El libro se divide en una estructura cíclica y dramática, organizada en torno a visiones progresivas que culminan en la victoria de Dios. Compuesto por 22 capítulos, sigue un esquema de introducción, cuerpo central y epílogo, con repeticiones intencionales para enfatizar temas teológicos.
Prólogo y las cartas a las siete iglesias (Capítulos 1-3)
El texto inicia con una bendición: «Bienaventurado el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecía» (Ap 1,3), estableciendo su carácter profético. Juan describe su visión de Cristo glorificado, con ojos como llama de fuego y voz como rumor de aguas (Ap 1,14-15). A continuación, se dirigen siete cartas a iglesias de Asia Menor: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Cada epístola elogia virtudes, reprende faltas y promete recompensas eternas, como el árbol de la vida o la corona de vida. Estas misivas exhortan a la fidelidad en medio de la persecución y la tentación de la idolatría pagana.
El trono celestial y el libro de los siete sellos (Capítulos 4-8)
Juan es transportado al cielo, donde ve a Dios en su trono rodeado de seres vivientes y veinticuatro ancianos (Ap 4,1-11), simbolizando la creación y la Iglesia. Un libro sellado con siete sellos representa los decretos divinos sobre la historia. Solo el Cordero degollado, Cristo, puede abrirlo (Ap 5,6-9). Al romper los sellos, se desatan juicios: los cuatro jinetes traen conquista, guerra, hambre y muerte; los mártires claman justicia; y cataclismos cósmicos anuncian el día del Señor. Estos símbolos ilustran las tribulaciones de la Iglesia, no un calendario apocalíptico literal.
Las siete trompetas y el conflicto cósmico (Capítulos 8-11)
Las trompetas, tocadas por ángeles, liberan plagas similares a las de Egipto, afectando un tercio de la creación (Ap 8,7-12), para purificar y juzgar. Aparecen figuras como el águila que anuncia ayes, la mujer vestida de sol (símbolo de María e Israel) perseguida por el dragón (Satanás), y las dos testigos que representan la profecía y el martirio (Ap 11,3-12). El capítulo 11 culmina con la séptima trompeta, proclamando el reino eterno de Dios y el juicio final.
La bestia, la ramera y la caída de Babilonia (Capítulos 12-18)
Aquí se desarrolla el drama del bien contra el mal. El dragón es arrojado del cielo y da poder a la bestia del mar (el poder anticristiano) y la bestia de la tierra (el falso profeta) (Ap 13,1-18). La marca de la bestia (666) alude a la oposición al sello de Dios. La gran ramera, Babilonia, encarna la corrupción mundana y el imperio perseguidor (Ap 17,1-6). Su caída es lamentada por reyes y mercaderes, pero celebrada en el cielo como liberación divina (Ap 18,1-24).
La victoria del Cordero y la nueva creación (Capítulos 19-22)
Cristo regresa como Rey de reyes sobre un caballo blanco (Ap 19,11-16), derrotando a las bestias en el Armagedón simbólico. Satanás es encadenado por mil años, período que la tradición católica interpreta alegóricamente como la era de la Iglesia, no un reinado terrenal literal. Tras la derrota final del mal, desciende la nueva Jerusalén, ciudad santa sin templo ni noche, donde Dios habita con los hombres (Ap 21,1-4). El río de la vida y el árbol de la vida simbolizan la plenitud eterna. El libro concluye con una invitación: «El Espíritu y la Esposa dicen: Ven» (Ap 22,17), y una advertencia contra alterar sus palabras.