El Libro de Job se distingue por su compleja estructura, que combina prosa narrativa en los extremos con un extenso cuerpo poético en el centro. Esta disposición crea un marco dramático que resalta el contraste entre la realidad observable y el misterio divino. El libro se divide en tres partes principales: prólogo, cuerpo principal y epílogo, con un total de 42 capítulos que alternan entre diálogo y monólogo.
Prólogo en prosa (capítulos 1-2)
El prólogo introduce la figura de Job, un hombre piadoso y próspero de la tierra de Uz, descrito como «íntegro, recto, temeroso de Dios y alejado del mal». En una escena celestial, Dios permite que Satanás pruebe la fidelidad de Job mediante calamidades sucesivas: la pérdida de sus bienes, la muerte de sus hijos y graves enfermedades personales. Job responde con resignación y adoración, declarando: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. El Señor dio, el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor». Esta sección en prosa establece el tono teológico del libro, presentando el sufrimiento como una prueba de fe, no como castigo por pecados.
Cuerpo poético: Diálogos y monólogos (capítulos 3-41)
La parte central, que ocupa la mayor extensión del libro, es un drama poético dividido en ciclos de discursos. Job inicia con un lamento por su nacimiento y su existencia llena de dolor, expresando la angustia del justo afligido. Sus tres amigos —Elifaz el temanita, Bildad el suhita y Sofar el naamatita— intentan consolarlo, pero sus intervenciones se convierten en acusaciones veladas, atribuyendo el mal de Job a pecados ocultos. Cada ciclo de diálogos (tres en total, aunque el tercero es incompleto) sigue un patrón: un amigo habla, Job responde, y el debate se intensifica.
En el segundo ciclo (capítulos 15-21), las intervenciones de los amigos se vuelven más dogmáticas, defendiendo la doctrina retributiva tradicional: el justo prospera y el pecador sufre. Job, en cambio, defiende su inocencia y cuestiona la justicia divina, llegando a expresiones de rebelión como: «¡Odio mi vida! Daré rienda suelta a mi queja; hablaré en la amargura de mi alma». El cuarto personaje, Eliú el buzita, irrumpe en capítulos 32-37 con monólogos que critican tanto a Job como a sus amigos, enfatizando la pedagogía divina en el sufrimiento y la grandeza de Dios.
El clímax llega con los discursos de Yahvé desde la tempestad (capítulos 38-41), donde Dios no responde directamente a las quejas de Job, sino que interroga sobre los misterios de la creación: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? […] ¿Quién encerró el mar con puertas cuando irrumpió de su seno?». Esta intervención poética, rica en imágenes cósmicas, humilla la presunción humana y revela la trascendencia divina.
Epílogo en prosa (capítulo 42)
El epílogo restaura a Job, duplicando sus bienes y bendiciéndolo con nueva familia y longevidad: «Después de esto vivió Job ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación». Dios reprende a los amigos de Job por no haber hablado rectamente de Él y ordena que Job interceda por ellos. Esta conclusión en prosa enmarca el libro, subrayando la misericordia divina y la vindicación del justo, aunque sin resolver explícitamente el enigma del sufrimiento.