El Libro de los Proverbios recibe su nombre del hebreo Míshlê Shelomoh, que significa «Proverbios de Salomón», y se presenta como un manual de reglas prácticas expresadas en forma poética. En la Vulgata, la traducción latina autorizada por la Iglesia, se denomina Liber Proverbiorum o Parabolæ Salomonis, reflejando su carácter de parábolas o máximas simbólicas. La tradición judía y cristiana lo clasifica entre los escritos sapienciales, junto a libros como Job, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría, donde el término «sabiduría» (hokmá en hebreo) no solo denota inteligencia humana, sino una perfección del conocimiento que se manifiesta en acciones justas, accesible tanto a reyes como a personas comunes.1
El objeto principal del libro es educar en la sabiduría práctica, entendida como un don divino que permite discernir el bien del mal en la vida diaria. A diferencia de los libros históricos o proféticos, aquí no se narra la historia de Israel ni se anuncian juicios divinos, sino que se ofrece una guía ética universal. El prólogo (Proverbios 1:2-6) establece este propósito: aprender sabiduría, instrucción y comprensión de palabras de insight, para enseñar astucia a los simples y prudencia a los jóvenes. En la perspectiva católica, este enfoque resalta la revelación progresiva de Dios, donde la sabiduría no es mera filosofía, sino un camino hacia la santidad que culmina en Cristo, la Sabiduría encarnada.2
La Iglesia Católica, desde los primeros siglos, ha reconocido su canonicidad, citándolo en el Nuevo Testamento (por ejemplo, en Romanos 12:19-20 y Hebreos 12:5-6) y en los Padres de la Iglesia. Aunque hubo debates menores en la antigua sinagoga de Jamnia (alrededor del año 100 d.C.), la tradición cristiana lo ha defendido como inspirado, integrándolo en la liturgia como «Sabiduría» durante las lecturas.1

