El Libro de Rut se sitúa en un período de gran inestabilidad para el pueblo de Israel, durante la era de los jueces, un tiempo marcado por ciclos de apostasía, opresión y liberación divina. La hambruna que impulsa a la familia de Elimelec a emigrar a Moab refleja las dificultades económicas y sociales de la región, así como la vulnerabilidad de las comunidades nómadas y agrícolas en el antiguo Oriente Medio.1 Este trasfondo no solo enmarca la historia como un relato realista, sino que subraya la intervención providencial de Dios en medio de la adversidad cotidiana.
Desde el punto de vista literario, el libro se presenta como una narración poética y dramática, con un estilo que combina elementos de idilio rural y genealogía mesiánica. Su brevedad —apenas cuatro capítulos— no resta profundidad; al contrario, concentra en pocas páginas lecciones eternas sobre la lealtad humana y la gracia divina. Los estudiosos católicos lo consideran un escrito proto-canónico, integrado en el canon hebreo y cristiano, que enfatiza la universalidad del pacto de Dios más allá de las fronteras étnicas.1
Autoría y canonización
La autoría del Libro de Rut permanece anónima, aunque la tradición atribuye su composición a un escriba judío posiblemente influido por la diáspora, dada la sensibilidad hacia las costumbres moabitas y la ley mosaica. Algunos Padres de la Iglesia lo vinculan indirectamente a profetas como Samuel, pero no hay evidencia histórica concluyente.1 Fue canonizado en el siglo I a.C. en el judaísmo, y su inclusión en la Septuaginta lo posicionó entre los libros históricos, justo después de los Jueces, destacando su valor como puente entre la era tribal y la monarquía davídica.1
En el canon católico, el libro ocupa un lugar privilegiado en la Vulgata y las Biblias modernas, reconociendo su inspiración divina. Su colocación litúrgica y teológica resalta cómo Dios acoge a los gentiles, prefigurando la misión universal de la Iglesia.2

