El Deuteronomio se sitúa en el marco de la historia de la salvación, específicamente en las llanuras de Moab, justo antes de la muerte de Moisés y la conquista de Canaán por los israelitas. Según la tradición bíblica, Moisés pronuncia tres grandes discursos dirigidos al pueblo, recordando la historia de la liberación de Egipto, renovando la alianza del Sinaí y exhortando a la fidelidad futura.1 Este libro forma parte del Pentateuco, conocido como la «Ley» o «Torá», que la Iglesia Católica interpreta como inspirado por Dios y escrito bajo la guía del Espíritu Santo.
En cuanto a su autoría, la tradición patrística y la enseñanza católica atribuyen el texto principal a Moisés, aunque estudios exegéticos modernos, aprobados por la Iglesia, sugieren una composición gradual durante los siglos VIII y VII a. C., posiblemente ligada a la reforma de Josías en el 622 a. C. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 105-108) subraya que, independientemente de las circunstancias humanas, el Deuteronomio es palabra de Dios, transmitida a través de autores inspirados. No se trata de un mero documento histórico, sino de una catequesis viva que educa al pueblo en la fe.2
El contexto histórico refleja la transición de un pueblo nómada a una sociedad sedentaria, con influencias de las culturas mesopotámicas y cananeas, pero siempre centrado en la unicidad de Yahvé. La Iglesia ve en este libro un eco de la providencia divina, que guía a Israel hacia la plenitud mesiánica.

