El libro se atribuye tradicionalmente al profeta Ezequiel, cuyo nombre significa «Dios fortalece» o «Dios hace fuerte». Según la tradición católica, Ezequiel era hijo de Buzi, un sacerdote judío deportado a Babilonia en el año 598 a. C. junto con el rey Joaquín y otros nobles de Jerusalén, como relata el Segundo Libro de los Reyes (2 Re 24,12-16). Este exilio marcó el inicio de su ministerio profético, que se extendió al menos durante 22 años, desde el quinto año de la cautividad de Joaquín (593 a. C.) hasta después de la destrucción de Jerusalén en 586 a. C.1.
La datación del libro se basa en referencias internas precisas, como las indicadas en Ezequiel 1,2; 8,1; 20,1; 24,1; 29,1; 31,1; 33,21; 40,1, que sitúan los eventos entre 593 y 571 a. C. La Iglesia católica considera el texto como auténticamente profético, reconociendo su origen divino pese a posibles interpolaciones editoriales posteriores, comunes en los libros proféticos. La Enciclopedia Católica afirma que la autenticidad del libro es generalmente aceptada, aunque algunos capítulos finales (40-48) han sido debatidos por su carácter simbólico, interpretado no como un plano literal de un templo, sino como una visión espiritual del Reino de Dios.1
En la tradición patrística, figuras como San Jerónimo (siglo IV) comentaron el libro extensamente, viéndolo como una obra inspirada que combina visión profética con simbolismo profundo, sin cuestionar su autoría mosaica en el sentido de Ezequiel como instrumento de Dios.2

