El Libro de Daniel se presenta como una obra profética única en el canon del Antiguo Testamento, caracterizada por su estilo apocalíptico que mezcla relatos históricos con visiones simbólicas. En la versión hebrea, se divide en dos partes principales: las narraciones en tercera persona (capítulos 1-6) y las visiones en primera persona (capítulos 7-12). Sin embargo, la tradición católica incluye también las secciones deuterocanónicas (capítulos 13-14 en la Vulgata), que amplían el texto con episodios adicionales de sabiduría y fe. Esta estructura no solo narra eventos del exilio babilónico, sino que busca fortalecer la esperanza en la soberanía de Dios sobre las naciones paganas.1
La parte narrativa (capítulos 1-6)
Los primeros seis capítulos relatan episodios de la vida de Daniel y sus compañeros en la corte babilónica y persa, enfatizando la fidelidad a la Ley mosaica en medio de la idolatría y la opresión. El capítulo inicial introduce a Daniel, Ananías, Misael y Azarías como jóvenes nobles judíos deportados a Babilonia tras la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor en 605 a. C. Ellos rechazan los alimentos reales para no contaminarse, demostrando cómo la obediencia a Dios otorga sabiduría superior, lo que les permite ascender en la administración real.2
Entre los relatos más emblemáticos se encuentra el sueño de la estatua en el capítulo 2, donde Daniel interpreta la visión de Nabucodonosor de un coloso de materiales variados destruido por una piedra que se convierte en montaña, simbolizando el curso de los imperios humanos y el reino eterno de Dios. Otros episodios incluyen la prueba del horno ardiente (capítulo 3), donde Sadrac, Mesac y Abednego son salvados milagrosamente por rechazar adorar la estatua del rey; la humillación de Nabucodonosor por su orgullo (capítulo 4); el banquete de Belsasar y la escritura en la pared (capítulo 5); y la liberación de Daniel del foso de los leones (capítulo 6) por su oración constante. Estos cuentos no son meras anécdotas históricas, sino ejemplos de providencia divina que animan a los fieles a perseverar en la adversidad.1
La parte visionaria (capítulos 7-12)
La segunda sección, escrita en primera persona, describe visiones apocalípticas que revelan el destino de las naciones y la vindicación final de Israel. En el capítulo 7, Daniel ve cuatro bestias saliendo del mar, representando imperios sucesivos (babilonio, medo-persa, griego y romano), culminando en un «cuerno pequeño» que profana el santuario, seguido por la venida del «Hijo del Hombre» sobre las nubes, figura mesiánica que recibe un reino eterno.3 Esta imagen influyó directamente en la autocomprensión de Jesús en los Evangelios.
Las visiones continúan con el carnero y el macho cabrío (capítulo 8), que aluden a los conflictos entre medos, persas y griegos, particularmente la profanación del Templo por Antíoco IV Epífanes. El capítulo 9 introduce la oración de Daniel por el perdón de Israel y la profecía de las setenta semanas, un cálculo profético clave. Finalmente, los capítulos 10-12 detallan guerras entre reyes del norte y del sur, la resurrección de los muertos y periodos de tribulación, con el arcángel Miguel como protector de Israel. Estas revelaciones enfatizan que, pese a las persecuciones, Dios establecerá su reino definitivo.1
Las porciones deuterocanónicas
En la tradición católica, el Libro de Daniel incluye tres fragmentos deuterocanónicos ausentes en el canon hebreo protestante: la Oración de Azarías y el Cántico de los Tres Jóvenes (inserto en Daniel 3, versos 24-90 en la Vulgata), el relato de Susana (capítulo 13) y la historia de Bel y el Dragón (capítulo 14). La oración y el cántico, insertados tras la salida milagrosa del horno, son himnos de alabanza que exaltan la creación y la misericordia divina, atribuidos tradicionalmente a los compañeros de Daniel, aunque estudiosos católicos los datan en el periodo postexílico.1
Susana narra la inocencia de una mujer virtuosa acusada falsamente de adulterio, salvada por la sabiduría profética de un joven Daniel, quien desenmascara a los elders corruptos. Bel y el Dragón muestra a Daniel desmontando ídolos paganos: prueba que el dios Bel no come las ofrendas y mata a un dragón venerado como divinidad. Estos relatos, confirmados como inspirados por el Concilio de Trento, subrayan la superioridad de la fe monoteísta y la justicia divina, sirviendo como apéndice moral al libro.4

