El Libro del Eclesiastés forma parte de los Escritos o Ketuvim en la Tanaj judía y se incluye en la sección de los libros sapienciales del Antiguo Testamento católico, junto a Proverbios, Job, Sabiduría, Sirácida y Cantar de los Cantares.1 En la Vulgata latina, traducida por San Jerónimo, se denomina Ecclesiastes, derivado del griego ekklēsia (asamblea), reflejando su carácter didáctico para la comunidad de fe.
En el canon católico, ratificado en el Concilio de Trento (1546), el Eclesiastés ocupa el tercer lugar entre los libros sapienciales, después de Proverbios y antes de Cantar de los Cantares. Su inclusión en la Septuaginta, la versión griega de las Escrituras usada por los primeros cristianos, confirma su autenticidad inspirada. La Iglesia Católica lo considera un libro profético en sentido amplio, ya que ilumina la condición humana bajo la luz de la providencia divina, preparando el camino para el mensaje del Nuevo Testamento sobre la redención eterna.
Históricamente, el texto hebreo se remonta al período postexílico, aunque su inclusión en el canon judío se debatió en el siglo I d.C., como se evidencia en los escritos de Flavio Josefo y el Talmud. Para los católicos, su valor radica en cómo complementa la enseñanza de otros libros bíblicos, enfatizando que la sabiduría mundana es insuficiente sin la gracia de Dios.

