El Libro de Habacuc se sitúa en un período turbulento de la historia de Judá, hacia el final del siglo VII antes de Cristo. En ese tiempo, el reino de Judá se encontraba atrapado entre las potencias emergentes de Egipto y Babilonia, lo que generaba inestabilidad política y moral. El profeta Habacuc, cuyo nombre significa posiblemente «abrazo» o «ardiente abrazo» en hebreo, surge como una voz de denuncia ante la corrupción interna y la amenaza externa. Aunque no se conocen detalles precisos sobre su vida, se le describe como un profeta reconocido, posiblemente ligado al servicio del Templo, dado el carácter litúrgico de su oración final.
La autoría se atribuye tradicionalmente al propio Habacuc, como indica el texto (Hb 1,1; 3,1), aunque algunos eruditos católicos debaten si el capítulo tercero podría ser una adición posterior, un himno litúrgico incorporado. La fecha de composición varía según las interpretaciones: muchos Padres de la Iglesia, como San Jerónimo, la sitúan durante el exilio babilónico (siglo VI a. C.), pero la mayoría de los comentadores modernos, incluyendo la tradición católica, la ubican entre los años 605 y 600 a. C., bajo el reinado de Joaquín, justo antes de la invasión caldea. Esta datación se basa en las referencias a los caldeos como una fuerza inminente, tras su victoria en Carquemis (605 a. C.).1
En la tradición judía y cristiana primitiva, Habacuc se asocia con leyendas, como su intervención milagrosa en la historia de Daniel en el foso de los leones (Dn 14,32-40 en la Vulgata), aunque esto es considerado apócrifo por la Iglesia católica. San Gregorio Nacianceno, en sus oraciones, destaca la impaciencia del profeta ante la injusticia, viéndolo como un modelo de oración audaz.2

