El libro se divide en tres partes principales: una introducción, el cuerpo central con los relatos de los jueces y dos apéndices. Esta organización no sigue un orden estrictamente cronológico, sino un esquema cíclico que resalta el patrón repetitivo de la historia de Israel: pecado, castigo, clamor y salvación.
Introducción: La conquista incompleta y el reproche divino (capítulos 1-3)
Los primeros capítulos recapitulan la conquista de Canaán iniciada por Josué, destacando su carácter incompleto. Las tribus israelitas no expulsan por completo a los cananeos, lo que lleva a una convivencia que fomenta la idolatría. Un ángel del Señor reprende al pueblo en Boquim por haber roto la Alianza, profetizando que las naciones restantes serán un medio de prueba para su fidelidad (Jueces 2:1-5).
El núcleo introductorio (Jueces 2:6-3:6) resume el ciclo general: Israel abandona a Yahvé por los baales y asartés, sufriendo opresión de enemigos como los filisteos y madianitas; Dios levanta jueces para liberarlos, pero el pueblo recae en la apostasía tras la muerte de cada líder. Este patrón didáctico ilustra la pedagogía divina, donde las pruebas fortalecen la obediencia a la Ley mosaica (Jueces 3:4).
Los relatos de los jueces (capítulos 3-16)
El corazón del libro presenta a doce jueces, divididos en mayores (con narrativas detalladas) y menores (mencionados brevemente). Estos líderes no forman una dinastía, sino que surgen por inspiración divina en momentos de crisis, actuando como militares, administradores y profetas.
Entre los jueces mayores, destaca Otoniel, el primero, quien derrota a Cusán Risatayin de Aram y trae paz por cuarenta años (Jueces 3:7-11). Le sigue Ehud, un zurdo benjaminita que asesina al rey moabita Eglón en un acto de astucia providencial (Jueces 3:12-30). Débora, profetisa y jueza, junto a Barac, vence a Sísara y Jabín de Canaán, culminando en el Cántico de Débora, un himno de victoria que celebra la intervención de Dios (Jueces 4-5).
Gedeón (o Jerobaal) es una figura central: llamado por un ángel mientras trilla trigo, reduce su ejército de 32.000 a 300 hombres para derrotar a los madianitas, enfatizando que la victoria depende de Dios, no de la fuerza humana (Jueces 6-8). Su hijo Abimélec usurpa el poder en Siquem, pero su reinado tiránico termina en tragedia (Jueces 9). Jefté, el hijo de una prostituta, libera a Israel de los amonitas, pero su voto rash sobre su hija plantea dilemas éticos sobre la imprudencia humana (Jueces 10-12). Finalmente, Sansón, nazareo de Dios, lucha contra los filisteos con fuerza sobrenatural, pero su debilidad por Dalila ilustra las consecuencias del pecado personal (Jueces 13-16).
Los jueces menores, como Tola, Jair, Ibzán, Elón y Abdón, se mencionan sucintamente con sus periodos de liderazgo y descendencia, subrayando la estabilidad temporal que proporcionan (Jueces 10:1-5; 12:8-15).,
Apéndices: Caos moral y tribal (capítulos 17-21)
Estos capítulos, fuera del orden cronológico, describen degeneraciones sociales. El primero narra la idolatría de Micas y la migración de Dan, que roban un ídolo y establecen un culto pagano en Lais (Jueces 17-18). El segundo relata el crimen en Guivá: una levita es violada y asesinada, provocando una guerra civil contra Benjamín, casi aniquilándola (Jueces 19-21). Ambos culminan en la frase recurrente: «En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien» (Jueces 21:25), preparando el terreno para la monarquía.