El Libro de Esdras se sitúa en el siglo V a.C., durante el período postexílico de la historia de Israel. Tras la destrucción de Jerusalén por los babilonios en el 587 a.C. y el consiguiente exilio, el Imperio persa bajo Ciro el Grande permitió el retorno de los judíos a su tierra natal mediante un decreto emitido alrededor del 538 a.C.1. Este contexto de liberación y reconstrucción es fundamental para entender el mensaje del libro, que refleja la acción de Dios en medio de las vicisitudes políticas y espirituales del pueblo.
La autoría tradicional atribuye el texto a Esdras mismo, un sacerdote de la línea de Sadoc y un escriba experto en la Ley de Moisés, como se describe en el capítulo 7 del libro1. Sin embargo, estudios bíblicos modernos, alineados con la tradición católica, sugieren que el libro es una compilación posterior, posiblemente realizada por un cronista anónimo en el siglo IV a.C., que incorpora memorias y documentos auténticos de la época de Esdras1. Esta perspectiva no contradice la inspiración divina del texto, ya que la Iglesia enseña que la Sagrada Escritura es obra de autores humanos guiados por el Espíritu Santo, independientemente de la datación exacta2.
En la tradición patrística, figuras como San Agustín reconocen a Esdras como un autor histórico más que profético, destacando su rol en la recopilación y preservación de las tradiciones sagradas tras el exilio3. Esta visión subraya cómo Esdras actuó como un instrumento de Dios para restaurar la identidad religiosa del pueblo, similar a un nuevo Moisés en su dedicación a la Torá.

