El Libro de los Salmos ocupa un lugar privilegiado en la Sagrada Escritura católica, sirviendo como puente entre la experiencia de fe del Antiguo Testamento y la plenitud revelada en Jesucristo. Según la tradición eclesial, estos textos inspirados por el Espíritu Santo capturan la diversidad de la vida humana ante Dios: desde la alegría de la creación hasta el dolor del exilio, pasando por la esperanza en la redención. El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que los Salmos nutren y expresan la oración del Pueblo de Dios, tanto en su dimensión personal como comunitaria, recordando los eventos salvíficos pasados y anticipando la venida del Mesías.1
En el canon católico, el Salterio forma parte de los Escritos (Kethuvim en hebreo), situado después de los Profetas. Su recopilación se remonta al período postexílico, aunque muchos salmos datan de épocas anteriores, como el reinado de David. La Iglesia, guiada por los Padres de la Iglesia, ha interpretado estos poemas no solo en su sentido literal, sino también en su significado mesiánico, donde Cristo se revela como el cumplimiento de las promesas divinas. Como afirma el Concilio Vaticano II, la Sagrada Escritura, incluyendo los Salmos, es esencial para la celebración litúrgica, ya que de ella derivan las lecciones, los himnos y las acciones sacramentales.2

