embargo, encontrarse interiormente dominada por la ignorancia, la pasión desordenada, el egoísmo o el pecado. Por esta razón, la libertad incluye el dominio racional de los propios actos y la capacidad de dirigir la vida hacia el bien verdadero.
La libertad posee, por tanto, varias dimensiones:
- Interior, porque afecta a la inteligencia, la voluntad y los deseos.
- Moral, porque cada decisión tiene relación con el bien y el mal.
- Relacional, porque la persona vive vinculada a Dios y a los demás.
- Teleológica, porque orienta hacia un fin, especialmente hacia la felicidad y la comunión con Dios.
- Responsable, porque quien actúa libremente responde de sus decisiones.
La dignidad humana depende en gran medida del uso de la libertad. Esta puede conducir al bien más alto o al mal más profundo. La libertad permite buscar el bien moral y dirigirse al fin último, pero también puede apartarse de él mediante la elección de bienes aparentes o desordenados.2

