El Libro de Tobías se sitúa en un período de exilio asirio, durante el reinado de Salmanasar V y Sargón II, cuando muchos israelitas de las tribus del norte fueron deportados a Nínive. Sin embargo, los estudiosos católicos datan su redacción en la diáspora judía helenística, posiblemente en el siglo III a. C. en una comunidad de habla aramea o hebrea. El texto original se cree que fue escrito en arameo o hebreo, aunque solo sobreviven versiones en griego, latín y otras lenguas semíticas.1
Desde la perspectiva católica, el libro no pretende ser una crónica histórica estricta, sino una narración literaria con fines edificantes. La Pontificia Comisión Bíblica lo clasifica como una «fábula religiosa popular» dentro de la tradición sapiencial, con anacronismos evidentes, como la mención de la destrucción de Nínive (que ocurrió en el 612 a. C.) y referencias a la ley deuteronómica en un contexto asirio.2 Esta composición refleja la vida de los judíos dispersos, promoviendo la observancia de la Ley mosaica en entornos hostiles y la confianza en la fidelidad de Dios.
La historicidad del relato ha sido debatida, pero la enseñanza de la Iglesia, basada en el decreto de la Comisión Bíblica de 1905, defiende su valor como narración inspirada, donde los eventos sirven para transmitir verdades espirituales sin requerir una verificación literal.1 Autores católicos como San Ambrosio lo consideraron un «libro profético» desde el siglo IV, integrándolo en la comprensión de la providencia divina.
