La tradición católica atribuye la autoría del Libro de los Hechos de los Apóstoles a San Lucas, el médico y compañero de San Pablo, quien también escribió el Evangelio según Lucas. Esta atribución se basa en la evidencia interna del texto y en la tradición eclesial que remonta a los primeros Padres de la Iglesia. El prólogo de Hechos (1,1-2) se conecta directamente con el del tercer Evangelio (Lc 1,1-4), sugiriendo una unidad autoral. La Comisión Bíblica, en su respuesta del 12 de junio de 1913, afirmó categóricamente que, considerando la tradición de toda la Iglesia desde los escritores eclesiásticos más antiguos y las razones internas del libro —como su relación con el Evangelio de Lucas, la afinidad entre los prólogos y la unidad de estilo—, debe mantenerse como cierto que Lucas es el autor.1
Respecto a la datación, la Iglesia sostiene que el libro se compuso hacia el final de la primera cautividad romana de San Pablo, alrededor del año 62 d.C. Esta conclusión se deriva del hecho de que Hechos concluye abruptamente con la mención de los dos años de prisión de Pablo en Roma (28,30-31), sin aludir a su posterior liberación, martirio o a eventos como la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. La Comisión Bíblica rechazó la hipótesis de un segundo volumen perdido o de una composición posterior, afirmando que Lucas completó su obra en ese período.2 El estilo narrativo unificado, el lenguaje y la doctrina coherente refuerzan que se trata de una sola obra de un único autor, desestimando opiniones modernas que postulan múltiples redactores.3
Lucas, como testigo ocular en varios episodios —evidenciado por el uso de la primera persona plural en las secciones de los «nosotros» (por ejemplo, 16,10-17; 20,5-15; 21,1-18; 27,1-28,16)—, tuvo acceso privilegiado a fuentes fiables. Su proximidad a los fundadores de la Iglesia palestina y a San Pablo, junto con su diligencia en recopilar testimonios y observar eventos, garantiza la precisión histórica del relato.4 La Iglesia católica enfatiza que esta veracidad no se ve menoscabada por dificultades aparentes, como relatos de milagros o discursos resumidos, que en realidad confirman la autoridad histórica del texto.5

