Autoría tradicional
En la tradición de la Iglesia, el Libro de Josué se atribuye comúnmente al propio Josué, hijo de Nun, quien actuó como líder militar y espiritual de Israel tras la muerte de Moisés. Los Padres de la Iglesia, como San Juan Crisóstomo y San Jerónimo, respaldan esta visión al enfatizar la continuidad entre la entrega de la Ley en el Sinaí y la conquista de la tierra prometida.1 Esta atribución subraya la inspiración divina en la redacción, presentando a Josué no solo como un historiador, sino como un testigo directo de los eventos, similar a cómo Moisés es considerado autor del Pentateuco. El libro mismo incluye pasajes que sugieren una narración en primera persona, como el discurso final de Josué en el capítulo 24, donde exhorta al pueblo a elegir servir al Señor.2 Esta perspectiva tradicional resalta la autenticidad del texto como un testimonio vivo de la fidelidad de Dios.
Autoría moderna
Los estudios bíblicos contemporáneos, influenciados por la crítica textual, proponen que el Libro de Josué es el resultado de una composición gradual, posiblemente completada en el siglo X a.C. o incluso en el período del Segundo Templo (siglo V a.C.). Aunque se reconoce la presencia de tradiciones orales asociadas a la época de Josué, el texto muestra evidencias de ediciones posteriores para adaptar el relato a contextos teológicos posteriores, como la influencia deuteronomista.1 La Pontificia Comisión Bíblica ha afirmado la historicidad del núcleo narrativo, pero permite un proceso de redacción que integra múltiples fuentes sin comprometer la inspiración divina.3 Autores católicos como Cornely en su introducción a los libros históricos del Antiguo Testamento defienden la unidad preexílica del libro, argumentando que las interpolaciones fueron mínimas y previas al exilio babilónico.1 Esta visión equilibra la fe en la inspiración con el rigor histórico, evitando hipótesis que fragmenten excesivamente el texto.

