En la fe católica, el libre albedrío se entiende como la facultad inherente al ser humano, dotado de alma espiritual, intelecto y voluntad, para actuar deliberadamente, eligiendo entre alternativas morales. El Catecismo de la Iglesia Católica lo define como «el poder, dado de raíz en la razón y la voluntad, de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, y de asumir así, por sí mismo, la responsabilidad de sus actos».1 Esta libertad no es mera indeterminación, sino una fuerza orientada al crecimiento en verdad y bien, que alcanza su perfección al dirigirse hacia Dios, beatitud última del hombre.1
La Iglesia distingue el libre albedrío de la libertad absoluta o ilimitada, reconociendo sus límites por el pecado original y las inclinaciones desordenadas. No obstante, persiste como capacidad esencial para el mérito o demérito moral, fundamento de la justicia divina en premios y castigos.4,5 Santo Tomás de Aquino lo integra en la antropología teológica: el hombre, imagen de Dios, participa de la luz y poder del Espíritu divino, comprendiendo el orden creado por su razón y dirigiéndose a su verdadero bien por su libre albedrío.2
